Ninguna estuvo allí 7
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Marta se levanta a las ocho menos cuarto y a las ocho ya está de mal humor, porque los viernes tiene academia y porque a los dieciséis todo lo que empieza a las nueve es una injusticia.

Quique los viernes entra a la una, así que anda por la casa en pantalón corto haciendo tostadas para tres y poniendo la radio.

Se sabe los nombres de los tertulianos. Discute con ellos en voz alta y sin levantarla, como si los tuviera sentados a la mesa, y luego le explica a Marta lo que ha dicho uno y Marta contesta que ya, papá, con los ojos en el móvil.

Es una escena que he visto ochocientas veces y que esta mañana veo desde la puerta como si estuviera de visita.

—¿Y eso? —dice.

Tengo la mano izquierda con la palma hacia arriba, apoyada en la mesa, porque hacia abajo me tira de la tirita.

—Me corté anoche con la esquina de una mesa.

—A ver.

—Que no es nada.

—Déjame ver, mujer.

Me coge la muñeca con esas manos suyas que llevan veinte años tocando espaldas de gente y me mira la palma como si fuera un paciente, gira el pulgar, me mira el borde de la tirita.

—¿Te has puesto algo?

—Betadine.

—¿Y cuándo te pusiste la última del tétanos?

—Quique.

—Que es una pregunta.

—Hace cuatro años, en lo del cristal.

—Vale. —Me suelta—. Pues nada. Pero esta noche te la cambio, que con esa se te va a pegar.

—Ya me la cambio yo.

—Ya te la cambio yo, que tú te la pones torcida.

Y se va a por el café tan tranquilo.

Y a mí me quedan cuatro segundos de esos en los que se te ocurre que podrías contárselo todo ahora mismo, aquí de pie, en pantalón corto, con la radio y las tostadas: que llevo siete meses acostándome con el marido de Laura, que anoche lo dejé, que discutimos, que se cayó.

Cuatro segundos en los que es posible. Un hombre que te coge la muñeca en la cocina para mirarte un corte es un hombre al que se le puede contar cualquier cosa.

Luego se pasa, como se pasan las ganas de llorar en una boda.

A las ocho y doce se enciende la pantalla del móvil encima de la mesa.

Las cinco 🌙

Laura 08:12

Chicas, si alguien pregunta, anoche cenamos juntas hasta tarde. Luego os cuento.

Nuria 08:13

Sí, sin problema

Nuria 08:13

❤️

Eva 08:14

Claro

Pilar 08:16

Por supuesto. Cualquier cosa me dices

Celia 08:19

Vale

Nuria contesta en un minuto, porque Nuria contesta siempre en un minuto y porque a esa hora está levantando la persiana de la farmacia con el móvil en la otra mano.

Pilar tarda cuatro y escribe con punto final, que es como escribe ella todo, hasta los cumpleaños. Celia tarda siete y pone una palabra.

Siete minutos, para Celia, es una barbaridad. Celia contesta o no contesta.

Yo tardo dos.

Y lo que hago en esos dos minutos, antes de escribir Claro , es leer el mensaje dos veces.

La segunda la leo con el pulgar encima de la hora, tapando las ocho y doce, sin ningún motivo, como se tapa una cosa que no quieres que esté ahí.

Laura ha escrito si alguien pregunta .

No si pregunta Quique . No si os llama alguien de casa .

No si pregunta Tomás , que sería lo lógico, que sería lo que escribiría una mujer que ha llegado a las dos de la mañana y ha tenido bronca.

Ha escrito alguien . Un indefinido, sin cara y sin número, que sirve igual para un marido que para una hija que para una vecina, un pronombre preparado para sobrevivir a cualquier versión de lo que haya pasado.

Eso lo veo. Lo veo a la primera, en dos segundos, porque es exactamente para lo que me pagan y porque llevo veinte años sacando indefinidos de los contratos y sustituyéndolos por nombres para que nadie pueda escaparse después.

Y yo, a las ocho y catorce de la mañana de un viernes, con la tostada delante y la radio puesta, lo veo y lo entiendo al revés.

Porque lo que pienso —y esto es lo que tengo que contar bien, aunque me deje en el peor sitio posible— es que Laura lo sabe.

Pienso que Laura sabe lo mío con Tomás, que se ha enterado esta noche o esta semana, que ha decidido no montar una escena, y que este mensaje es la manera que ha encontrado de decirme te tapo .

Encaja con todo. Encaja con la cocina del día doce, encaja con lo de si esto se terminara solo , encaja con esa manera suya de arreglar las cosas de todo el mundo sin nombrarlas.

Hay una versión de esta mañana en la que yo contesto otra cosa. En la que escribo ¿va todo bien? , o llámame , o simplemente ¿qué ha pasado? , que es lo que escribiría cualquier persona a la que una amiga le pide a las ocho de la mañana que sostenga una versión de la noche anterior.

Ninguna de las otras tres lo pregunta tampoco. Eso lo pienso más tarde y no me consuela, porque las otras tres no tienen en el bolsillo de una chaqueta el móvil del hombre del que estamos hablando.

Y escribo Claro .

Lo escribo agradecida. Quiero que quede escrito así, con esa palabra, porque no hay otra: yo contesté a ese mensaje agradecida.

Me tembló un poco la barbilla, me levanté y me metí en el baño con la excusa del secador.

Lo enchufé y lo puse en marcha para que se oyera y me senté en el borde de la bañera con el móvil en las rodillas.

Dos minutos. Un alivio como no he tenido en siete meses. Un alivio físico, de los que se notan en los hombros.

Porque lo que yo llevaba dieciséis días temiendo no era que se supiera.

Era el momento. La cara de Laura cuando lo supiera, la conversación, el sitio donde iba a pasar.

Y resulta que ya había pasado, sin mí, en algún momento de esta noche, y que había pasado de la única manera que yo no me había atrevido a imaginar: en silencio y a mi favor.

Mi amiga me estaba protegiendo.

Cuando salgo, Quique está buscando las llaves del coche en el bolso del recibidor.

—¿Qué quería Laura?

—Nada. Cosas del grupo.

Sale de mi boca antes de que yo la haya construido, en el mismo tono con el que contestaría cualquier otra cosa, y ni siquiera me doy cuenta de que acabo de mentirle hasta un segundo después, cuando ya me he agachado a coger las zapatillas de Marta.

Y pienso: tengo que escribirle a Tomás.

Tengo que escribirle para saber si está bien, para saber si anoche bajó los cuatro pisos y se fue a su casa, para saber si me ha contado ya, y no puedo, porque el aparato por el que le escribo está apagado y sin tarjeta dentro de una chaqueta que no me pongo desde abril, y porque escribirle sería volver.

Ya está hecho. Ya lo dejé. Lo demás es suyo: su casa, su mujer, su cabeza y la conversación que tenga que tener esta mañana en su cocina, si es que la tiene.

Durante siete meses me he acostado con un hombre en el piso de la madre de una amiga, y esta mañana, por primera vez, me he permitido pensar en él como en un problema ajeno. Me duró desde las ocho y veintiuno hasta las ocho y veintiocho.

Cojo el bolso y las llaves y le grito a Marta que son y veinte.

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