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—Tienes el balcón abierto y son las diez de la noche.
—Es que olía a cerrado.
—Huele a cerrado porque está cerrado. —Deja una bolsa en la encimera y saca una botella—. Es del mismo que el otro día. No te rías.
—No me río.
—Te estás riendo.
Me río. Ese es el problema, o una parte del problema: que a los cuarenta segundos de tenerlo delante ya me estoy riendo.
Sirve el vino en los dos vasos de duralex sin decir nada de los vasos, porque es la cuarta o la quinta vez que bebemos vino aquí en vasos de agua y a la segunda dejó de comentarlo.
Se quita la chaqueta y la deja doblada en el respaldo de la butaca.
Saca del bolsillo interior el móvil pequeño, el Android negro de sesenta euros que compró en octubre, lo enchufa al cargador que está en la mesa baja y lo deja ahí boca arriba, encendiéndose.
—¿Cómo va lo de la conservera?
—Entregado el martes.
—¿El del pescado?
—El del atún. Y la parte de la maquinaria, que era la mala.
—La de los tornillos.
—Los pernos.
—Los pernos —dice, y se sienta en el sofá con el vaso—. Cuéntame lo de los pernos.
Y yo le cuento lo de los pernos. Le cuento que el fabricante alemán usa una palabra y el importador francés usa otra, y que las dos se traducen igual al español, y que si te equivocas y pones la que no es, el que monta la línea pide una pieza que no entra y hay una planta parada tres días.
—O sea que si tú te equivocas, para una fábrica.
—Si yo me equivoco, para una fábrica.
—Joder, Eva.
—Ya.
—¿Y cuánto te pagan por eso?
—Ocho céntimos la palabra.
—¿Ocho céntimos?
—Ocho.
—¿Y por la palabra que para la fábrica también ocho?
—También ocho.
Se queda mirándome con el vaso a media altura, ofendido de verdad, ofendido por mí, y a mí eso me dura tres días. Lo sé porque me ha pasado otras veces y porque a la mañana siguiente me sigo acordando mientras hago la compra.
—¿Y eso lo sabe alguien? —dice.
—Lo sé yo.
Se ríe y se pasa la mano por la nuca, y ahí está.
Ahí está la explicación entera de siete meses y no hay ninguna mejor ni ninguna más digna: este hombre se acuerda de que la semana pasada yo andaba peleándome con una lista de pernos, me lo pregunta, se calla mientras contesto y a los tres minutos dice algo que demuestra que ha estado escuchando de verdad.
Quique me quiere. De eso no tengo ninguna duda, y no la he tenido nunca.
Quique me pregunta cómo me ha ido el día y yo le digo que bien y él dice que qué bien, y los dos aceptamos eso hace años sin discutirlo, porque a los diecisiete años de casados ya nadie pregunta por los pernos.
No es un delito. No es ni siquiera un defecto.
Es lo que pasa, y le pasa a todo el mundo, y a mí me pasó como a todo el mundo.
Yo no soy una mujer engañada ni una mujer arrastrada. Soy una mujer de cuarenta y un años que sabía perfectamente a quién estaba traicionando y que decidió, un jueves de octubre, en este mismo sofá, que podía convivir con eso a cambio de que alguien le preguntara por los pernos.
—Mi cuñado se ha metido en una reforma —dice.
—¿El de Godella?
—El de Godella. Y me llama para que le mire el préstamo, y yo se lo miro, y le digo que el préstamo está bien pero que la reforma es un disparate, que le van a pedir un tercio más.
Y me dice que no, que él ya lo tiene hablado.
—Se recoloca en el sofá—. Ayer me llamó para decirme que le han pedido un tercio más.
—¿Y tú qué le dijiste?
—Le dije que qué mala suerte.
—Eres mala persona.
—Soy un profesional. —Se sirve un poco más—. Y además le voy a mirar la ampliación, y se la voy a colocar bien, y en Navidad me va a decir delante de toda su familia que menos mal que me tiene a mí.
—Y tú te vas a dejar.
—Y yo me voy a dejar. Claro que me voy a dejar. ¿Qué voy a hacer, decirle que se lo dije? —Se ríe él solo, por una vez—. Eso no lo hace nadie.
Cuenta bien las cosas. Tiene los tiempos y sabe dónde poner el remate, y no se ríe él de sus propios chistes, que es la mitad del trabajo. Luego se le baja un poco la voz y dice que la semana que viene Alba se examina.
—Ya lo sé.
—Ya. —Le da la vuelta al vaso encima de la mesa baja—. Es que no me hago a la idea. La llevé al colegio con tres años y me acuerdo de la mochila.
Y a mí eso no me da celos ni me da pena. Me da una cosa peor, que es familiaridad: yo también me acuerdo de la mochila de Marta, y de que era roja, y de que pesaba más que ella.
—¿La tuya qué hace el año que viene? —pregunta.
—Primero de Bachillerato. Y todavía no sabe si Ciencias o Sociales.
—Que no lo decida en junio. Que se lo piense en verano.
—Eso mismo le digo yo.
—Es que en junio lo decide todo el mundo mal.
Y así estamos un rato: dos personas de casi cincuenta años hablando de matrículas y de itinerarios, con la botella por la mitad, en el salón de la madre muerta de una amiga mía a la que él le da los buenos días cada mañana en su cocina.
No le pregunto por Laura. No hemos hablado de Laura más de seis o siete veces en siete meses, y todas las veces lo he empezado yo, y todas las veces él ha contestado con una frase corta y ha cambiado de tema, y yo he dejado que lo cambiara, que es una forma de participar.
Cojo su móvil pequeño de la mesa baja para mirar la hora en la pantalla de bloqueo, porque el mío lo tengo en el bolso, y él me lo quita de los dedos sin brusquedad ninguna.
—Ese no.
—Solo miraba la hora.
—Ya, pero ese no. —Lo vuelve a dejar enchufado, a su lado—. Ahí llevo cosas.
—¿Qué cosas?
—Capturas. —Se encoge de hombros—. Conversaciones. Antes de borrar algo le hago la foto. Es una manía que tengo desde el noventa y ocho y ya no me la voy a quitar.
—Eso lo hace la gente que va a acabar en un juicio.
—Eso lo hacemos los que hemos estado en dos. —Sonríe—. Tranquila, que este es el limpio. El otro lo tiene Laura fichado desde enero.
—¿Cómo que fichado?
—Que lo vio. Estaba encima de la mesa del comedor, lo cogió y me preguntó qué era, y le dije que el del trabajo, el de las guardias de los clientes. —Bebe—. Y ni preguntó más. Ni lo abrió. Ni nada.
—¿Y se lo creyó?
—Se lo creyó, o le da igual. —Me mira—. Con Laura nunca sabes cuál de las dos.
Y lo que yo siento en ese momento, y lo digo porque es verdad y porque después va a importar mucho, es alivio.
Alivio de que Laura haya cogido un teléfono con la mano, le haya dado la vuelta y lo haya vuelto a dejar en la mesa. Me lo tomo como una buena noticia. Me lo tomo, literalmente, como que estamos a salvo.
—Bueno —digo.
—Bueno.
Y aquí es donde debería decirlo.
Son las once menos veinte, él ha dejado el vaso en la mesa baja y me está mirando con la cabeza apoyada en la mano, y yo tengo la frase preparada desde hace dieciséis días, redactada, con sujeto y con verbo. Y lo que hago es alargar el pie por debajo de la mesa y engancharle el tobillo con el mío.
No es un descuido. Quiero que quede claro que no es un descuido, porque después van a intentar contármelo de otra manera y porque yo no lo voy a permitir.
Yo sé lo que estoy haciendo. Sé exactamente lo que me estoy comprando y a qué precio, y lo hago igual, porque decirlo dentro de una hora es más fácil que decirlo ahora y porque durante una hora más todavía puedo tener las dos cosas.
No hay nada que contar de la hora siguiente que sea distinto de lo que se puede contar de cualquier otra.
No fue una gran noche. Fue una noche normal de un jueves de mayo, con la persiana bajada porque el patio de luces lo devuelve todo, y con esa manera que teníamos de hacerlo todo en voz baja aunque no viviera nadie en el piso de al lado.
Lo que más me acuerdo, y me da rabia acordarme de eso y no de otra cosa, es de que en un momento dado me apartó el pelo de la cara con las dos manos y se quedó un segundo así, sujetándomela, y me miró como se mira una cosa que ya no vas a tener.
Él también sabía que era la última. Eso lo entendí luego.
Después, con la luz del pasillo puesta, él dice contra mi hombro:
—Esto está bien como está.
Y yo pienso, con toda la claridad del mundo, que en siete meses no ha usado ni una sola vez un sustantivo.
No ha dicho lo nuestro . No ha dicho la relación , ni el lío , ni la historia , ni siquiera esta tontería .
Siempre esto . Un demostrativo no se puede llevar a ninguna parte, no se le puede pedir nada y no se hereda; y él lo sabe como lo sé yo, con la diferencia de que él lo sabe sin saberlo.
A las once y veinticinco me levanto y me visto en el pasillo, de espaldas.
Vuelvo al salón, me siento en el sofá, en el otro extremo, y él viene detrás con la camisa por fuera y se queda de pie junto a la mesa baja.
—Tomás.
—Dime.
—Te dejo.
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