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La llave del portal es la mala.
Vengo andando desde Casa Lluïsa por la acera de los pares.
Son seis minutos: Barón de San Petrillo arriba, cruzar por el paso de al lado del colegio, torcer antes de la panadería que cierra a las nueve y que a esta hora tiene la persiana a media asta con el chico de dentro fregando.
En la esquina hay un bar con dos mesas fuera y una televisión puesta que no miro.
Los seis minutos los paso repasando lo mismo.
Es un barrio de bloques bajos y de gente que se conoce, y por eso vengo andando y no en coche, y por eso el coche lo dejo siempre a cuatro calles, delante de un taller, donde no lo ve nadie que me conozca.
Eso lo pensé el primer día. Lo pensé con toda la calma del mundo, en octubre, sentada en la cocina de mi casa, y no me pareció que estuviera haciendo nada raro: me pareció que estaba organizándome.
El portal huele a lejía y a bicicleta. La luz de la escalera está en un pulsador antiguo que hace un clic muy fuerte, y a las diez de la noche ese clic se oye en los cuatro pisos, así que subo a oscuras y agarrada al pasamanos.
En el segundo hay un felpudo con un gato bordado y por debajo de la puerta sale luz azul de un televisor.
En el tercero, casi siempre, tres bolsas de basura que la del tercera baja a las once y media, cuando ya no la ve nadie.
Cuarto. Sin ascensor. La madre de Celia vivió aquí cincuenta y un años y subió estos cuatro pisos hasta el final, con la compra, con el carro, con ochenta y seis años.
Dentro huele a cerrado.
Enciendo la lámpara de pie del salón, que es la única que da una luz decente. Celia no cambia la bombilla por una fría porque su madre decía que la fría le hacía daño en los ojos. Su madre murió en enero de 2023. La bombilla sigue siendo de sesenta.
El piso son cincuenta y dos metros y se entiende de una vez: pasillo corto desde la puerta, salón a la izquierda, cocina al fondo, dos habitaciones a la derecha y un baño con azulejo verde.
En el salón hay un sofá de tres plazas contra la pared larga, una mesa baja delante, una butaca junto al balcón, un mueble bajo con un televisor que no está enchufado y, debajo de la ventana que da al patio, un radiador de hierro fundido de siete elementos que no se enciende desde hace cinco años y que pesa lo que pesa una lavadora.
Abro el balconcillo para que corra el aire. Del patio suben una radio y olor a fritura.
En la cocina sigue el calendario de una parroquia de 2022 colgado de una alcayata, con los meses de agosto a diciembre por pasar.
Sigue el pastillero de los días de la semana encima del microondas, vacío.
Sigue una foto pequeña, en un marco de plástico dorado, de una mujer con un niño en la playa que debe de ser Celia con su hermano y que nadie ha guardado ni ha querido cambiar de sitio.
Celia no vende este piso y no lo alquila. Dice que un día lo arreglará. La caldera son mil doscientos euros y lleva tres años diciendo que un día.
En el armario de la habitación de la izquierda hay ropa nuestra.
Un pijama de franela de Nuria, que duerme aquí dos o tres veces al año cuando le toca semana libre de su padre.
Una rebeca de Pilar. Dos toallas que trajo Celia de su casa cuando se separó y que son las únicas buenas.
En el cajón de la mesilla hay una goma del pelo, tres horquillas y un blíster de paracetamol empezado, y no sabría decir de quién es nada de eso, y si mañana me lo preguntaran diría la verdad, que es que en este piso llevamos casi dos años dejándonos cosas y ninguna se ha molestado nunca en distinguir cuáles son suyas.
En la encimera de la cocina hay café molido nuevo, un paquete de papel higiénico sin abrir y una libreta pequeña de espiral donde Celia apunta lo que hay que reponer.
Los viernes por la mañana sube, limpia, cambia las sábanas y hace la lista.
Nunca lo hemos hablado y nunca le hemos dado las gracias en voz alta, que es peor.
Sencillamente los sábados el piso está bien.
En el baño, el azulejo verde llega hasta media pared y encima hay gotelé.
Hay un espejo de armario con una de las puertas descolgada.
Dentro hay una bolsa de aseo que no es mía, un bote de crema de manos y un cepillo de dientes de viaje sin estrenar, todavía en su funda, que alguna de las cinco compró alguna vez pensando que se iba a quedar a dormir y no se quedó.
Miro en el armario de arriba de la cocina. No hay copas. Nunca ha habido copas en esta casa y no vamos a comprarlas, porque comprar copas sería decidir algo. Saco dos vasos de duralex y los llevo a la mesa baja del salón.
Son las diez y cinco. Tomás llega a y veinte.
Me quito el jersey y lo dejo en el brazo del sofá. Me siento. Me levanto. Voy al baño, me miro y me digo que no hace falta que me mire.
Lo que hago con los veintisiete minutos es lo que hago con todo: redactarlo.
Lo dejamos. Es lo que le escribí el día doce y es lo más corto. Tiene el problema del plural, que reparte una decisión que no es de los dos, y él lo va a coger por ahí, porque coge siempre por ahí.
No puedo seguir. Peor. Poder invita a discutir si puedo, y él lleva siete meses demostrándome que puedo.
Se acabó. Impersonal. Como si se hubiera terminado solo. Como si esto fuera una batería.
Esto no va a ninguna parte. Cobarde y además falso, porque va exactamente a donde las dos partes sabían.
Te dejo. Ese es el bueno. Sujeto, verbo, objeto. Nadie lo comparte, nadie lo discute y no se puede contestar con una pregunta.
Llevo veinte años ganándome la vida con esto, con la diferencia entre una cosa y la otra, con clientes que me pagan por saber que en un contrato deberá no es podrá . Y aquí estoy, en el salón de la madre muerta de una amiga, ensayando dos palabras como si el problema fuera encontrarlas.
Y luego, cuando termino con esa, empiezo con la otra.
Porque esta noche hay dos. La de aquí arriba, que dura dos palabras, y la de dentro de tres horas, cuando entre en mi casa a las dos de la mañana y Quique se dé la vuelta en la cama y pregunte qué tal, sin abrir los ojos, como pregunta siempre.
Esa la tengo escrita desde hace veintidós meses y no me ha fallado nunca: muy bien, Laura te manda saludos .
Cinco palabras y un nombre propio, que es lo que hace que funcione, porque un nombre propio es un detalle y un detalle es una prueba.
Me pongo a doblar la manta del sofá, que no hace falta doblar. La doblo en tres, la dejo en el brazo, la vuelvo a coger y la doblo en dos.
A las diez y diecisiete pienso una cosa que me molesta y que no aparto.
No estoy nerviosa.
Estoy como cuando entrego una jurada: con esa impaciencia limpia por acabar el trámite y por que me devuelvan el acuse.
Un hombre va a subir cuatro pisos dentro de tres minutos creyendo que viene a cenar conmigo, o creyendo que no, ya no lo sé, y yo estoy doblando una manta y calculando si me dará tiempo a llegar a casa antes de las dos.
Debería darme miedo esa tranquilidad. Me lo apunto para dármelo más tarde.
Abajo suena el portal.
Después el clic del pulsador de la luz, que se oye entero desde aquí, y unos pasos que no disimulan. A partir del segundo empieza a contar los descansillos en voz alta, en broma, para que yo lo oiga desde arriba.
—Tres —dice—. Y cuatro. Hostia.
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