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A las diez y cuarto entrego la conservera.

Lo cuento porque es verdad y porque durante mucho tiempo me pareció la peor cosa que había hecho nunca.

Reviso la segunda parte, corrijo dos cifras, arreglo un salto de línea del pie de página, escribo un correo de tres frases y adjunto el archivo.

Buenos días, adjunto la segunda entrega.

Quedo a la espera de comentarios. Un saludo.

Le doy a enviar y me sale la barra verde de que se ha ido.

Cuarenta minutos después de saber que Tomás Bru está muerto en el salón de la madre de Celia, yo estoy cobrando ocho céntimos por palabra.

Y no lo hago para disimular, que sería más elegante. Lo hago porque tengo que entregar, porque el cliente es de los que llaman, y porque el trabajo tiene esa cosa buena de que mientras estás dentro no estás en ningún otro sitio. Quince minutos he estado dentro. Quince minutos de descanso.

Quique anda por el pasillo. Le he oído abrir el altillo, que tiene una bisagra que se oye en toda la casa y que llevamos seis años sin engrasar.

—Eva.

—¿Qué?

—Que voy a subir lo de invierno, que ya no lo vamos a usar.

Salgo al pasillo.

Tiene la escalerilla puesta, ha bajado la maleta grande —la azul, la de las ruedas rotas, la que solo sirve ya para esto— y la ha dejado abierta en el suelo del recibidor.

Está descolgando cosas del perchero. Lleva en el brazo el plumas de Marta, que le queda pequeño desde enero y que hay que dar a alguien, y una bufanda de esas que no son de nadie.

Y la chaqueta gris.

—Esta también, ¿no?

La tiene cogida por el cuello, colgando, con el bolsillo interior contra su antebrazo.

—Esa no.

—Si ya no te la pones.

—Que esa no. —Se la cojo de la mano—. Que es de entretiempo y me hace falta.

—Estamos a veintiocho grados, Eva.

—En el aire acondicionado de la biblioteca no.

Me mira dos segundos, se encoge de hombros y sigue con lo suyo.

Dobla el plumas como se doblan las cosas en esta casa, que es de cualquier manera, y lo mete en la maleta.

Este hombre acaba de tener en la mano el teléfono de un muerto y lo ha soltado porque su mujer le ha dicho que tiene frío en la biblioteca.

Y no me mira raro. Ni de refilón. Le he quitado una prenda de las manos con un tono que no es el mío y él lo ha archivado en el sitio donde archiva todas mis rarezas de estos siete meses, que debe de ser un cajón bastante lleno a estas alturas y que él no ha abierto ni una sola vez.

Me quedo con la chaqueta en las manos, en mitad del pasillo, con él subido a la escalerilla a un metro de mí, y pienso una cosa con una claridad que no había tenido en toda la mañana.

Mientras eso esté en esta casa, esto no depende de mí.

No depende de mí que Marta coja una chaqueta para ir a un concierto en octubre.

No depende de mí que Quique busque unas llaves en un bolsillo.

No depende de mí que mi suegra venga el domingo y cuelgue el abrigo encima, ni que se caiga la percha, ni que alguien la lleve a la tintorería.

Cualquiera de esas cosas puede ocurrir cualquier día de los próximos ocho meses sin que nadie tenga ni la más mínima mala intención, y yo no puedo vivir en el recibidor.

También podría deshacerme de él. Lo pienso ahí mismo, con la chaqueta doblada en el brazo: un teléfono se rompe con un martillo en cuatro golpes y los trozos se tiran en cuatro contenedores distintos.

Y no puedo, porque para destruirlo tendría que saber qué hay dentro, y para saberlo tendría que encenderlo.

Y no lo voy a encender.

—Bajo un momento al coche —digo.

—¿A qué?

—A por los folios, que se me quedaron en el maletero.

—Ah, vale.

Antes de bajar paso por el baño y me lavo la cara con agua fría, y me quedo un momento apoyada en el lavabo con los brazos rectos. Se me ha soltado un pico de la tirita.

A las diez y veinte estoy en el garaje.

Es el segundo sótano, con esa luz de sensores que se enciende a tramos según andas y que siempre va un paso por detrás. Abro el maletero. Saco la bolsa que me había dejado esta mañana con el papel de cocina y la dejo en el suelo, apoyada en la rueda.

Levanto la moqueta del fondo y la sujeto con la tapa del maletero.

Debajo está el hueco de la de repuesto: la rueda encajada, y en el centro, sujetos con una mariposa de plástico negro, el gato y la llave de cruz.

Aflojo la mariposa. Saco las dos herramientas y las dejo a un lado, encima del chaleco.

Del bolsillo interior saco el teléfono.

Lleva apagado desde las doce y treinta y seis de esta noche. No tiene tarjeta: la tarjeta está en mi monedero, detrás del carné de conducir, dentro del bolso que en este momento está en la silla del recibidor, cuarenta metros más arriba. Anoche los separé sin saber muy bien por qué lo hacía.

Ahora sí lo sé.

Meto el aparato en el hueco central de la llanta, tumbado, encajado contra un radio para que no baile.

Vuelvo a poner encima las herramientas. Aprieto la mariposa hasta el tope, dos vueltas más de las que hacen falta.

Bajo la moqueta, la aliso con la palma buena y coloco encima el triángulo, el chaleco amarillo y la bolsa del papel de cocina.

Anoche saqué una tarjeta de un móvil para que no sonara en mi casa.

Esto no es aquello. Anoche había un hombre enfadado sentado en el suelo de un salón, diciéndome que me fuera.

Ahora hay un muerto, y hay una llamada al 112 hecha a las nueve menos cuarto, y hay una mujer de la que soy amiga desde hace veinte años esperando de pie en un portal, y yo estoy en un segundo sótano metiendo el teléfono de ese muerto debajo de una rueda.

Lo sé mientras lo estoy haciendo. Que quede claro, porque después me lo van a preguntar de veinte maneras distintas y todas van a llevar dentro la misma sospecha piadosa, la de que yo estaba fuera de mí: no lo estaba.

Lo supe entero, en el momento, con la mano metida en la llanta y una luz de sensor apagándoseme encima.

Lo único que no sabía era lo que había dentro de ese aparato. Eso lo he elegido yo, dos veces ya, y me quedan seis días para elegirlo otras cuantas.

Cierro el maletero apoyando el peso de los dos brazos, que es como se cierra este, porque si le das un golpe se queda a medias y salta el aviso en el cuadro.

Al salir se apaga el tramo de luz que tengo encima y se enciende solo el siguiente, y el de detrás vuelve a saltar cuando ya estoy en la rampa, sin que haya nadie.

Subo con los folios y con la bolsa, y arriba dejo cada cosa en su sitio: los folios en la estantería de debajo de la impresora, el rollo en el altillo.

Son las diez y veintiséis. Me quedan treinta y cuatro minutos de mañana normal y no lo sé.

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