Ninguna estuvo allí 5
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Laura vino sin avisar, con una bolsa de la farmacia.

—Te traigo el ibuprofeno ese que no encuentras nunca —dijo desde el rellano—. Me han llegado seis cajas. Es el mismo, lo que pasa es que el envase es horroroso y no lo compra nadie.

Le dije que pasara. Estaba con una escritura de compraventa atascada desde hacía dos días en una cláusula sobre servidumbres de paso, y le agradecí la interrupción con esa gratitud desmesurada que solo se le tiene a la gente que te salva de tu propio trabajo.

Puse la cafetera. Ella sacó las cajas y las apiló en la encimera por orden de tamaño, que es lo que hace siempre, y luego dobló la bolsa en tres y la metió en el cajón de las bolsas sin preguntarme dónde estaba el cajón de las bolsas. Llevaba veinte años entrando en mi cocina.

—¿Marta?

—Con la de mates. Viene a las siete.

—Alba también. Alba está fatal, Eva. No duerme. Se despierta a las cinco y se pone a repasar Historia en la cocina con el flexo, y luego a las ocho no puede ni desayunar. Y la semana que viene hay que matricularla, que si no se nos pasa el plazo.

—Faltan tres semanas.

—Faltan tres semanas —repitió, y se sentó.

Le puse el café con la leche fría a un lado, como le gusta, y estuvimos un rato hablando de la selectividad, que ahora se llama PAU y que hace veinticinco años se llamaba otra cosa.

Que si las ponderaciones. Que si Alba quería Derecho pero en realidad quería Criminología y no se atrevía a decirlo en casa.

Que si a Marta le faltaba todavía un año y yo no tenía ni idea de por dónde iba a salir.

—A la mía le da igual todo menos que le firme el papel a tiempo —dije.

—A la mía le da todo lo contrario. Se levanta a las cinco por un cero coma cinco.

—Pues son la misma niña con dos años de diferencia.

—Ojalá.

Fue una conversación normal. Duró lo que dura un café.

Luego Laura dejó la taza en el plato y no la soltó.

—Creo que Tomás está con alguien.

Hay un momento, cuando traduces, en que una frase entra en tu cabeza en un idioma y sale en otro sin que tú hagas nada.

Es automático y no se puede impedir. Yo oí creo que Tomás está con alguien y lo que salió por dentro fue lo sabe , entero, ya traducido, antes de que me diera tiempo a ponerme la cara.

Debí de ponerme alguna, porque ella dijo:

—Ya. Es un poco fuerte decirlo en voz alta.

—¿Desde cuándo lo piensas?

—Desde el verano.

—¿Y se lo has preguntado?

—No.

—Laura.

—Ya sé lo que vas a decirme. —Empujó la taza dos centímetros—. Ya sé lo que vas a decirme, y tienes razón, y no lo voy a hacer.

Yo estaba de pie, apoyada en la encimera, junto a las seis cajas de ibuprofeno colocadas por orden de tamaño, y lo único que se me ocurrió fue preguntarle por qué. Como si me interesara. Como si aquello fuera una conversación en la que yo tuviera un papel legítimo.

—Porque si se lo pregunto, me lo dice —contestó—. Y si me lo dice, ya no puedo hacer como que no lo sé. Y si no puedo hacer como que no lo sé, esto se acaba, y se acaba antes del cuatro de junio, y Alba se examina el dos.

—Laura, no puedes esperar a...

—Sí puedo. —Lo dijo tranquila. Y luego, más bajo—: Es lo único que puedo hacer, Eva. Todo lo demás me lo han quitado. Elegir la fecha sí puedo.

Se le llenaron los ojos. No lloró como lloran las mujeres en las películas, con el mentón y el ruido. Se le llenaron y se los apretó con los dedos, dos segundos, como quien se quita una pestaña, y siguió hablando con la voz un poco más gruesa y sin parar.

—El cuatro de junio termina el último examen a la una y media. Nos vamos a comer las dos solas, ella y yo, al sitio ese del puerto que le gusta. Y el cinco se lo digo.

—¿Y qué le vas a decir?

—Que se vaya.

Nos quedamos calladas. Oí la nevera. Oí un patinete abajo en la calle. Pensé, con una nitidez que todavía hoy me da vergüenza, que quedaban tres semanas.

—¿Y tú cómo estás? —dije, que es lo que se dice.

—Yo estoy bien. —Se rio un poco—. Estoy fatal. Estoy... —Buscó la palabra y no la buscó mucho, porque Laura no busca palabras, Laura las tiene—. Estoy cansada de mirar.

—¿De mirar qué?

—A él. —Cogió otra vez la taza—. Llevo dos años mirándolo.

¿Sabes lo que es eso? Mirar a alguien todo el rato.

Los jueves, cuando salimos nosotras, yo me vuelvo a casa temprano y él no ha llegado, y me quedo en la cocina calculando a qué hora ha salido y a qué hora vuelve y si la camisa huele a algo, y a la mañana siguiente estoy en la farmacia contando cajas y sigo calculando.

Y no averiguo nada, Eva. Dos años y no he averiguado nada.

Solo me he vuelto una persona que cuenta.

Alargué el brazo y le apreté el antebrazo. Ella me cogió la mano, me la apretó una vez y me la soltó.

—Oye. —Levantó la cabeza—. Tú no has notado nada raro, ¿verdad?

—¿Yo?

—En la cena. O cuando lo veis. Cuando venís a casa. —Se encogió de hombros—. Es que yo ya no me fío de lo que veo. Tú lo ves de fuera. Tú te fijas en todo.

Y yo dije que no.

Lo dije rápido, y lo dije bien, y ni siquiera me pareció que estuviera mintiendo, porque en ese momento estaba contestando a una amiga que me preguntaba por su marido y no a la mujer del hombre con el que me acostaba los últimos jueves.

Son dos preguntas distintas. Yo contesté a la primera. Llevo un año entero pensando en eso.

—Nada —dije—. Yo lo veo igual que siempre. Lo veo pesado, como siempre.

Se rio. Fue una risa corta y agradecida y me duró dentro tres semanas.

—Ya.

—De verdad, Laura. Y yo esas cosas las noto.

—Ya sé que las notas. Por eso te lo pregunto. —Se rio sin ganas—. Se lo iba a preguntar a Celia y luego dije: para qué, si Celia me va a decir que todos los hombres son iguales y que me compre una moto.

—Celia te querría bien.

—Celia me querría demasiado. —Movió la taza otra vez—. Yo no necesito que nadie se ponga de mi parte, Eva. Yo necesito que alguien me diga si estoy viendo cosas donde no las hay.

Se quedó un momento mirando el fondo de la taza, y luego levantó los ojos y me miró a mí, y no había nada en esa mirada.

Quiero decir que no había nada que yo pudiera ver.

Era la cara de alguien que llevaba dos horas de pie detrás de un mostrador y que acababa de decir en voz alta lo que no le había dicho a nadie.

—Ojalá me esté volviendo loca —dijo.

—A lo mejor no hay nadie.

—A lo mejor.

Yo tenía las manos detrás, agarradas al borde de la encimera. Me acuerdo del canto del granito. Me acuerdo de pensar que si me soltaba se me iba a notar algo en los brazos.

Y entonces dijo la frase.

—¿Sabes qué es lo peor? Que si ella lo dejara ahora, yo creo que podría hacer como que no ha pasado nada.

De verdad. Si esto se terminara solo, sin que yo tuviera que enterarme del todo, yo me quedaría.

Por Alba, por la casa, por no empezar otra vez a los cuarenta y siete.

Me quedaría. —Se encogió de hombros—. Da un poco de asco, ¿no?

—No.

—Sí da. —Se levantó y llevó la taza al fregadero. La enjuagó. La puso boca abajo en el escurridor—. Da asco y es verdad. Yo no quiero justicia. Yo quiero que se acabe.

Se secó las manos en el trapo que hay colgado del horno y lo dejó doblado, que es una cosa que yo no hago nunca y que ella hace siempre, y me dio dos besos, y dijo que se le hacía tarde para recoger a Alba, y en la puerta se dio la vuelta.

—No se lo cuentes a las otras.

—Claro que no.

—Ya. —Sonrió—. Es que a Celia se le nota todo en la cara.

Cerré. Volví a la escritura de compraventa. Estuve cuarenta minutos delante de una cláusula sobre servidumbres de paso sin leerla, y a las siete llegó Marta y cenamos, y le pregunté por la profesora de mates y me contestó con dos palabras y yo no insistí.

A las once me metí en la cama al lado de Quique. Marta tenía todavía la luz puesta y por debajo de su puerta salía una raya amarilla en el pasillo.

Y allí, con el móvil pegado a la almohada y la pantalla al mínimo, le escribí a Tomás que el último jueves lo dejábamos.

No lo hice por Laura. Eso quiero dejarlo claro, porque más adelante voy a tener la tentación de contarlo de otra manera y porque sería mentira.

Lo hice porque una mujer se había sentado en mi cocina a llorar y a mí no me había pasado nada, y porque a la tercera vez que te sientas enfrente de alguien a quien estás destrozando la vida y no te pasa nada, empiezas a preguntarte en qué te has convertido y prefieres no llegar a la cuarta.

Durante dieciséis días creí que estaba siendo generosa.

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