14
—Eva.
—Espera.
—Eva, ¿por qué has pedido un abogado?
Estoy recogiendo la maleta azul del suelo. La cierro forzando la cremallera y la subo al altillo yo misma, aunque me tira del corte, porque necesito treinta segundos y porque en esta casa cuando alguien recoge algo el otro se calla.
No se calla.
—Que por qué has pedido un abogado.
—Porque me han preguntado por un sitio.
—¿Qué sitio?
Bajo de la escalerilla. La cierro. La dejo apoyada donde se queda siempre dos o tres días, hasta que uno de los dos se acuerda de subirla.
Me apoyo en la pared del pasillo.
Y se lo cuento.
Le cuento que Celia heredó un piso de su madre en Benimaclet, un cuarto sin ascensor, sin arreglar.
Que en agosto de hace dos años le dejó las llaves a Nuria porque estaba dejando a su marido y necesitaba ver a una abogada sin que él lo supiera.
Que a partir de ahí se quedó como una cosa nuestra.
Que cada una tiene una llave. Que el último jueves de cada mes cenamos las cinco y luego, la que quiere, sube.
—¿Y sube a qué?
—A nada, Quique. A estar.
—¿A estar?
—A estar sin nadie. Nuria sube a dormir, porque tiene a su padre en casa una semana de cada dos y no pega ojo. Celia sube porque es suyo y porque de vez en cuando quiere estar en la casa de su madre. Pilar no sé lo que hace y no se lo he preguntado nunca.
—¿Nunca?
—Nunca.
—¿Y no os parece raro?
—No.
Y no le miento en eso. Es lo único de toda la conversación en lo que no le miento: a nosotras no nos parece raro, no nos lo ha parecido en veintidós meses, y a mí, hasta esta mañana, me parecía lo mejor que me había pasado desde que cumplí los treinta y cinco.
—¿Y tú?
—Yo anoche subí un rato.
—¿A qué?
—A estar sola.
Me sale liso. Me sale de una pieza, en el pasillo de mi casa, a metro y medio de mi marido, y por dentro noto una cosa que no voy a poder explicar nunca a nadie que no haya hecho esto: alivio. El alivio de estar diciendo algo casi verdadero después de doce horas.
Porque lo del piso es verdad. Lo de Nuria es verdad. Lo de la llave es verdad. Lo único que no es verdad son cuatro palabras, y las cuatro palabras van montadas encima de una hora entera de cosas ciertas, que es como se sostiene lo que no se sostiene.
Quique se apoya en la puerta del baño.
—¿Y por qué no me lo habías contado nunca?
—Porque no es mío. Es de las cinco.
—Ya, pero yo qué sé, Eva. Dos años.
—¿Y qué te iba a contar? ¿Que Celia tiene un piso vacío?
—Que os vais a un piso y no lo cuenta ninguna.
—No es que no lo contemos. Es que no lo contamos.
Y él se queda un momento mirando el suelo, y luego mueve la cabeza como cuando le explico algo del trabajo que no entiende y decide que no hace falta entenderlo.
—Vale.
—No es nada raro.
—Si no digo que sea raro. —Se pasa la mano por la nuca—. Digo que dos años son dos años.
Después llama a la consulta.
Se mete en la habitación con el móvil y le oigo hablar con Merche, que lleva la agenda desde antes de que nos casáramos, y le oigo decir que le anule las dos primeras y que la de la rodilla la pase al lunes.
Son ciento veinte euros. Este hombre acaba de tirar ciento veinte euros a la basura porque su mujer ha pedido un abogado en el rellano.
Vuelve con las llaves en la mano y no se va.
Hace café, esta vez sí, y lo pone en las dos tazas de siempre, la azul para él y la que tiene el asa pegada para mí, y las lleva a la mesa del comedor, donde sigue abierto el documento de las tolerancias.
—A ver. —Se sienta enfrente—. Tú no has hecho nada.
—No.
—Pues entonces esto es que se ha muerto un hombre en un piso donde tú estuviste antes, y ya está. Eso le puede pasar a cualquiera.
—Ya.
—Es que le puede pasar a cualquiera, Eva. Si a mí se me muere un paciente en la camilla, vienen y me preguntan, y yo no me pongo a temblar.
—No estoy temblando.
—Estás blanca desde las nueve y media.
—Es que se ha muerto un hombre al que conocía.
—Ya lo sé. —Y baja la voz—. Ya lo sé, mujer.
Y me pone la mano encima de la mía, encima de la buena, y me la deja ahí un rato mientras se bebe el café con la otra.
Diecisiete años son estas cosas y no son otras.
Son que sabe cuál de mis dos manos hay que coger sin mirar cuál está vendada.
Son que en esta casa hay dos tazas y cada uno tiene la suya y nadie lo ha decidido nunca.
Son que cuando llego yo primero pongo la radio y cuando llega él la quita, y que llevamos así desde 2009 y no lo hemos hablado ni una vez.
Le da un sorbo al café y hace el gesto de siempre, el de que quema, el que lleva diecisiete años haciendo con la primera taza y que no le sirve de nada porque se la sigue bebiendo igual de pronto.
—El abogado bien —dice—. El abogado está bien pedido. Yo también lo habría pedido.
—¿Sí?
—Claro. —Se encoge de hombros—. Si te van a preguntar por un sitio donde ha muerto uno, vas con alguien. Eso lo dice todo el mundo.
Y se queda tranquilo. Se queda tranquilo de verdad, ahí sentado, con su taza azul, defendiéndome de una sospecha que él cree injusta, y lo hace tan bien y con tan poca duda que a mí me entran ganas de levantarme y salir de la casa.
Hay que entender lo que está pasando en esa mesa.
Mi marido no me está creyendo por tonto.
Me está creyendo porque en diecisiete años yo no le he dado ni una sola razón para hacer otra cosa, y esa confianza no se la ha regalado nadie: se la he construido yo, día por día, con cuatro mil cenas y con quince mil verdades pequeñas, y ahora la estoy gastando.
Es como pagar con un dinero que ganaste tú. Nadie te puede decir nada, y sin embargo.
—¿Quieres que me quede? —dice.
—No hace falta.
—Puedo quedarme.
—Que no, hombre. Que estoy bien.
A las doce y veinte se levanta y coge la mochila.
—Me voy, que la de la una la tengo desde marzo.
—Vale.
—Llámame si viene alguien.
—Sí.
Y ya en la puerta, con la mano en el picaporte, sin darse la vuelta del todo:
—Oye. Lo de las dos lo he dicho porque es verdad, ¿no?
Se me para el estómago.
Es la pregunta más pequeña del mundo. La hace de perfil, con la mochila colgando de un hombro, con el mismo tono con el que preguntaría si compró él el pan.
—Sí.
—Vale. —Asiente—. Es que se lo he dicho yo antes que tú y luego he pensado que a lo mejor no tenía que haberme metido.
—Has hecho bien.
—Ya. Bueno. —Se cambia la mochila de hombro—. Es que como estabas ahí callada.
—Estaba pensando.
—Ya.
Y se va.
Yo me quedo en el comedor con las dos tazas y con la puerta cerrada, y no me muevo hasta que oigo el ascensor, y lo que pienso no es que me haya salvado.
Lo que pienso es que en diecisiete años Quique Sanchís no me ha comprobado nunca nada, y que acaba de hacerlo hoy, y que ni él mismo sabe que lo ha hecho.
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