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El coche lo tengo cuatro calles más allá, delante del taller, donde no lo ve nadie que me conozca.
Me siento, cierro y no arranco.
Fuera hay una farola de las nuevas, de las blancas, y el taller tiene la persiana pintada con un grafiti de un pulpo que llevo siete meses viendo y del que nunca me he preguntado nada. Esta noche me lo pregunto. Miro el pulpo cuarenta segundos como si tuviera algo que ver conmigo.
Me miro la mano en el hueco de luz del techo: el corte va en diagonal, no es profundo, ha dejado de sangrar y me ha manchado el forro del bolsillo del pantalón.
Y entonces saco el móvil pequeño del bolso para ver si tiene batería suficiente, porque si se apaga solo dentro de una hora en el bolsillo de mi chaqueta, no me sirve de nada.
Está grabando.
Arriba de la pantalla hay un contador rojo corriendo, con dos puntos parpadeando en el medio, y ese contador lleva ahí desde las doce y seis.
Le doy a parar.
Se abre una lista con un archivo nuevo el primero, y a la derecha del archivo hay un número, y yo aparto el pulgar y le doy al botón de apagado y lo dejo pulsado los tres segundos que hacen falta, y la pantalla se pone negra.
Podía haber mirado. El número estaba ahí, a dos centímetros del dedo, en un cuerpo de letra que se lee perfectamente. Tardé menos en apagarlo que lo que habría tardado en mirarlo.
No lo miré.
De todo lo que hice esa noche, de todo lo que voy a tener que explicar delante de gente que va a tomar notas, esto es lo único que no puedo defender ni con la palabra más blanda del diccionario: yo no supe cuánto había grabado porque decidí no saberlo, y decidí no saberlo en menos de dos segundos, sentada en un coche con el motor apagado.
Me quedo con el aparato negro en la mano, apagado, que pesa lo que pesa un mando a distancia.
Ahora hay que pensar. Eso me digo, literalmente, con esas palabras: ahora hay que pensar. Y lo que pienso, en un coche parado delante de un taller a las doce y treinta y ocho de la noche, es una lista de cuatro cosas, por orden, como si estuviera haciendo la compra.
Que no suene. Que no lo encuentre nadie. Que no se apague solo y se ponga a hacer cosas raras cuando lo enchufe alguien. Y que yo pueda encenderlo si algún día tengo que borrar lo que hay dentro.
En ningún punto de esa lista aparece Tomás.
Tardaré seis días en darme cuenta de eso, y me daré cuenta un miércoles por la tarde, sentada en el coche otra vez, y va a ser lo peor de todo lo que me pase.
En el hueco de las monedas hay una horquilla del pelo de Marta. La abro con los dientes hasta dejarla recta y meto la punta en el agujerito del lateral del teléfono. La bandeja sale con un chasquido de plástico. Saco la tarjeta, que es del tamaño de una uña, y la bandeja vuelve a su sitio.
La SIM la meto en el compartimento del cinturón, dentro del monedero, detrás del carnet.
El teléfono me lo guardo en el bolso.
No sé si eso sirve para algo. Lo pienso ahí mismo, agarrada al volante: no tengo ni idea de si esto sirve para algo. Sé que la gente localiza teléfonos y sé que suenan, y con eso me basta, porque lo único que hay dentro de mi cabeza en este momento es que ese aparato no puede sonar en mi casa.
Y me doy cuenta de otra cosa. Llevo diez minutos pensando el móvil . No el móvil de Tomás . Se lo he quitado el determinante en menos de un cuarto de hora, que es más o menos lo que se tarda en meter algo en tu propio bolsillo y que deje de ser de otro.
Arranco.
Tardo veinte minutos en llegar a casa porque doy un rodeo por la ronda, y el rodeo no lo doy por nada, no hay ningún cálculo, lo doy porque no quiero llegar todavía.
Aparco en el garaje a las dos y cinco.
En el ascensor me miro en el espejo y me coloco el pelo por detrás de la oreja. Es exactamente lo que hago cuando vuelvo de cualquier sitio: de una cena, del súper, de casa de mi madre. Llevo haciéndolo en este espejo desde que nos mudamos, en 2011.
En el descansillo hay una bici de la vecina del quinto que no cabe y que llevamos tres años sin denunciar en la junta.
Meto la llave despacio y la giro con la otra mano en el pomo, que es un truco que aprendí cuando Marta era pequeña y que no he dejado de usar. La puerta de mi casa hace ruido si se abre entera; si se abre veinte centímetros y se pasa de lado, no.
Paso de lado.
Abro con cuidado. En el recibidor está la chaqueta de entretiempo colgada en el perchero, la gris, la que no me pongo desde abril porque ya hace calor y que va a seguir ahí hasta octubre. Saco el teléfono del bolso y lo meto en el bolsillo interior, el que se cierra.
El bolso lo dejo en la silla del recibidor, abierto, como lo dejo siempre.
Eso lo pienso. No es que me salga: lo pienso. El bolso lo abre Quique tres veces por semana para buscar el aparcamiento o un caramelo, y la chaqueta gris no la va a tocar nadie hasta el otoño.
Por debajo de la puerta de Marta sale luz.
—¿Marta?
—Estoy despierta.
—Son las dos.
—Ya.
—Apaga en diez minutos.
—Vale.
No entro.
Cualquier otro jueves habría entrado. Habría abierto la puerta, me habría sentado a los pies de la cama y le habría quitado el móvil de las manos, y ella habría protestado durante ocho segundos y luego me habría contado algo de una amiga, porque de madrugada Marta habla, que es la única hora a la que habla.
Estoy a un metro de la puerta de mi hija y lo que hago es no entrar, porque llevo encima el olor de otra persona, porque tengo la mano abierta y porque a las dos de la mañana Marta se da cuenta de todo.
En el baño abro el grifo y me pongo la palma debajo.
Escuece de verdad y me alegro de que escueza.
Me lo lavo con jabón, me lo seco a toquecitos con el papel en vez de con la toalla y busco en el mueble el agua oxigenada, que no hay, y me pongo Betadine, que sí.
Lo tapo con una tirita grande de las de Quique, de las de tela, y la aprieto por los dos lados.
Queda a la vista. Es lo que tiene la palma de la mano.
Quique duerme boca abajo con un brazo colgando fuera de la cama y la respiración esa suya de las tres de la mañana que a mí siempre me ha dado paz.
No se mueve cuando entro. No pregunta nada.
La frase que llevo preparada desde las diez y media — muy bien, Laura te manda saludos — se queda donde estaba, y me quedo sentada en el borde de la cama con ella dentro, que es una cosa rarísima, sentirte estafada porque tu marido no te ha pedido explicaciones.
Me levanto y voy a la cocina.
Saco el bol de Marta y se lo pongo en la mesa, con la cuchara al lado y los cereales cerrados encima del mantel individual. Programo la cafetera. Bajo la persiana de la cocina hasta la mitad, que es como la dejamos, porque a las siete el sol entra directo y calienta la nevera.
Y me quedo un rato ahí, con la luz de la campana puesta, a las dos y veinte de la mañana, haciendo exactamente las mismas cuatro cosas que hago todas las noches de mi vida antes de acostarme.
Cuando termino, miro la mesa: el bol, la cuchara, los cereales, el mantel. Está bien puesto. Está perfectamente puesto.
Después la apago, y en la oscuridad de la cocina, con la nevera haciendo su ruido, me quedo un momento con la mano buena apoyada en el respaldo de la silla de Marta.
Me voy a la cama. Me duermo en once minutos, que es menos de lo que tardo un martes cualquiera.
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