VEINTITRÉS
LIZ
Liz se mantuvo firme en su decisión de marcharse. Si él creía que podía tenerla a ella, la conveniente niñera interna, y además una amante por otro lado, esperando que se quedara de brazos cruzados, estaba muy equivocado. Nunca había sido una mujer callada, ni el felpudo de nadie.
Ni siquiera por el hombre que la hacía sentir mágica.
Casi la había atrapado de nuevo cuando llegó a casa la noche anterior, humilde y arrepentido. Lo rechazó anunciándole que se marchaba. Era la única manera de ganarse su respeto. No era algo que él fuera a conceder si ella simplemente seguía allí.
Había usado a Kinsley como arma, y eso no se lo perdonaba. ¿Y luego decir que se estaba enamorando de ella? El truco más viejo del mundo.
Al día siguiente, Liz había hecho las maletas mientras cuidaba a la niña. Le rompía el corazón pensar en marcharse. Quizás en su mente era más una amenaza vaga. Pero si él seguía guardándose sus secretos, tendría que hacerla realidad.
Iban a cenar el chili que había sobrado de la noche anterior, así que no tenía que preocuparse por la cena. Puso la olla en el fuego y sentó a Kinsley en la sillita con sus juguetes.
Aguantaría la cena con él. Esperaba ser lo bastante fuerte como para que su encanto no le afectara. Pero en el fondo, quería que al menos lo intentara.
Llegó a casa quince minutos más tarde de lo habitual. Liz estaba lista para regañarlo, pero la recibió una explosión de color cuando él apareció por la esquina.
—Hola, mis queridas.
Chad sostenía un exuberante ramo de flores silvestres, una variedad de tonos encantadores que danzaban ante los ojos de Liz.
Algunas eran de un rojo cardenal intenso, otras de un suave lila pálido y lavanda.
Un amarillo polvoriento se mezclaba con campanillas azules, todo en un decorativo jarrón de madera de cerezo que mantenía aquel conjunto de belleza unido como una súplica desesperada.
Y eso era, de hecho, lo que era.
Liz sintió que toda su fuerza la abandonaba. Intentó convertir la sonrisa que le temblaba en los labios en un ceño fruncido, pero no tenía sentido. Fue hacia él, hacia sus radiantes ojos esmeralda, un mar de verde pradera.
—Oh, Chad —murmuró, admirando el ramo—. Son preciosas...
—Casi tan hermosas como tú —dijo con suavidad.
Liz sintió que le ardía el rostro. Chad dejó el jarrón en la encimera y le dio un besito a Kinsley. La niña balbuceó, ajena al poder del momento que se desarrollaba ante ella.
Chad se acercó a ella con cautela, las manos juntas frente a él en señal de reverencia. Liz no podía creer lo rápido que su determinación se había desvanecido. Lo deseaba de nuevo con el mismo fervor que la primera vez que sus miradas se cruzaron.
—Liz, quería pedirte perdón. Hay muchas cosas en mi vida que no puedo explicar. Pero quiero prometerte que no te he sido infiel. Eres la única mujer del mundo para mí.
Se acercó más; Liz tenía el cuerpo paralizado. Él levantó una mano hacia su rostro, y ella asintió dándole permiso.
Su caricia fue intensa; le acarició la mejilla con el dorso de los nudillos. Ella cerró los ojos, a punto de llorar de alivio.
—Sé que suena un poco absurdo —continuó—. Pero me he enamorado de ti. De verdad. Esto no es ningún plan para que te quedes. No planeé nada de esto. Lo único que quiero eres tú. Te lo repetiré eternamente si hace falta.
Liz abrió los ojos y encontró aquellas praderas verdes en los de él, que la anclaban a la belleza del momento. Los dedos de Chad se deslizaron por su mejilla y el pulgar le recorrió el labio inferior. La boca de ella se abrió instintivamente, dejando escapar un suspiro sensual.
No sabía qué sentir ni cómo expresarlo con palabras. Pero le creyó. Por alguna razón, ya fuera sobrenatural o cósmica, creyó lo que decía con absoluta convicción.
Liz tuvo que aclararse la garganta antes de hablar; de pronto la sentía seca mientras el pulgar de él seguía recorriendo su labio inferior.
—Gracias, Chad. Te creo.
Él quería besarla. Podía sentirlo en el aire, vibrando entre ellos. Ella también quería que lo hiciera.
Pero esperaron. Cenaron alegremente juntos, dieron de comer a la pequeña que los había unido y jugaron con ella. Siguieron su ritual vespertino habitual: ver la televisión, bañar a Kinsley y cantarle hasta dormirla.
Por fin, hubo tiempo para los dos. Chad abrió una botella de vino tinto, y fue entonces cuando Liz supo que estaba perdida.
Toda su ansiedad por las supuestas mentiras de él había desaparecido. Se rio para sus adentros, preguntándose si tendría algún poder de hechicería sobre ella. Así se sentía, viendo lo rápido y fácil que habían cambiado sus emociones.
Pero lo dejó estar mientras bebían vino y conversaban. Era como antes, libre y hermoso.
Se fueron acercando a medida que avanzaba la noche, con la luna brillando a través de la ventana. Él les servía la cuarta copa cuando ella le puso una mano en la pierna.
Él la miró como un ciervo deslumbrado por los faros.
—¿A qué esperas? Bésame.
Chad le tomó el rostro entre las manos y depositó el beso más tierno y precioso en sus labios. Liz no quería abandonar jamás su pequeño mundo, ni dejar aquel sofá donde tanto había ocurrido entre ella y el hombre que parecía salido de sus sueños.
Ella le recorrió el cuello con los dientes, segura de sí misma, empoderada.
—Hazme el amor —ordenó.
Chad la tomó de la mano y la llevó arriba, al dormitorio.