13
—Sí —digo—. Me suena.
Y es verdad, y decirlo no me cuesta nada, y en el segundo y medio que tardo en decirlo ya he entendido tres cosas.
La primera es que esa pregunta no se hace en un rellano con una mano en el pasamanos.
Se hace sentado, o no se hace. Ponerla al final, después de haber cerrado la carpeta y de haber dado la tarjeta, es una manera de preguntar que no puede ser casual y que además no es ninguna trampa: es la manera de preguntar de alguien que ya sabe la respuesta y quiere ver la cara.
La segunda es que llevan cuatro horas en ese portal.
La tercera es que Celia ha estado abajo desde las nueve menos veinte, de pie, mirando subir y bajar gente, y que a Celia Ferrán le habrán preguntado de quién es ese piso, y que Celia Ferrán no es una persona que mienta a la policía en un portal a las nueve de la mañana con un hombre muerto en su casa.
—¿Le suena por algo en concreto? —dice ella.
Quique está a mi espalda, con la mano todavía en el pomo de la puerta.
No sabe qué calle es esa. En diecisiete años no ha oído ese nombre en esta casa ni una sola vez, y ahora mismo está de pie detrás de mí, en calcetines, con la camiseta del trabajo, escuchando cómo dos policías le preguntan a su mujer por una dirección que él no conoce.
Y no dice nada. No pregunta ¿qué calle? .
Yo no lo veo, porque lo tengo detrás, pero en el recibidor de mi casa hay un espejo encima del mueble de los zapatos y en ese espejo se le ve entero.
Está descalzo. Tiene la derecha todavía puesta donde la dejó al abrir y la izquierda colgando.
Y cuando ella dice el nombre de la calle, él baja un poco la barbilla y frunce el ceño exactamente igual que cuando le hablan de una lesión que no le encaja con lo que ha visto en la camilla.
Y se queda quieto, porque cuando hay autoridad delante Quique se calla y espera, y porque piensa que si él no sabe algo es que no le hace falta saberlo.
Ese hombre lleva dos horas ayudándome sin enterarse de nada, y lo va a seguir haciendo cinco días más.
Y lo que hago en el segundo que tengo es lo que llevo haciendo toda la mañana sin darme cuenta: contestar a la parte fácil.
—Es un piso de Celia. De Celia Ferrán. Lo heredó de su madre.
—Ya.
—Y lo usamos a veces.
—¿Ustedes?
—Nosotras. Las cinco.
Ella no ha vuelto a abrir la carpeta. La tiene contra el costado, con el bolígrafo enganchado en el borde, y no la abre en ningún momento de lo que queda de conversación, y eso me parece a mí que también es una manera de hacer las cosas.
—¿Y para qué lo usan?
—Para nada. Para tomar algo, para quedarse alguna a dormir. Es un piso vacío, no está alquilado ni se ha alquilado nunca.
Y me oigo añadir:
—Está sin reformar. Es de la madre, que murió hace dos años, y no ha querido tocarlo.
Nadie me ha preguntado por la reforma. Nadie ha querido saber cuándo murió la madre de Celia. Llevo desde las once de la mañana contestando dos frases por pregunta, y la segunda no me la pide nadie.
—¿Y anoche?
Y ahí es donde se acaba.
Porque hace cuatro minutos, en este mismo recibidor, delante de estas dos personas, yo he dicho que estuvimos juntas hasta casi las dos y que vine directa a mi casa, y mi marido ha dicho que me oyó llegar, y todo eso está escrito en una carpeta de plástico que ahora mismo está apoyada en la cadera de una mujer que me mira con muchísima educación.
Si digo que no subí, miento otra vez y la miento delante de Celia, que ya ha hablado.
Si digo que subí, me contradigo dentro del mismo cuarto de hora.
Nunca en mi vida había tenido un problema del que no se pudiera salir con una palabra bien elegida. Llevo veinte años saliendo de todo por ahí.
—Prefiero hablar con un abogado antes de seguir contestando.
Lo digo así, entero, sin apartar la vista y sin subir el tono, y me sale la frase completa a la primera, que es lo único de esa mañana de lo que no me arrepiento.
Detrás de mí, Quique cambia el peso de un pie al otro. Es un ruido pequeñísimo, de piel descalza contra el terrazo, y lo oigo perfectamente.
Nadie se sorprende.
Eso es lo que a mí me deja peor: que no pasa absolutamente nada. La agente no levanta las cejas, no mira a su compañero, no cambia de postura. Asiente una vez, como si le hubiera contestado que hoy no me viene bien.
—Está en su derecho, por supuesto —dice—. Nosotros ahora mismo estamos tomando declaraciones voluntarias. Si usted prefiere venir acompañada de letrado, nos lo hace saber y le damos día y hora en comisaría.
—Sí.
—¿Tiene abogado?
—Voy a tenerlo.
—Muy bien. Cuando lo tenga, que nos llame él. En la tarjeta está el teléfono del grupo.
—De acuerdo.
El compañero, que en toda la mañana ha dicho buenos días y nada más, se aparta un paso para dejar sitio en el rellano y mira hacia abajo, por el ojo de la escalera. Ella se guarda el bolígrafo en el bolsillo interior de la chaqueta y se lo abrocha.
No hay ningún momento incómodo. Eso es lo que a mí me descoloca durante el resto del día: que una mujer acaba de decirle a la policía que no va a seguir hablando y que la policía se lo ha tomado igual que si les hubiera dicho que hoy no era buen día para la caldera.
—Una cosa. —Y aquí sí baja un poco el tono, y no es amenaza, es logística—. Si en las próximas horas se acuerda de algo o alguien la llama para hablar de esto, es mejor que no lo comente con nadie del grupo hasta que hable con su abogado. Por usted, no por nosotros.
—Vale.
—Que tengan buen día.
—Que tengan buen día —repite el compañero desde el tramo de abajo, y es lo segundo y último que le oigo decir en toda la mañana.
Bajan andando. No cogen el ascensor, y yo me quedo escuchando los pasos, dos pisos, tres, y después la puerta del portal, que hace un ruido muy concreto y que desde aquí arriba se oye igual desde hace catorce años.
Y en esos veinte segundos pienso una cosa absurda: que si hubieran esperado a preguntar lo de la calle en comisaría, dentro de tres días, con mi abogada al lado, yo habría tenido tres días para prepararme.
Lo han preguntado en un rellano con la carpeta cerrada y me han sacado la única frase que no podía dar.
Quique cierra.
Y se queda con la mano en la puerta cerrada, de espaldas, cuatro o cinco segundos.
—Eva.
—Espera.
—Es que...
—Que esperes un momento, Quique.
Y no es que le esté pidiendo un momento. Es que si me habla ahora mismo yo no sé lo que le voy a contestar, y llevo desde las nueve y veinte de esta mañana sin decir una frase que no haya calculado antes.
En la última hora yo he pasado de ser la amiga de la viuda a ser una mujer que pide un abogado en el rellano de su casa, y lo he hecho yo sola, con una frase de once palabras, delante de mi marido.
Y lo peor no es eso.
Lo peor es que la frase la he dicho bien. La he dicho con el tono exacto, sin temblar y sin excusarme, y he sabido en el momento que la estaba diciendo bien.
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