Ninguna estuvo allí 15
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Rosa lo coge al segundo tono.

—Nebot.

—Buenos días. Me llamo Eva Bataller. Me da su número Amparo Roig.

—Dime.

Y le cuento. Le cuento la versión que ya sé de memoria, porque llevo desde las nueve y veinte de esta mañana contándola en trozos: que ha aparecido muerto el marido de una amiga, que ha sido en un piso que compartimos cinco mujeres, que anoche ese piso lo tenía yo, que he estado allí un rato y me he ido, y que esta mañana han venido dos agentes a mi casa y he pedido hablar con un abogado.

Rosa no me interrumpe ni una vez. Se oye un teclado de fondo.

—¿Qué les has dicho antes de pedir el abogado?

—Que cenamos las cinco. La hora a la que llegué a mi casa. Dónde aparqué. Cuándo vi a Tomás por última vez.

—¿Y qué les dijiste de cuándo lo viste por última vez?

—Que en Semana Santa. Que creo.

—¿Y es verdad?

Silencio mío. Dos segundos, tal vez tres. Se oye el teclado y luego el teclado para.

—No.

—Vale.

Nada más. Ni un tono, ni un suspiro, ni una pregunta sobre qué clase de persona soy.

Y eso, que debería tranquilizarme, es lo que me pone a temblar por primera vez en todo el día.

Porque una amiga habría dicho ¿cómo que no?

. Mi hermana habría dicho ay, Eva . Esta mujer ha dicho vale y ha seguido tecleando, y ese vale significa que lo que acabo de contarle no tiene nada de excepcional, que lo oye cada mes y que lo único que le interesa es en qué parte del expediente hay que ponerlo.

—Antes de nada, dime una cosa. ¿Tú tienes algo que ver con la muerte de ese hombre?

Lo pregunta igual que ha preguntado todo lo demás: sin subrayarlo, como el que rellena una casilla.

—No.

—Vale.

Y sigue, y no vuelve a preguntármelo en toda la conversación, y tardaré días en entender que esa pregunta no la hacía para saber la respuesta. La hacía para que yo la oyera hecha, en voz alta, una vez, y para poder decir después que la hizo.

—A ver, Eva. Te voy a decir cinco cosas y te las voy a decir una detrás de otra, y luego me preguntas lo que quieras.

—Sí.

—Una. A partir de ahora no hablas con la policía sin mí. Ni por teléfono, ni en el portal, ni en la puerta de tu casa. Si te llaman, les das mi número.

—Vale.

—Dos. No borras nada. Ni mensajes, ni fotos, ni el historial del navegador, ni un correo. Nada. Aunque te parezca ridículo, aunque sea de hace un año, aunque no tenga que ver. ¿Me has entendido?

—Sí.

—Y esto te lo digo porque es lo primero que hace todo el mundo y es lo que hunde a todo el mundo. Un mensaje comprometido es un problema. Un mensaje borrado son dos problemas: el mensaje y el borrado.

—Ya.

—Tres. No vuelves a ese piso, no te acercas y no llamas al portero. Cuatro. No hables con las otras cuatro de lo que dijisteis o dejasteis de decir. De nada que se parezca a poneros de acuerdo.

—Es que eso no lo puedo cumplir.

—¿Cuál?

—Lo de no hablar con ellas. Llevamos veinte años. Hay una que se ha quedado viuda esta mañana.

—No te he dicho que no hables con ellas.

—Me acabas de decir...

—Te he dicho que no habléis de lo que dijisteis. —Y ahí Rosa sube medio tono por primera y única vez en toda la conversación—. Que no es lo mismo, Eva, y te va a costar entenderlo porque a todo el mundo le cuesta.

—Es que somos amigas.

—Sois amigas y podéis hablar. Podéis llorar, podéis ir a un entierro y podéis llamaros por la noche.

Lo que no podéis es construir. En el momento en que las cinco tenéis una versión común, esa versión deja de ser el recuerdo de cada una y pasa a ser otra cosa, y eso se nota, Eva.

Se nota siempre. Se nota en que todas dicen lo mismo con las mismas palabras.

Miro el móvil que tengo en la mano, el mío, el que a las ocho y catorce de esta mañana dijo Claro .

—Y cinco —dice—. Esta noche, sin prisa, me escribes todo lo que hiciste ayer desde que saliste de tu casa hasta que volviste. Hora por hora. A mí, por correo. Sin adornar y sin quitar.

—De acuerdo.

—Ahora pregunta.

—¿Yo estoy detenida o algo?

—No. Ni detenida ni investigada, que yo sepa. Estás en una lista de gente a la que hay que preguntar. Que es una lista en la que no es cómodo estar, pero es una lista larga.

—¿Y cuánto va a durar esto?

—No lo sé. Y no te voy a decir que poco.

Me río sin querer. Es la primera vez que se me mueve la cara desde que Celia me llamó.

—¿Y yo tengo que contarle a alguien que te he llamado?

—A tu marido, si quieres. A nadie más. —Un silencio corto—. ¿Tienes marido?

—Sí.

—¿Y él sabe que estuviste en ese piso?

—Se lo he contado esta mañana.

—¿Toda la verdad?

—La verdad de que subí.

—Vale —dice Rosa, y no pregunta cuál es la otra.

—Otra cosa —dice—. ¿Hay algo tuyo en esa casa?

Y aquí está.

Aquí está la puerta abierta de par en par, con una profesional al otro lado del teléfono que me está preguntando exactamente lo que hay que preguntar, con la voz tranquila, sin juzgarme, después de haberme dicho que no borre nada.

Estoy de pie en mi comedor, con la mano izquierda apoyada en el respaldo de una silla, y en el bolsillo interior de una chaqueta gris que hay colgada a nueve metros de mí, en el perchero del recibidor, hay un teléfono apagado y sin tarjeta.

Nueve metros. Los he contado después. Se tarda once segundos en ir andando y sin prisa.

—Ropa —digo—. Hay ropa de todas. Un jersey mío, creo. Y toallas.

—¿Ropa que se pueda identificar?

—Un jersey gris. Y en el armario hay cosas de las otras.

—Vale. Eso no es un problema. Es un piso que usáis, tiene que haber cosas vuestras. ¿Algo más?

Cuarenta metros más abajo, dentro de una llanta, apretado con una mariposa de plástico negro.

—No.

—Vale. Pues hasta esta noche.

Cuelgo.

Me quedo con el teléfono en la mano, de pie en el comedor, delante de un documento sobre tolerancias que ya he entregado y que sigue abierto porque no lo he cerrado.

Acabo de mentirle a la única persona de este asunto que está de mi parte.

No a la policía, que es lo que hace todo el mundo y que además no es exactamente mentir, porque a la policía se le puede no contestar. A mi abogada. A la mujer a la que voy a pagarle por hora, con el dinero de esta casa, para que me saque de esto.

Y la mentira ni siquiera ha sido una frase. Ha sido una palabra de dos letras contestando a ¿algo más? , y me ha salido igual de plana que lo del jersey, que era verdad.

Eso es lo que nadie te explica de mentir mucho: que a los cuatro o cinco días deja de haber una diferencia de tono. Todo sale igual. Y cuando todo sale igual, ya no hace falta decidir nada, y ahí es donde se acaba.

Y cierro el documento, y abro uno en blanco, y pongo el cursor arriba del todo.

Jueves 28 de mayo.

Y me quedo mirando el cursor, que es una raya negra que aparece y desaparece, y pienso en lo que me ha dicho hace tres minutos: sin adornar y sin quitar .

Voy a redactar un documento para una abogada penalista. Lo hará una mujer que lleva veinte años escribiendo textos en los que un error cuesta dinero, y lo hará sabiendo exactamente qué párrafo va a faltar.

Escribo 21:00. Cena en Casa Lluïsa y me levanto a por agua.

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