Ninguna estuvo allí 4
10%

4

—Vale —dice.

Y se sienta.

Se sienta en la butaca de al lado del balcón, que es donde no se sienta nunca, y se frota la cara de arriba abajo, y durante unos segundos yo creo que esto va a ser fácil. Es la última vez en toda la noche que creo algo.

—¿Y por qué has venido?

—Porque no te lo iba a decir por el móvil.

—Me lo dijiste por el móvil. El día doce.

—Te dije que lo íbamos a dejar. He venido a dejarlo.

—Ah, vale. —Asiente despacio, como si estuviera repasando una cuenta—. O sea que has venido a dejarme, y me has hecho subir cuatro pisos, y hemos abierto una botella, y hace media hora estabas conmigo en esa habitación, y ahora me dejas.

—Sí.

—Y eso te parece bien.

—No me parece bien. Me parece lo que ha pasado.

Se levanta. Va a la cocina, abre el grifo, no bebe, lo cierra. Vuelve.

Y a partir de ahí es otra cosa.

No grita. Quiero dejar eso escrito porque me lo van a preguntar mucho y porque es verdad: Tomás Bru no me gritó en ningún momento de esa noche. Lo que hace es peor y es más suyo. Se pone a negociar.

Primero prueba con Quique. Que si me ha dicho algo, que si sospecha, que si ha cambiado.

—No es por Quique.

Después con Alba. Que si me da apuro esta semana en concreto, que si prefiero esperar a que pasen los exámenes y lo hablamos en julio con la cabeza fría, y ahí casi me pilla, porque durante dos segundos me parece razonable.

—No es por la semana.

Después con algo que dijo el sábado y a lo que ni siquiera sé a qué se refiere.

Y así, una detrás de otra, hasta que se me acaban las razones que él acepta.

Es un hombre que se gana la vida sentándose enfrente de gente asustada y desmontándole los motivos uno a uno para que firme lo que él quiere que firme, y yo lo he visto hacerlo en una comida, con un primo suyo, y me pareció admirable.

Al final la conversación se convierte en una en la que soy yo la que tiene que demostrar algo.

—Es que si me dices por qué, yo lo entiendo. Pero es que no me dices por qué.

—Sí te lo he dicho.

—Me has dicho que no puedes. Eso no es un porqué, eso es un adverbio. —Se le escapa media sonrisa, porque sabe lo que acaba de hacer y sabe que a mí eso me hace gracia—. Anda, dímelo bien.

—Porque no puedo hacerle esto a Laura.

Levanta la cabeza.

—Ahora.

—Siempre.

—Ahora, Eva. —Y lo dice sin maldad, que es lo que lo hace insoportable—. Llevas siete meses subiendo a este piso. Con sus llaves. En su cena.

Eso es verdad y no tengo nada que ponerle delante. Me quedo con la boca medio abierta, buscando una frase que no existe, y él lo ve, y en vez de parar ahí, sigue.

—Yo no te he pedido nunca nada. ¿Te he pedido yo algo alguna vez?

—No.

—No. Ni una vez. Y ahora resulta que el que va a quedar mal soy yo.

—Yo no he dicho eso.

—Es que no hace falta que lo digas.

A las doce y seis coge el móvil pequeño de la mesa baja, le da a algo con el pulgar y lo deja otra vez enchufado, boca arriba, con la pantalla encendida y un contador rojo corriendo en la parte de arriba.

—Estoy grabando.

—¿Qué?

—Que estoy grabando. Repítelo. —Se sienta en el borde de la mesa baja, con los codos en las rodillas—. Repítelo ahora. Di que has venido porque querías.

—Apaga eso.

—Dilo.

—Que apagues eso, Tomás.

—Es que dentro de un mes te vas a contar esto de otra manera. —Se le rompe un poco la voz por el medio y no le sale entera la frase que llevaba preparada—. Y yo quiero tenerlo. Ya está. Quiero tenerlo.

Y luego dice otra cosa, y yo le contesto, y él me contesta, y el contador rojo se queda ahí corriendo como se queda encendida la luz de una habitación en la que ya no hay nadie. En algún momento, y no sabría decir cuál, los dos dejamos de tenerlo delante. Yo desde luego dejé de tenerlo delante.

A las doce y once cojo el bolso del sofá.

El salón es un rectángulo. Yo estoy de pie junto al sofá, en la pared larga.

La puerta del piso está al fondo del pasillo, a cinco pasos saliendo del salón.

El radiador está debajo de la ventana, en la pared corta, a mi izquierda.

La mesa baja está entre el sofá y la butaca, con las patas hacia fuera.

Digo todo esto porque después voy a tener que decirlo muchas veces, en sitios distintos y a gente distinta, y quiero haberlo dicho bien una vez.

Voy hacia el pasillo.

Él se levanta de la mesa baja y se pone delante, entre la puerta y yo, con las manos abiertas a la altura del pecho.

—No te vas a ir así.

—Quita.

—Es que no te vas a ir así, Eva.

—Tomás, quita.

—Cinco minutos.

Le pongo las dos manos en el pecho y lo empujo.

Lo empujo. Con fuerza. No lo aparto, no lo esquivo, no le doy un manotazo en el brazo para pasar: le pongo las palmas enteras encima y le meto el peso del cuerpo, porque quiero que se quite de en medio y porque llevo hora y media perdiendo una conversación.

Él va hacia atrás dos pasos, engancha el talón en la pata de la mesa baja y cae de lado.

La sien izquierda le da contra el segundo elemento del radiador.

El ruido no es un ruido de película. Es un golpe corto y sordo, de hierro contra algo blando, y suena más el vaso que se cae de la mesa y rueda por el suelo sin romperse.

Silencio.

Yo me quedo donde estoy, con las manos todavía delante, a la altura a la que estaba su pecho. No sé cuánto pasa. Diez segundos. Menos.

Entonces él dice «joder» y se incorpora.

Se incorpora solo, apoyándose con una mano en el suelo y con la otra en el radiador. Se queda sentado con la espalda contra los tubos y las piernas estiradas, se toca por encima de la oreja, se mira los dedos y se los limpia en el pantalón.

—Joder —dice otra vez—. Joder, tía.

—Tomás.

—Que me has tirado.

—¿Estás bien?

—Que me has tirado, hostia. —Tiene la voz normal. Está enfadado, no atontado: enfadado como se enfada la gente, con las palabras enteras y en el orden que van—. Me has tirado encima del radiador. ¿Tú estás mal de la cabeza o qué te pasa?

—Déjame ver.

Doy dos pasos y me agacho, y al agacharme apoyo la mano izquierda en el radiador para no irme hacia delante. El canto del elemento tiene la pintura saltada y el hierro vivo, y noto el corte antes de notar el dolor.

Retiro la mano.

Y me quedo mirándome la palma, que se ha abierto en diagonal a lo largo de tres centímetros y sangra poco.

Ese es el momento. Ese es el que me van a preguntar y el que no voy a saber explicar bien nunca: yo tenía la mano a veinte centímetros de su cabeza y la retiré para mirarme un corte.

—No me toques —dice él.

—Tomás, déjame...

—Que no me toques. —Levanta el brazo y me señala el pasillo con dos dedos—. Vete. Anda, vete, que era lo que querías.

—Estás sangrando.

—Estoy bien. —Se recoloca contra el radiador, se sube un poco con los codos, se acomoda—. Estoy perfectamente. Vete.

Está bien.

Y aquí es donde empiezo a hacer lo que voy a hacer durante los seis días siguientes.

Porque en esos segundos, de pie en el salón de la madre de Celia, con la mano izquierda cerrada sobre la derecha para no manchar nada, yo elijo una palabra. No la busco: me viene sola, ya escogida, ya montada, con toda la maquinaria dentro. La palabra es empujón .

He tenido un empujón con Tomás. Ha habido un empujón.

Empujón es un sustantivo pequeño y doméstico, casi de metro a las ocho y media.

No lleva dentro la mano abierta ni el peso del cuerpo detrás.

No lleva la pata de la mesa ni el canto del hierro.

Yo, que cobro por saber que empujar no es golpear y que golpear no es tirar a alguien, cojo la más blanda de las tres, me la guardo y me quedo tan tranquila.

Nunca he hecho un trabajo más rápido ni más limpio.

Y entonces me acuerdo del móvil.

Está en la mesa baja, enchufado, con la pantalla ya apagada, a metro y medio de él y a medio metro de mí.

Dentro está todo. Están siete meses de mensajes míos, están las fotos que le mandé en enero desde el baño de mi casa, están las capturas que hace de las conversaciones antes de borrarlas y está todo lo que acabamos de decirnos con el contador corriendo.

No pienso en la policía. Que quede claro: no pienso ni un segundo en la policía, ni en pruebas, ni en nada que se parezca a eso, porque no ha pasado nada que tenga que ver con la policía.

Pienso en Quique. Pienso en Marta. Pienso en que ese teléfono es una casa entera metida en un aparato de sesenta euros que cualquiera puede coger de una mesa.

Lo cojo. Tiro del cable y el cargador se queda colgando del enchufe.

—¿Qué haces?

—Nada.

—Eva, deja eso donde estaba.

Me lo meto en el bolso. Él hace el gesto de levantarse y no lo termina. Se queda a medias, con el brazo apoyado, y dice mi nombre otra vez.

Yo ya estoy en el pasillo.

En el brazo del sofá está mi jersey, el gris. Lo veo. Lo veo perfectamente, con la lámpara de sesenta vatios dándole encima, y calculo que volver a por él son cuatro pasos y una frase más, y sigo andando.

Abro la puerta. La cierro con las dos vueltas, que es como se cierra.

En el rellano, antes de empezar a bajar, lo oigo a través de la puerta.

—¿Eva?

No lo grita. Lo dice como lo dice cuando entra en un sitio y no sabe si estoy.

Bajo los cuatro pisos a oscuras. En el tercero están las tres bolsas de basura. En el segundo, el gato bordado y la luz azul por debajo.

En la calle hace fresco para ser mayo. Me meto la mano cortada en el bolsillo del pantalón, que es lo peor que se le puede hacer a un corte, y echo a andar hacia el coche por la acera de los pares.

Por el camino ya voy repartiendo la mañana: entregar la segunda parte de la conservera antes de las once, llevar a Marta a la academia a las nueve, y a ver si a la vuelta me da tiempo de pasar por la farmacia.

Por la farmacia no.

En la esquina hay un bar con la terraza recogida y las sillas encima de las mesas. No lo miro.