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El telefonillo suena a las once en punto.

Quique está en el sofá mirando el móvil, ya duchado, con la camiseta del trabajo puesta y las llaves en la mesa, y se levanta él porque se levanta él siempre.

—¿Sí?

Escucha dos segundos y se le cambia la voz.

—Sí, sí. Cuarto, segunda. Suban.

Cuelga y me mira desde el recibidor con una cara que no le había visto en diecisiete años.

—Es la policía.

—¿La policía?

—Preguntan por ti.

En los cincuenta segundos que tarda el ascensor hago lo siguiente.

Me miro las manos. Me meto la izquierda en el bolsillo del pantalón.

Me la vuelvo a sacar, porque metida se ve más y porque si la dejo ahí no voy a poder sacarla en toda la conversación.

Me coloco el pelo por detrás de la oreja.

Le digo a Quique que abra ya la puerta, para que no tengan que llamar al timbre y para que no parezca que estábamos esperándolos, y él me hace caso sin preguntar por qué, porque a Quique le parece bien casi todo lo que yo digo.

Y en el último de los cincuenta segundos pienso una cosa que no me deja hasta la noche: han subido en el ascensor desde el garaje. Han pasado por delante de mi coche. Los dos, andando, a metro y medio de un maletero.

Es una tontería y lo sé mientras la pienso. Nadie mira los maleteros de un garaje. Pero a partir de este momento, cada vez que alguien de uniforme entre en este edificio, yo voy a hacer esta misma cuenta.

Son dos, de paisano. Ella lleva una carpeta de plástico y un bolígrafo y va a hablar casi todo el rato. Él es más joven, se queda un paso por detrás y no dirá tres frases en toda la visita.

Enseñan el carné a la altura de la cara y lo bajan enseguida.

—¿Eva Bataller?

—Soy yo.

—Buenos días. Venimos por el fallecimiento de Tomás Bru Sanchis. ¿Podemos hacerle unas preguntas? Serán diez minutos.

—Sí, claro. Pasen, siéntense.

—Aquí mismo, si no le importa.

Nos quedamos los cuatro de pie en el recibidor, entre el perchero y la maleta azul abierta en el suelo con el plumas de Marta dentro y una bufanda encima. Quique se disculpa por la maleta. Ella dice que no pasa nada y no la mira.

—¿Usted conocía al señor Bru?

—Sí. Es el marido de una amiga.

—¿Desde cuándo?

—A Laura la conozco de hace veinte años. A él, desde que empezaron. Dieciocho, diecinueve.

—¿Trato frecuente?

—Cenas. Cumpleaños. Alguna comida en su casa.

—¿Y su marido?

—Igual —dice Quique—. De verlo con ellas.

—¿Usted no tenía relación aparte?

—Yo no. Nos caíamos bien y ya está. Era simpático el hombre.

Escribe. Escribe despacio, con la carpeta apoyada en el antebrazo, y no hay prisa en nada de lo que hace. El compañero mira el pasillo.

—¿Ayer estuvo usted con la señora Espí?

—Sí. Cenamos.

—¿Quiénes?

—Cinco. Laura, Celia, Nuria, Pilar y yo. Cenamos el último jueves de cada mes.

—¿Desde hace mucho?

—Casi dos años.

—¿Dónde cenaron?

—En Casa Lluïsa. En Benimaclet.

—¿Y a qué hora terminaron?

Y es aquí.

No es una pregunta con trampa. Es la sexta de una lista, dicha en el mismo tono que las cinco anteriores, por una mujer que lleva desde las nueve de la mañana de pie y que quiere irse a comer.

Y antes de que a mí me dé tiempo a abrir la boca, Quique dice:

—Volvió cerca de las dos.

Los dos agentes lo miran.

—Yo estaba dormido —añade, y se separa un poco del marco de la puerta, como cuando uno se ofrece a ayudar—. Pero la oí llegar. Había salido a cenar con Laura y las demás.

Ella se gira hacia mí y espera con el bolígrafo levantado tres o cuatro centímetros por encima del papel.

—Sí —digo—. Estuvimos juntas hasta casi las dos.

Casi.

Ahí está la palabra que no me ha pedido nadie. Nadie ha preguntado si fueron las dos en punto. La pregunta era a qué hora terminamos, y yo, que llevo veinte años cobrando por saber lo que hace un adverbio dentro de una frase, meto un casi en seis palabras para que la frase no sea del todo falsa.

Es lo que hacemos los que mentimos mal: dejar un hilo por fuera para poder decir después que ya lo habíamos dicho.

Ella lo escribe. Nunca he sabido si escribió el casi .

—¿Y al salir del restaurante?

—Cada una a su casa.

—¿Usted vino directa?

—Sí.

—¿En coche?

—En coche.

—¿Y dónde lo dejó?

—Aquí, en el garaje. Segundo sótano.

Segunda cosa que no me han preguntado y que he contestado igual.

—¿Cuándo vio usted a Tomás Bru por última vez?

Quique está apoyado otra vez en el marco, con los brazos cruzados y los ojos en el suelo, con esa cara de respeto que se le pone a la gente cuando hay un muerto por medio y no sabe qué hacer con las manos.

—Uf. Hace tiempo.

Y luego, porque el silencio dura medio segundo más de lo que aguanto:

—En Semana Santa, creo. En una comida en su casa.

—¿En Semana Santa.

—Creo. Puede que en abril.

Escribe.

El compañero se ha movido un paso a la izquierda y ahora está delante del perchero, mirando hacia el salón con las manos a la espalda, como se mira una casa cuando uno no está mirando nada.

En ese perchero hay una chaqueta gris de entretiempo, vacía, con el bolsillo interior sin nada dentro. Y dos plantas por debajo de sus zapatos, dentro de una llanta, apretado con una mariposa de plástico, hay un teléfono apagado que a esta hora ya lleva diez horas y media siendo mío.

—¿Le pasa algo en la mano? —dice ella.

Es la primera vez que la mira.

—Me corté anoche.

—¿Con qué?

—Con la esquina de una mesa. Aquí, en casa.

—Ya.

Y no dice nada más. No lo escribe, no me pide que se la enseñe, no cambia de tono. Se lo pasa por encima como si me hubiera preguntado por el calor, y sigue.

—¿La señora Espí les comentó ayer algo de su marido? ¿Alguna discusión, algún problema?

—No.

—¿Nada?

—Nada. Hablamos de los exámenes de su hija.

—¿Le pareció a usted que estuviera preocupada?

—Le pareció... —Y me paro, porque he empezado la frase con el verbo de ella, y eso yo no lo hago nunca, ni con un cliente al teléfono un lunes a las nueve de la mañana—. Estaba como siempre. Cansada por lo de la niña.

—¿Y el señor Bru dormía en su casa habitualmente?

—Eso tendrá que preguntárselo a ella.

Lo digo demasiado rápido. Lo noto en el momento, en la garganta, como se nota una nota alta que no llega.

—Claro —dice ella—. Se lo preguntamos por si a usted le había comentado algo.

—No me comentó nada.

—Muy bien.

Cierra la carpeta con el bolígrafo dentro, saca una tarjeta de un bolsillo lateral y me la da. Me dice que si me acuerdo de cualquier cosa la llame, aunque me parezca una tontería, que a veces las tonterías son lo que hace falta.

—Gracias por su tiempo.

—A usted.

Quique ya está abriendo la puerta y dándoles las gracias, que es una cosa que hace siempre —con los del gas, con los del padrón, con el del banco que le vendió un seguro que no queríamos— y que hoy no viene a cuento en absoluto.

Y yo, mientras salen, hago una lista mental de lo que acaba de pasar aquí, porque necesito saber si ha ido bien.

Han preguntado seis cosas comprobables y una no comprobable. Las seis las he contestado bien, y la séptima, la de cuándo lo vi por última vez, la he contestado con un creo delante y un puede que detrás, que es lo que se pone cuando se quiere poder rectificar.

Ha ido bien. Eso es lo que pienso, todavía en el recibidor, con mi marido cerrando la puerta: que ha ido bien.

Y no es que se me olvide que hay un hombre muerto. Es que llevo desde las nueve y veinte administrando una cosa y ya no me acuerdo de que la cosa era una persona.

Salen al rellano. Ella se para con una mano en el pasamanos y se gira.

—Una cosa más. ¿Le suena la calle Barón de San Petrillo?