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—¿Quién lo tiene este mes?
—Yo —digo.
Laura asiente y no pregunta nada más, porque no se pregunta nada más. Se limpia los dedos en la servilleta de papel y se gira hacia Pilar, que ha llegado la última y todavía no ha tocado el plato.
—Come, que nos vamos en nada.
Esa es la conversación entera. La tenemos todos los meses, dura seis segundos, y en veintidós meses nadie ha añadido nunca una palabra detrás.
Ni un ¿y eso? , ni un qué suerte , ni un ya me contarás .
Laura lo pregunta porque alguien tiene que llevar la cuenta de las llaves y la contesta la que va a subir, y ahí se acaba.
En Casa Lluïsa nos ponen siempre la mesa del fondo, la de al lado de la puerta de la cocina, que es la peor del local y la que pedimos.
Desde ahí se ve la barra entera y no nos ve nadie desde la calle.
Mandamos la comanda la víspera por WhatsApp, siempre la misma, y a las nueve y cinco está en la mesa: dos de ensaladilla, dos de titaina, cuatro cervezas y un agua. El agua es de Laura, que conduce.
La titaina la traduje una vez para el expediente de una conservera y estuve cuarenta minutos buscándole el equivalente en francés hasta que acepté que no lo hay.
Puse plat traditionnel valencien à base de thon et poivrons y cobré igual.
Se lo conté aquí, en esta mesa, hace año y medio, y desde entonces Celia la pide diciendo «una de plato tradicional valenciano» y a Lluïsa ya ni le hace gracia.
—Van dos —dice Lluïsa al dejar los platos, que es su manera de decir buenas noches.
Nuria está contando lo de una compañera que ha pedido el traslado a Alboraia y lo cuenta como cuenta ella las cosas, empezando por el final y volviendo atrás dos veces, y se corta ella sola para aclarar que no es que le parezca mal.
—Que cada uno hace lo que puede, ¿eh? Que yo lo entiendo.
—Pidió el traslado en febrero —dice Laura.
—¿En febrero?
—En febrero. Lo que pasa es que tú te enteras de las cosas cuando ya no se pueden arreglar.
Nuria se ríe y deja el tema. Se lo deja ahí, encima de la mesa, con una facilidad que a mí siempre me ha llamado la atención y que hace un año dejé de mirar, porque Laura es su jefa y porque en esta mesa eso no existe, o hemos decidido las cinco que no existe, que es distinto.
Celia se termina su cerveza y coge la de Pilar, que no se la va a beber.
—Toma tú.
—Es que mañana entro a las siete.
—Ya. Por eso.
Pilar tiene el móvil boca arriba junto al pan y lo mira cada dos minutos.
Tiene que estar en un sitio a las diez y media y no dice dónde, y no lo dice porque no hay que decirlo, y yo llevo veintidós meses sin saber adónde va Pilar Donat los últimos jueves de cada mes.
Laura le tapa el móvil con la mano sin dejar de hablar con Nuria. Es un gesto de madre. Pilar lo deja.
Aquí nadie mira la hora, porque la hora la lleva Laura.
Llevamos casi dos años haciendo esto. El último jueves de cada mes decimos en casa que cenamos las cinco, cenamos las cinco, y después cada una se va donde le da la gana hasta la mañana siguiente.
Nadie pregunta. Es lo único que hay que aprenderse y es más difícil de lo que parece: lo difícil no es callarse, lo difícil es que no se te note que te estás callando.
La primera vez fue en agosto de 2024 y no fue una idea, fue un favor.
Celia le dejó a Nuria las llaves del piso de su madre para que pudiera ver a una abogada de familia sin que el marido que tenía entonces le mirara la ubicación del móvil, y las otras cuatro cenamos aquí para que la cena existiera.
A los cuarenta y siete minutos Nuria dijo que se le hacía tarde, nos levantamos todas a la vez y Pilar, que ya entonces contaba las cosas, miró el reloj y dijo el número en voz alta.
Ahora es una broma. A la que alguien se acomoda demasiado en la silla, Celia levanta la muñeca, que lleva sin reloj desde el divorcio, y dice:
—Señoras.
Y nos levantamos. Se ha convertido en un cronómetro sin que ninguna lo decidiera, que es como se convierten en cronómetro casi todas las cosas.
—Oye, lo de la caldera —dice Celia.
—¿Qué caldera?
—La de arriba. Que la tengo que cambiar y son mil doscientos euros.
—¿Y no puedes esperar al invierno?
—Puedo esperar al invierno, sí. En agosto es cuando la echo de menos. —Moja pan—. Lo digo por si alguna quiere ducharse con agua fría a partir de octubre.
—Yo pongo cien —dice Nuria enseguida.
—Que no, tonta.
—Que sí.
—Que no, Nuria.
Y ahí lo dejan también.
Esta noche voy a dejar a Tomás Bru.
Se lo escribí hace dieciséis días, un martes, desde la cama, con Quique dormido al lado y la luz del pasillo puesta porque Marta todavía estaba levantada estudiando.
Le puse que el último jueves lo dejábamos.
Contestó a los cuatro minutos con un vale y desde entonces ha estado encantador, atento y prudente, que es exactamente lo que yo esperaba que hiciera y por lo que llevo dieciséis días sin poder pensar en otra cosa.
Nadie en esta mesa lo sabe. Y una de las que no lo sabe está sentada enfrente de mí, comiendo ensaladilla, hablando de una caldera.
—El veinticinco —dice Laura.
—¿Qué?
—El de junio. El veinticinco es jueves. —Tiene el calendario abierto en el móvil y las gafas en la punta de la nariz—. Es que el dos, el tres y el cuatro tenemos la PAU y luego yo me quedo para el arrastre. ¿Os va bien el veinticinco?
—A mí me va bien todo —dice Nuria.
—A ti te va bien todo porque no organizas nunca nada.
—Por eso me va bien todo.
Pilar dice que el veinticinco perfecto y aprovecha para preguntarle cómo lleva Alba lo de Historia, y Laura contesta que fatal, que se despierta a las cinco y se pone en la cocina con el flexo, y que ella se levanta a las siete y se la encuentra allí con los apuntes y una manzana sin morder.
—Se le pasará el uno de julio.
—Se le pasará el uno de julio, sí.
—¿Y Tomás qué dice?
—Tomás dice que no dramaticemos. —Laura bloquea el móvil y lo deja boca abajo—. Tomás no ha entrado en la cocina a las cinco de la mañana en su vida.
Yo cojo el vaso. Bebo. Lo dejo.
Y esto es lo que quiero dejar dicho antes de que empiece todo, porque después va a parecer imposible: no me pasó nada.
No se me revolvió nada por dentro, no me atraganté, no me tuve que ir al baño a respirar.
Me tomé un trago de cerveza mientras la mujer de mi amante se quejaba de su marido, igual que me lo había tomado en enero y en marzo, y luego le pregunté si Alba se había decidido ya por Derecho.
Se puede. Eso es lo que nadie te cuenta. Se puede perfectamente.
Nuria se estira para coger el pan y le da con el codo al bolso de Laura, que está colgado del respaldo, y no suena nada.
—Sigues sin llevarlo.
—Está en el coche.
—Es que un día te va a pasar algo y no vamos a poder avisarte.
—¿Y qué me va a pasar?
—Yo qué sé. Algo. Un día te caes.
—Pues me caigo y ya está —dice Laura, y le pasa el pan.
Nuria pone la cara de quien iba a decir otra cosa y calcula que no compensa.
Es una discusión que tienen todos los meses y que a estas alturas ya no es una discusión, es un saludo.
Laura deja el móvil en la guantera antes de bajarse del coche desde el primer jueves, porque tiene la ubicación compartida con Tomás y con Alba, y lo explicó una vez, hace dos años, con una frase que no admitía réplica: si lo llevo encima, no he salido.
A las nueve y cuarenta y cuatro lo saca de nuevo, lo apoya de canto contra el vaso del agua, le da al temporizador y vuelve a su sitio con la mano en el hombro de Celia.
Nos apretamos hacia el centro. Pilar pide salir detrás porque dice que lleva el pelo hecho un desastre y Celia le dice que lo lleva igual que siempre.
Salimos las cinco. La foto sale como sale siempre: Nuria con los ojos medio cerrados, Celia mirando hacia la barra, Pilar en tercer plano, yo con la boca a medio abrir y Laura en el centro, con la mano todavía donde la había puesto y la barbilla bien colocada, porque es la única de las cinco que sabe dónde está el objetivo.
La sube al grupo antes de que nos hayamos terminado de sentar. Los dos corazones de Nuria llegan mientras Lluïsa recoge los platos.
Celia pide la cuenta con dos dedos en el aire y paga ella, que paga siempre y luego no quiere que le pasemos el dinero hasta que se lo pasamos, y trece minutos después estamos en la acera.
—Señoras —dice.
Pilar ya está sacando las llaves del coche y se despide desde tres metros. Nuria le dice algo a Laura sobre la reposición de mañana y Laura le contesta que eso lo mira ella. Celia me pregunta si voy hacia el metro y le digo que no, que he venido andando.
—Ah, vale.
Y no pregunta más, porque no se pregunta más.
Laura me toca el brazo un segundo al pasar, con esa cosa que hace de tocar a la gente para despedirse sin tener que decir adiós, y tira hacia Poeta Altet.
Yo tiro por Baró de Sant Petrillo, que está a seis minutos andando y en dirección contraria a mi casa.
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