Ninguna estuvo allí 9
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Subo la compra en dos viajes y dejo las bolsas en el suelo, delante del frigorífico, que es donde las dejo siempre y donde Quique se queja siempre de que las dejo.

—¿Has ido a comprar?

—No había pan.

—Ya, pero eso son cinco bolsas.

—Es que tampoco había detergente.

Está de espaldas, con la cafetera italiana en la mano, midiendo el café con la cucharilla de siempre y sin mirar la cucharilla. Los viernes se hace un segundo antes de irse a la consulta y luego se pasa la tarde diciendo que el café le sienta mal y que se lo tiene que quitar.

Empiezo a sacar cosas. La fruta a la izquierda, los lácteos abajo, lo del congelador lo primero, que en mayo se descongela en diez minutos y luego suelta agua por toda la balda.

El móvil se enciende en la mesa.

CELIA

Lo cojo con la mano derecha, que es la buena, me lo pongo entre la oreja y el hombro y con la otra sigo metiendo yogures en el estante de arriba.

—Perdona, es que estaba llevando a Marta.

—Eva.

—Dime.

—Tomás está muerto.

Lo que estaba haciendo con los yogures dejo de hacerlo. Me quedo con la puerta abierta y el aire frío saliéndome por las muñecas, y la voz de Celia sigue, muy tranquila, con esa manera suya de terminar todas las frases.

—En el piso. He subido a las nueve menos veinte y estaba en el salón. En el suelo, al lado de la ventana.

—¿Cómo que en el suelo?

—Que estaba en el suelo, Eva. Lo he visto y he salido y he llamado al 112 desde el rellano. Han venido en siete minutos, dos coches. Estoy abajo en el portal, me han dicho que espere aquí y que no toque nada, y llevo veinte minutos aquí de pie mirando cómo suben y bajan.

—Pero ¿se ha caído? ¿Le ha dado algo?

—No lo sé. A mí no me han dicho nada. —Un ruido de puerta, o de moto—. Yo lo único que te puedo decir es que estaba vestido.

Y lo primero que pienso, lo primerísimo, antes que ninguna otra cosa, es que mi jersey gris está en el brazo de ese sofá.

Eso es lo que soy. No lo voy a arreglar aquí y no lo voy a poner más bonito de lo que fue, porque he tenido un año entero para maquillarlo y he decidido que no.

Una amiga mía me dice por teléfono que un hombre al que besé anoche está muerto en el suelo de un salón, y yo, con la nevera abierta, calculo dónde está mi ropa.

Lo segundo que pienso es en el vaso caído junto a la pata de la mesa.

Lo tercero, en Alba.

—¿Eva? ¿Estás ahí?

—Sí.

—¿Estás sola?

—Está Quique.

—Vale.

Quique se ha dado la vuelta con la cafetera todavía en la mano y me está mirando desde el otro lado de la cocina. Y yo tengo que hacer dos cosas a la vez y solo tengo una cara.

Le pongo los ojos muy abiertos, que es lo que se hace.

Niego con la cabeza despacio, que es lo que se hace.

Levanto un dedo para pedirle un momento, que es lo que se hace.

Y él deja la cafetera en la encimera sin llegar a ponerla al fuego y se queda ahí de pie, quieto, con las manos vacías, esperando a que yo cuelgue.

Nunca me han vigilado tan poco y nunca me he sentido tan mirada.

—¿Y Laura? —digo.

—Con ella no he hablado. Ha llamado dos veces y no se lo he cogido, porque yo eso no se lo digo por teléfono. —Una pausa corta—. Se lo dirán ellos. Para eso están.

—Ya.

—Eva.

—Dime.

—¿Tú anoche subiste?

Y ahí está.

No lo pregunta como se pregunta lo que no se sabe. Lo pregunta despacio, dejando sitio detrás, y a mí me da tiempo de darme cuenta de eso mientras abro la boca.

—Sí. Un rato.

—Ya.

Dos segundos. Tres. Se oye una sirena de fondo, lejos, del lado de la avenida, y no sabría decir si la oigo por el teléfono o por mi ventana.

—¿Y a qué hora te fuiste? —dice.

—Pronto. Sobre las doce.

—Vale.

Celia dice vale como dice vale siempre, con la e larga y sin nada detrás.

En veinte años yo le he oído decir vale de siete maneras distintas y sé perfectamente lo que significa cada una: el de cuando le parece bien, el de cuando le da igual, el de cuando ha decidido no discutir, el de cuando ha dejado de escuchar.

Este no lo había oído nunca.

—Celia.

—Que sube uno. Te llamo luego.

Y cuelga.

Me quedo con el teléfono en la mano y una bolsa de guisantes congelados descongelándose al lado del pan.

Ha dicho en el piso .

No ha dicho en mi piso . En veintidós meses esa casa ha sido el piso de mi madre , y luego el piso , y una vez, en una cena, el piso de las cinco , que nos hizo gracia y que no repetimos nunca.

No ha sido suya del todo y no ha dejado de serlo, y esta mañana, con un muerto dentro, la ha llamado el piso , como se llama a una cosa de la que no eres responsable.

Y lo hemos hecho las cinco. Desde el primer día y sin ponernos de acuerdo, sin que nadie lo propusiera en una cena. Una casa sin dueño no delata a nadie.

—¿Qué pasa? —dice Quique.

—Se ha muerto Tomás.

—¿Qué Tomás?

—Tomás. El marido de Laura.

Se le va la cara. Se apoya en la encimera y dice hostia muy bajito.

Después dice pero si tiene nuestra edad .

Después pobre Laura . Después ¿y la niña, la niña no se examina la semana que viene?

, que es exactamente el orden en el que le salen a Quique las cosas y que es un orden que yo, esta mañana, no he sido capaz de tener.

—¿Y qué ha sido? ¿El corazón?

—No lo sé.

—¿No se sabe?

—Todavía no.

—¿Y dónde? ¿En casa?

Cierro el frigorífico.

—No lo sé, Quique. Celia me ha llamado, me ha dicho eso y ya está.

Ahí la tengo. La primera de verdad.

La de las ocho y doce era de las cinco y no era mía del todo; una mentira firmada entre cinco es de todas y de ninguna. Esta es mía entera, tiene siete palabras, se la he dicho a mi marido a metro y medio y me ha salido en el tiempo que se tarda en cerrar la puerta de una nevera.

Quique coge otra vez la cafetera, la deja otra vez, y al final la mete en el fregadero sin haberla usado y se sienta en la silla de Marta con las manos entre las rodillas.

—Habrá que llamarla —dice.

—Ahora no.

—Digo luego. Esta tarde.

—Luego sí.

—Es que no sé si es peor llamar o no llamar.

—Luego, Quique.

Se queda mirando el suelo de la cocina, donde todavía hay dos bolsas por vaciar.

—¿Y a Celia por qué la han llamado a ella?

Y esa es la primera pregunta que me hace mi marido esta mañana para la que no tengo ninguna respuesta preparada.

—No la han llamado. Lo ha encontrado ella.

—¿Cómo que lo ha encontrado ella?

—Que ha entrado y estaba allí.

—¿Y qué hacía Celia entrando en un sitio donde estaba Tomás?

Y aquí es donde una mujer normal, una mujer que no tuviera nada que perder, contestaría lo que es verdad y lo que no tiene absolutamente nada de malo: que hay un piso que era de la madre de Celia, que lo usamos las cinco, que ella sube los viernes a limpiarlo y que ninguna de las nuestras ha hecho nunca allí nada que no pudiera contarse.

Y me oigo decir:

—Es un piso que tiene, que lo alquila. Ni idea, Quique.

Cuatro mentiras seguidas en una frase de nueve palabras, tres de ellas innecesarias, dichas de espaldas mientras coloco la fruta.

Él se levanta y se va a la habitación a por el reloj, y desde el pasillo dice que qué manera más tonta de morirse, y yo le digo que sí.

Después vuelve, se para en la puerta de la cocina y dice:

—Oye. ¿Y tú estás bien?

—Sí.

—Es que estás muy blanca.

—Es que me ha pillado de golpe.

—Ya. —Se acerca y me pone la mano en la nuca un segundo, con la palma entera, como hace con los pacientes cuando les explica dónde tienen el problema—. Anda, siéntate un rato y deja eso.

Y yo me quedo de pie, colocando yogures.

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