Ninguna estuvo allí 8
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—Que no encuentro el estuche.

—Está en tu mochila.

—No está en mi mochila.

—Marta, está en tu mochila.

Está en su mochila. Bajamos al garaje con doce minutos de margen, que para Marta es tarde y para mí es la vida entera, y se sienta con la mochila en las rodillas y no dice nada hasta el semáforo de la avenida.

—¿Puedo ir el sábado a casa de Bea?

—¿A qué?

—A nada. A estar.

—Pregúntaselo a papá.

—Papá dice que te lo pregunte a ti.

—Pues entonces sí.

—Vale.

—¿Y sus padres están?

—Mamá.

—Es una pregunta.

—Sus padres están.

Y ahí se acaba, y se pone a mirar el móvil, y yo conduzco.

Marta huele a la colonia que le regaló mi madre por su cumpleaños y que se echa en cantidades industriales, y lleva las mangas de la sudadera estiradas por encima de los nudillos aunque estemos a finales de mayo y ya haga calor a esta hora. Le he dicho ochenta veces que se dará un golpe de calor.

Hoy no se lo digo. Hoy la dejo en paz, y ella lo nota, porque a mitad de la avenida se despega del móvil y me mira dos segundos.

Voy pensando en la conservera. Va en serio: voy pensando en que tengo que entregar la segunda parte antes de las once, en que la maquinaria me va a llevar hora y media y en si me da tiempo a llegar a casa, sentarme y sacarla antes de que Quique se vaya y la casa se quede en silencio.

Es la primera mañana en siete meses en la que no tengo que calcular cuándo escribo a nadie ni desde qué aparato ni con cuánto retraso, para que no parezca que estoy esperando.

Eso ocupa un espacio en la cabeza que nadie se imagina hasta que lo desocupa, y esta mañana lo tengo libre, y me tiene de un buen humor que da vergüenza contar.

A las ocho y cuarenta y siete suena el teléfono por los altavoces.

CELIA

Marta levanta la cabeza.

Y lo que pasa en el segundo y medio siguiente lo tengo tan claro que podría dibujarlo.

Celia sube al piso los viernes por la mañana.

Sube a limpiar, a cambiar las sábanas y a apuntar lo que falta.

Y en ese piso, ahora mismo, hay dos vasos de vino en la mesa baja, una botella por la mitad en la encimera, la cama de la habitación de la izquierda hecha un desastre y mi jersey gris en el brazo del sofá.

Y ella sabe que anoche lo tenía yo.

Le doy al botón del volante que cuelga.

—¿No lo coges?

—Estoy conduciendo.

—Está el manos libres.

—Marta.

—Vale, vale.

Se vuelve a su móvil, y a los tres segundos, sin levantar la cabeza:

—Es que Celia nunca llama.

Y es verdad. Celia no llama. Celia escribe tres palabras al grupo, y si es algo suyo escribe tres palabras a la persona, y si hay que llamar espera a que llame otra.

Marta la ha visto en dos comuniones y en una barbacoa y ya sabe eso de ella, porque los niños se aprenden a la gente por lo que hace, no por lo que dice.

—Pues hoy sí —digo.

Un jersey gris de manga larga no prueba absolutamente nada.

Podría haber subido yo sola a dormir. Podría haber subido con quien me diera la gana, que para eso está el piso, y ninguna de las cinco tendría derecho a preguntarme una palabra.

Celia menos que ninguna, que ha sido la que ha puesto la regla desde el primer día.

Eso es todo verdad y lo repaso entero mientras cruzo la avenida, y no me sirve de nada, porque lo que no puedo es hablar con Celia Ferrán con mi hija sentada al lado, y porque lo que no puedo, sobre todo, es hablar con Celia Ferrán antes de saber qué ha visto.

Déjame llegar. Déjame dejar a la niña, déjame llegar a casa, déjame pensar cinco minutos qué le digo, y a las diez la llamo yo y le cuento lo que haya que contarle.

Y en los cuatro minutos que quedan hasta la academia, mientras mi hija mira vídeos de gente cocinando con el sonido quitado, yo redacto.

Perdona, es que estaba llevando a Marta. Verdad. Corta. Explica la llamada perdida sin abrir ninguna puerta.

Ay, sí, subí un momento el jueves. Perdona el desastre. Demasiado. Nadie se disculpa por un desastre que no le han enseñado todavía; disculparse antes es admitir que sabes lo que hay arriba.

¿Qué pasa? Ese es el bueno. Dos palabras y la carga se le queda a ella.

Y me sale bien. Eso es lo que me tendría que haber asustado y no me asustó: que un viernes cualquiera, camino de la academia, yo estuviera montando una respuesta de dos palabras para una amiga de veinte años con la misma tranquilidad con la que se elige un adverbio, y que me saliera a la primera.

A las nueve menos ocho paro en doble fila delante de la academia. Marta se baja, cierra con el hombro, se despide con dos dedos sin mirarme y entra. Se le ve la sudadera negra entre las otras diez sudaderas negras hasta que dobla en el portal.

Sigo hasta el Consum de la esquina y aparco allí, porque de camino a casa está el Consum y porque no hay pan.

Y porque en casa está Quique hasta las doce y media, y si llamo a Celia desde casa va a oír media conversación desde el pasillo, y yo todavía no sé cuál va a ser mi media.

Antes de bajarme, el móvil se enciende otra vez en el soporte.

CELIA

Lo dejo sonar. Cuando para, la pantalla se queda con dos llamadas perdidas y un cuadradito rojo.

Y entonces cojo el teléfono, lo meto en el hueco de debajo de la radio, boca abajo, y me bajo del coche sin él.

Es lo mismo que hace Laura todos los meses y en ese momento no se me pasa por la cabeza. Se me pasará el martes que viene, a las tres de la tarde, y voy a tener que sentarme.

Dentro cojo un carro, aunque venía a por pan.

Y hago la compra del fin de semana entera.

Fruta. Leche. Papel de cocina. El detergente ese que solo hay aquí.

Algo para la cena del sábado, que si viene Bea seremos cuatro y a Bea no le gusta el pescado.

Me paro delante de los yogures como me paro todos los sábados, apoyada en la barra del carro, calculando cuántos se comerán y cuántos acabarán caducados en la puerta de la nevera.

Tardo veintidós minutos y no me dejo nada.