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A las nueve y cuarenta en punto se enciende el grupo.
Las cinco 🌙
Del piso no digáis nada todavía. Por favor.
Y nada más.
Estoy en la mesa del comedor con el ordenador abierto y el documento de la conservera delante, en la parte de la maquinaria, en un párrafo sobre tolerancias que llevo media hora leyendo sin entrar en él ni una vez.
Miro la pantalla del móvil, y la del ordenador, y otra vez la del móvil.
Por favor.
Laura no dice por favor en el grupo. Lo pensé aquella mañana y me pareció una tontería, y meses después lo comprobé, porque llegó un momento en que lo comprobé todo: en veintidós meses y mil doscientas y pico de líneas, Laura Espí escribió por favor dos veces.
Una en marzo del año pasado, para pedirnos que cambiáramos la fecha por una boda. Y esta.
Laura no pide. Laura propone, organiza, resume y da las gracias. Un por favor suyo es un cambio de registro tan grande como si se hubiera puesto a gritar en mitad de la calle.
Y no contesta nadie.
Yo no contesto porque no sé qué se contesta a eso.
Hace hora y media era facilísimo: alguien te pide algo, tú dices que sí y sigues desayunando.
Esto es otra cosa. Esto es una instrucción sobre una casa donde hay un cadáver, y aunque yo todavía no sepa casi nada, sé lo suficiente para entender que poner vale ahí debajo no es lo mismo que ponerlo debajo de un mensaje sobre una cena.
Nuria tampoco contesta. Nuria, que contesta en un minuto siempre, que contestó en un minuto a las ocho y trece de esta misma mañana.
Pilar tampoco.
Celia está en un portal viendo subir gente por una escalera.
Cuatro minutos después, debajo del mensaje, aparece Nuria está escribiendo… Dura seis o siete segundos y desaparece. Vuelve veinte segundos después, dura menos y desaparece otra vez.
Dos minutos más tarde sale una línea.
Nuria 09:46
Este mensaje fue eliminado
Lo veo aparecer y lo veo convertirse en eso. No me da tiempo a leer lo que había escrito. Ni siquiera me da tiempo a saber si eran dos palabras o eran seis.
Me levanto, doy una vuelta por el comedor y me vuelvo a sentar.
Y hago lo que hago siempre. Escribo.
Escribo ¿estás bien? y me quedo mirándolo. Es lo que escribiría cualquiera de las cinco un viernes por la mañana. Es exactamente lo que escribiría una amiga que no sabe nada.
Y no lo mando, porque si lo mando soy la primera que habla, y la primera que habla en un grupo donde todas se están callando es la que decide de qué va la conversación. Y yo no puedo decidir de qué va esta.
Lo borro.
Escribo Laura, ¿qué ha pasado? y esa es peor, porque yo ya sé lo que ha pasado. Me lo ha contado Celia hace veinte minutos con la nevera abierta. Si escribo eso estoy fingiendo que no lo sé, y a las cuatro nos van a preguntar en algún momento quién sabía qué y a qué hora.
Lo borro.
Escribo estoy aquí para lo que necesites y me da tanto asco que lo borro sin releerlo.
Y a la cuarta me doy cuenta de una cosa, y es que llevo seis minutos haciendo exactamente lo mismo que hizo Nuria hace un rato, y que ella lo hizo más rápido y llegó a la misma conclusión que yo.
A ver, Eva. A ver.
Hace hora y media yo entendí que Laura me estaba tapando a mí. Era la única lectura que encajaba, encajaba entera y encajaba bien, y me metí en un cuarto de baño a temblar de alivio con el secador puesto.
Y ahora resulta que el segundo mensaje no habla de una cena. Habla de una casa.
Si me está tapando a mí, ¿por qué el piso y no la cena?
Porque el piso soy yo, me contesto enseguida, y me lo contesto en menos de un segundo, que es lo que se tarda en creer lo que a una le conviene. Porque anoche lo tenía yo, porque ella lo sabe y porque lo que está haciendo es taparme dos veces seguidas.
Y podría ser eso.
O podría ser que Laura no esté tapando a ninguna persona y esté tapando una cosa: que existe un piso del que sus maridos no saben nada y en el que acaba de aparecer el suyo. Que lo grave no sea quién estuvo, sino que ese sitio exista.
O podría ser Celia, que es la dueña y la que lo ha encontrado.
O podría ser Pilar, que Dios sabe lo que hace Pilar Donat los últimos jueves de cada mes.
O podría ser Nuria, que ha escrito algo y lo ha borrado antes de once segundos.
Cinco versiones y encajan las cinco, que es lo que pasa siempre con las frases cortas y por eso los contratos son largos y por eso a mí me pagan por hacerlos largos. En un pliego, una línea así me la devolverían con una nota al margen: concretar .
A las nueve y cincuenta y tres Pilar escribe en el grupo, y no escribe lo que yo esperaba.
Pilar 09:53
Laura dime dónde estás y voy.
No dice vale . No dice tranquila . No pregunta nada. Se ofrece a moverse, que es como habla Pilar de todo desde que la conozco, y de paso se coloca en un sitio donde no ha aceptado absolutamente nada.
Laura no contesta.
Y hay una cosa peor que los once minutos de silencio, y es que las cuatro estamos calladas cada una en un sitio distinto y todas por el mismo motivo.
Yo lo sé porque a mí me pasa: no contesto porque no sé de qué me estoy haciendo cómplice.
Y si a mí me pasa, y yo tengo un motivo enorme y particular para no contestar, entonces las otras tres tienen el suyo.
En veintidós meses nunca se me había ocurrido pensar eso. Nunca. Yo era la que tenía algo y las otras eran cuatro mujeres que necesitaban una noche libre al mes, y esa asimetría me la creí entera desde el primer jueves porque me convenía creérmela.
Y se me cae de golpe, delante de un ordenador, sin que nadie me haya dicho nada.
Dos minutos antes de las diez vibra otra vez el móvil, y no es el grupo.
Nuria
Eva
Nuria
tú entiendes algo?
Me quedo mirando esas dos líneas mucho más rato del que hace falta para leerlas.
Porque en veintidós meses ninguna de las cinco le ha escrito a otra por privado sobre un jueves.
Ni una sola vez. Hemos hablado por privado de hijos, de médicos, de una excursión a Xàtiva, del cumpleaños de Celia, de un aparato dental que costaba tres mil euros y de una cuñada que se llevó una batidora. De los jueves, jamás.
Era la regla, y era una regla comodísima, y yo llevaba desde agosto de 2024 agradeciendo cada día que existiera.
Y ahora Nuria Palop me escribe por privado para preguntarme si yo entiendo algo, y lo que me está preguntando en realidad, aunque ella no lo sepa formular, es cuál de nosotras cinco tiene un problema.
Escribo no .
Lo borro antes de enviarlo.
Dejo el móvil boca abajo encima del teclado.
Y en el pasillo, en ese momento, Quique se pone a hablar por teléfono.
Le oigo desde aquí. Está llamando a la consulta otra vez, a Merche, para preguntarle si puede pasar la de las cuatro al lunes, y le oye decir es que se ha muerto un amigo de mi mujer y luego no, no, un amigo de ella, el marido de una amiga , y luego un silencio y luego pues eso .
Un amigo de mi mujer.
Ese hombre está reorganizando su agenda de un viernes para quedarse en casa conmigo, y está explicándoselo a la persona que le lleva las citas desde antes de que nos casáramos, y lo está haciendo mientras yo escribo y borro mensajes en un grupo donde cuatro mujeres llevan once minutos calladas.
Vuelve al comedor secándose las manos en el pantalón.
—Ya está —dice—. Me quedo.
—No hace falta.
—Ya lo sé.
Y se va a la cocina a fregar lo del desayuno, que tampoco hacía falta, y yo me quedo con los ojos en el párrafo de las tolerancias, que sigue exactamente donde estaba media hora atrás.
Le tolleranze indicate si intendono riferite alla temperatura di venti gradi.
Lo leo cuatro veces. Es una frase de manual, de las que se traducen solas, de las que yo hago a doscientas por hora con la radio puesta.
No soy capaz. No porque esté temblando ni porque no me salgan las palabras: soy incapaz porque no consigo que me importe si esa frase queda bien o mal, y ese es el primer síntoma de verdad que tengo esta mañana.
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