CATORCE
CHAD
A Chad le resultaba cada vez más difícil resistirse a Liz.
Aún podía saborearla desde aquel breve beso de hacía unas noches, con la miel azucarada todavía en su lengua.
Se estaba volviendo loco pensando en qué sabores le aguardaban en el resto de su cuerpo.
Quería recorrerla con la boca y memorizar cada uno de sus valles y cumbres.
Así que la noche siguiente al desastre con la comida, decidió que cedería si eso era lo que ella quería. También quería hablar con ella sobre lo de cocinar, algo que parecía estresarla, y él no quería contribuir a eso.
Era sábado, lo que significaba que Chad estaba en casa todo el día, jugando con Kinsley y charlando con Liz. Cuanto más tiempo pasaba con ella, más crecía su atracción, y también su curiosidad y su hambre.
Se mantuvo ocupado con el trabajo mientras Kinsley dormía la siesta, evitando cualquier acercamiento físico con Liz por si la niña volvía a interrumpirlos. No podía más. Le temblaban hasta los huesos. Su pantera era implacable, suplicante.
Cenaron esa noche y pasaron un rato con Kinsley frente al televisor. Hizo un esfuerzo extra por prestar atención a su sobrina, para que Liz pudiera descansar de sus tareas diarias.
Liz acostó a la niña sobre las ocho, lo que significaba que se quedarían solos. Chad sintió un nerviosismo emocionado que no había experimentado en años. Era como un crío con su primer amor, esperando en la puerta con un ramo de rosas.
Solo que era un hombre hecho y derecho que lo único que quería era que la niñera de su sobrina se sentara en su cara el resto de la noche.
Cuando Liz volvió, se había cambiado la ropa de trabajo. Estaba cómoda y adorable, con una camiseta holgada y unos pantalones cortos de dormir. Era evidente que no llevaba sujetador, lo que volvió loco a Chad.
Se sentó junto a él en el sofá, con las piernas recogidas. Su cabello lucía maravilloso y oscuro en la penumbra del salón.
Chad carraspeó. Quería dejar claros algunos asuntos prácticos antes de que su pantera tomara el control.
—Quería hablar contigo sobre lo de anoche —dijo, parpadeando, incapaz de mirarla a los ojos—. Ahora me doy cuenta de que fue mucho pedirte que cocinaras y limpiaras, además de cuidar de Kinsley, sin preguntarte si querías.
Liz le sonrió mientras se acariciaba las esbeltas piernas desnudas. El corazón de Chad latía como un tambor en su pecho.
—O si siquiera sabía cómo —se rio—. Admito que no soy muy buena cocinera. Yo también estoy acostumbrada a pedir comida a domicilio o a calentar platos precocinados. Pero puedo aprender.
Liz ladeó la cabeza hacia él, y un mechón de cabello castaño rojizo le cayó sobre la frente. Chad luchó contra el impulso de apartárselo con suavidad.
—Volveré a pedir comida preparada para quitarte presión —dijo mientras se acercaba a ella en el sofá—. Podemos usarla la mitad de la semana, si te parece bien.
Los ojos de ella recorrieron su rostro, bajaron ligeramente hasta su pecho y volvieron a subir. Chad percibió los latidos del corazón de Liz, que también se estremecía, con la respiración entrecortada.
—También me gustaría que ayudaras a cuidar de Kinsley. Es mucho ocuparse de ella y cocinar al mismo tiempo. No me importa aprender, pero ese es el trato que te propongo.
Era asombrosa. Chad se acercó más, con el brazo apoyado en el respaldo del sofá, devorándola con la mirada mientras ella se humedecía los labios con la lengua rosada. No había vuelta atrás. La necesitaba.
—Acepto esas condiciones —susurró.
Liz le sonrió con los ojos brillantes. Lo sorprendió girándose para quedar frente a él, sacando pecho de modo que sus pezones se marcaran bajo la camiseta gris. Se le estaban endureciendo, y a Chad también.
Estaban cara a cara, y el tiempo pareció detenerse. Liz movió la mandíbula de un lado a otro, y su voz fue un ronroneo grave al tomar aire.
—Ahora, si pudiera cobrar esa bonificación que me llevas prometiendo…
Chad le sujetó la barbilla, y ella jadeó ante el contacto brusco. Cuando sus labios se encontraron con fuerza, ella emitió el sonido más erótico que él había oído en su vida. Su miembro cobró vida al instante, marcándose contra los vaqueros.
Pronto estaban enfrascados en un beso apasionado. Las manos de Chad recorrieron el cuerpo de Liz, y ella se abrió para él como una rosa, apretándose contra su cuerpo, suplicando un contacto más intenso.
La exploró, sintiéndose como si acabara de esnifar ocho rayas de cocaína. Jamás había sentido una atracción tan voraz por una mujer. Era peligroso, pero también surrealista y sublime.
Pasó de su boca a su barbilla, mordiéndola, y luego a su nuca, donde hundió los dientes en la suave piel con un poco más de fuerza. Ella gimió, retorciéndose contra su cuerpo duro, enredando los dedos en su pelo y clavándole las uñas en el cuero cabelludo.
—Oh, Chad, te deseo —murmuró ella.
Las manos de él rodearon sus pechos, su vientre, y el calor de su centro irradiaba como un sol pulsante. Deslizó las yemas de los dedos por el costado de sus muslos y apenas había traspasado la barrera de los pantalones cortos cuando sintió vibrar el teléfono.
Ambos se quedaron paralizados, con el rostro de él hundido en su cuello y los brazos y piernas de ella envolviéndolo como una tarántula a su presa. Pensó en ignorarlo, pero ser un cambiante significaba estar disponible en todo momento. Además, su intuición le decía que era algo importante.
Le besó el cuello, los hombros y las encantadoras orejas, embriagándose con el aroma que casi lo sofocaba. Luego se incorporó y sintió cómo ella se tensaba debajo de él. Gruñó, odiando esa reacción.
—Lo siento. Tengo que cogerlo.
Se separó de ella, como quien arranca carne del hueso, dejándola excitada, con las piernas abiertas, el rostro y el pecho sonrojados, y completamente desconcertada.
Chad estaba tremendamente avergonzado. Se dirigió al cuarto de la lavadora y descubrió que era Barb quien lo llamaba en el peor momento posible.
Contestó con brusquedad.
—¿Qué?
—¿Qué haces contratando a una niñera que no es cambiante? —le espetó Barb.
Oyó a Liz subir las escaleras y cerrar la puerta con suavidad tras ella. Menudo imbécil estaba hecho.