Ninguna estuvo allí 16
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A las diez de la noche estamos las cinco en el salón de Celia.

Es un tercero de Marqués del Turia con demasiados muebles para lo que mide, porque cuando se separó se trajo lo suyo y lo de su madre y no cabe. Hay dos butacas iguales que no van con nada y una mesa de comedor que ocupa medio salón.

Ha sido idea de Pilar. Nos ha escrito a las siete al grupo —al grupo, por primera vez en todo el día— diciendo que Laura no puede estar en su casa, que la casa la tiene llena, y preguntando si nos veíamos un rato en algún sitio. Celia ha contestado aquí y ha puesto la dirección.

Yo he estado a punto de decir que no.

Lo he estado durante hora y media, buscando una excusa que no fuera insultante.

Marta. Una entrega. Un dolor de cabeza. Y al final he entendido que la única mujer del grupo que no puede faltar esta noche soy yo, porque soy la que subió, porque Celia lo sabe y porque no ir sería lo mismo que ponerlo por escrito.

Nuria ha traído comida que nadie va a tocar: una tortilla del súper, jamón cortado, una bolsa de pan de esos redondos. Lo ha ido sacando y colocando en la mesa sin que nadie se lo pidiera y sin hablar, y ahora está sentada en el borde de una butaca con las manos entre las rodillas.

Laura llega la última, con Pilar, a las diez y cuarto.

Y lo primero que pienso al verla es que está entera.

No es que esté fingiendo. Es que está funcionando.

Trae el bolso, y dentro del bolso una carpeta, y viene de la comisaría de Zapadores, y lleva desde las nueve y media de la mañana firmando cosas y contestando preguntas y llamando a gente, y tiene la cara de una mujer que lleva catorce horas de pie y no ha comido.

—Hola —dice.

Le damos dos besos las cuatro, una detrás de otra, en fila, como en un tanatorio, y esa fila es la cosa más rara que he hecho en mi vida.

Se sienta en la silla de la mesa del comedor y no en el sofá, y deja el bolso en el suelo, entre los pies.

—¿Has comido? —dice Pilar.

—No lo sé.

—¿Cómo que no lo sabes?

—Que no lo sé, Pilar. Creo que un café.

Nuria se levanta y va a la cocina a por un plato sin que nadie le diga nada, y Laura la deja ir.

—¿Y Alba? —digo yo.

—En casa de mi hermana. —Se mira las manos—. Se examina el martes.

—Laura...

—Se examina el martes. —Levanta la cabeza y lo repite otra vez, más despacio, como quien repasa una lista—.

He hablado con la jefa de estudios. Hay un protocolo para esto.

Se llama tribunal de incidencias y no sabía que existía, y ahora resulta que existe y que hay que pedirlo por escrito antes del lunes.

—¿Y ella qué dice? —pregunta Celia.

—Ella dice que se examina.

Y ahí se para todo un momento.

Es la primera cosa que dice en toda la noche que suena a lo que pasa. Una mujer que se ha quedado viuda esta mañana explicando el nombre administrativo de un formulario, y detrás del nombre administrativo hay una niña de dieciocho años estudiando Historia de España en casa de su tía.

Nuria vuelve con un plato de tortilla y se lo pone delante, con el tenedor encima y una servilleta doblada debajo, como se sirve en las casas donde alguien ha enseñado a servir. Laura le da las gracias y no lo toca.

Y a mí me da por mirarles las manos a las cinco, que es una cosa que hago cuando no sé dónde poner los ojos.

Pilar tiene las uñas cortadas al ras. Celia lleva el anillo de su madre en el meñique.

Nuria se muerde el lado del pulgar. Laura tiene las manos quietas encima de la carpeta, una sobre otra, y el anillo puesto.

Celia le trae agua y se la deja al lado del plato, y al agacharse le roza la espalda con dos dedos, y esa es la única vez en toda la noche que alguien toca a Laura.

—¿Sabes ya lo que ha pasado? —dice Pilar.

—No.

—¿Nada?

—Un golpe en la cabeza. —Lo dice sin bajar la voz—.

Contra el radiador. Me han dicho que puede ser una caída y que hay que esperar a la autopsia, que es el lunes o el martes.

Y me han preguntado si bebía, y les he dicho que como todo el mundo, y me han preguntado si tomaba algo, y les he dicho que no.

—Dios mío —dice Nuria.

—Y me han preguntado si sé qué hacía allí.

Nadie dice nada.

Yo miro un cenicero de cristal que hay en la mesa baja y que Celia no usa porque no fuma, y que estaba en el salón de su madre, y que por lo tanto ha estado durante años a cuatro metros del sitio donde esta mañana había un hombre en el suelo.

—¿Y qué les has dicho? —pregunta Nuria.

—Que no lo sé. Porque no lo sé.

—Les he dicho la verdad —sigue Laura—. Que el piso es de Celia, que lo usamos las cinco desde hace dos años y que yo no tenía ni idea de qué hacía Tomás allí. Porque no la tengo.

—¿Les has hablado del piso? —dice Nuria.

—Claro que les he hablado del piso, Nuria. Es donde estaba.

—Ya, pero esta mañana escribiste que no dijéramos nada.

Ahí está. Nuria Palop, que se disculpa antes de que la acusen, que no ha contradicho a Laura en su vida ni en la farmacia ni fuera de ella, acaba de hacerlo delante de las cuatro con la voz un poco alta.

Laura la mira dos segundos.

—Escribí eso a las nueve y media de la mañana, antes de que nadie me hubiera dicho nada de nada, porque Tomás no había dormido en casa y yo no sabía dónde estaba.

—Habla despacio y sin subir el tono, y no hay ni una sola cosa fuera de sitio en lo que dice—.

Y lo primero que pensé fue que si le había pasado algo iban a venir a preguntarnos a todas dónde habíamos estado la noche anterior, y que cada una tendría que dar explicaciones en su casa. Eso pensé. Perdóname si te asusté.

—No, si yo...

—Y si me equivoqué, me equivoqué. Llevo desde esta mañana haciendo las cosas lo mejor que sé y sin nadie que me diga cómo se hacen.

—Que no, Laura, que perdona.

—No tengo nada que perdonarte.

Y al decirlo alarga el brazo y le aprieta la rodilla, y Nuria asiente con los ojos rojos.

Y Nuria se calla, y se echa hacia atrás en la butaca, y es como si la hubieran devuelto a su sitio sin tocarla. Yo llevo veintidós meses viendo eso en las cenas y siempre me había parecido cariño.

Pilar cambia de tema hacia el lunes, hacia el tanatorio, hacia quién avisa a quién. Laura abre la carpeta y dentro tiene una lista escrita a mano con dos columnas.

Van saliendo nombres. El hermano de Tomás, que llega mañana de Castellón.

Los del despacho. Una tía de Alcoy que tiene noventa y un años y a la que hay que decírselo por teléfono y en persona no se puede.

Van saliendo horas: cuándo abren en el juzgado, cuándo se puede pedir el certificado, a partir de qué día se puede hacer nada.

Y Laura lo lleva todo. Lo lleva mejor que ninguna de nosotras cuatro, que estamos aquí sentadas para ayudarla y que en dos horas no hemos resuelto ni una sola cosa de esa lista.

Y en algún momento, hablando de las llaves, Pilar dice:

—Es que tampoco es que subamos tanto. Yo he subido cuatro veces en dos años.

—Yo duermo cuando me toca la semana de mi padre —dice Nuria.

—Yo subo los viernes —dice Celia.

Y Laura, sin levantar la vista de la carpeta:

—Yo nunca lo he cogido.

Lo dice como un dato. Como quien dice que no bebe café. Y es verdad, y lo sabemos las cinco, y Pilar hasta se ríe un poco.

—Tú es que tienes casa.

—Yo tengo casa —dice Laura.

Yo estoy en el brazo del sofá, con un vaso de agua que me ha puesto Celia y que no me he bebido, y llevo cuarenta minutos sin decir casi nada.

Y Celia lleva cuarenta minutos mirándome.

No de manera rara. No fija. Celia se levanta, sirve, recoge un plato, contesta a Pilar, se sienta otra vez.

Pero cada vez que alguien dice la palabra piso , cada vez que se nombra el jueves, cada vez que Laura mira su carpeta, los ojos de Celia Ferrán vienen a buscarme a mí, medio segundo, y se van.

A las once y veinte Laura dice que se va, que su hermana la espera, y nos levantamos todas a la vez, y volvemos a hacer la fila de los dos besos.

En la puerta le dice a Nuria:

—El lunes no vayas a abrir tú sola. Que vaya Marisa.

—Sí.

—Y el pedido de la Cinfa lo dejas y ya lo miro yo.

—Si quieres lo miro yo, Laura, que tú vas a tener...

—Lo miro yo. Tú déjalo hecho y no lo mandes.

—Vale.

Pilar baja con ella.

Nos quedamos Nuria, Celia y yo en el recibidor, con la puerta todavía abierta y el rellano encendido, y Nuria dice que ella también se va, que mañana entra a las nueve.

Se abrazan mucho rato, más del que hace falta, y Nuria se separa secándose con la muñeca.

A mí me da dos besos y me dice, muy bajito, con la mano en mi brazo, que si necesito algo.

Y a mí me parece una frase rarísima. Es la frase que se le dice a la viuda, y la viuda acaba de bajar por la escalera con Pilar.

—Gracias, guapa.

Y se va.

Celia cierra la puerta.

Deja la mano en el picaporte, de espaldas, y tarda en soltarlo. Después se da la vuelta, se apoya en la puerta y se cruza de brazos, y me mira desde el otro lado del recibidor con toda la calma del mundo.

—El piso lo tenías tú anoche.

Lo dice sin levantar la voz y sin apartar la vista, y luego no añade nada, y el rellano se apaga solo al otro lado de la puerta.