Ninguna estuvo allí
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Prólogo
Un salón pequeño con una lámpara de pie encendida y el techo a oscuras.
Hay una mujer sentada en el suelo, con la espalda contra un mueble bajo y las rodillas dobladas. Enfrente, a metro y medio, hay alguien apoyado en un radiador. No se le ve la cara. Tiene las piernas estiradas y una mano en la cabeza, encima de la oreja.
Respira por la boca.
En la mesa baja hay dos vasos y un cargador desenchufado. En el brazo del sofá hay un jersey gris con un botón de nácar en el cuello. En el suelo, junto a la pata de la mesa, hay un vaso caído que no se ha roto.
00:51
La mujer levanta un teléfono móvil que tiene junto al muslo. La pantalla se enciende y le pone la cara azul.
Lo mira.
Levanta la vista hacia el radiador.
Vuelve a dejar el teléfono en el suelo, boca abajo, en el mismo sitio exacto donde estaba.
Se sujeta las espinillas con las dos manos.
En la cocina hay una nevera vieja que arranca cada pocos minutos y hace un ruido de motor pequeño. Arranca ahora. La mujer no se mueve. Por la calle pasa una moto hacia el norte y el ruido tarda en irse del todo.
00:52
La persona del radiador dice algo. Son dos palabras. La segunda no termina.
—Estoy aquí —dice la mujer.
No se levanta.
Con el pulgar quita una pelusa de la moqueta del mueble y la deja caer al suelo, a un lado. Después se limpia el pulgar en el vaquero.
00:53
La lámpara de pie hace un chasquido leve al calentarse la pantalla, como todas las noches a esta hora, aunque no haya nadie despierto para oírlo.
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