Capítulo treinta y siete
PIPER
El estadio palpita, abarrotado desde el hielo hasta las vigas.
Mires donde mires, camisetas y flashes de cámaras.
Las palomitas y el sudor se mezclan con un aroma innombrable y el corazón se me acelera.
Llevo a Luke pegado a mí en su portabebés de cadera, con las orejeras casi engullendo su carita diminuta, los ojos enormes y curiosos.
Chiara agita su cartel que dice «¡Vamos Maddox!
». La purpurina del pegamento nos llueve encima a todos.
El timbre chilla por encima del ruido y se me retuerce el estómago.
Solo quedan segundos. Chase está agachado en la portería, con cada músculo en tensión.
Todos estamos tensos, un último intento, una parada desesperada, y el disco se desvía y golpea las vallas.
Fin del partido.
El clamor golpea como un trueno. El sonido que sigue no es solo fuerte; es más bien como una ola gigante.
Los jugadores se lanzan sobre el hielo, arrojan cascos, golpean palos contra las vallas, los guantes vuelan por los aires.
Chase no se mueve al principio. Solo se queda ahí, respirando con dificultad, con la cabeza gacha.
Luego levanta la vista, directamente hacia mí.
Algo se remueve en mi interior. Reconozco lo que significa esa mirada. Esto es todo.
Algo se me abre en el pecho. Patina hacia mí, despacio, trazando amplios arcos. Luke se retuerce en mis brazos, inquieto, así que le susurro:
—Ese es tu papá, cariño. Lo logró.
El equipo se alinea para los apretones de manos. Fuze golpea el casco de Chase, Trey lo atrapa en un abrazo, le dice algo que lo hace reír, aunque tiene los ojos brillantes.
La voz del locutor retumba por el estadio:
—Damas y caballeros, esta noche es el último partido de la carrera de Chase Maddox. ¡Démosle un aplauso a uno de los mejores malditos porteros que jamás haya defendido esa portería!
El lugar estalla. Pisotones, cánticos, el nombre de Maddox resuena en todas direcciones.
Intento secarme las lágrimas de las mejillas, pero no doy abasto. No paran de brotar.
Un niño con muletas, el yeso cubierto de firmas, saluda desde detrás de las vallas.
Chase patina hacia él. Se agacha frente al chico, coge el palo y escribe su nombre con rotulador negro sobre el yeso blanco.
Al niño se le iluminan los ojos de pura alegría.
Chase le da un golpecito en el casco antes de entregarle el palo.
Para cuando vuelve hacia mí, la pista se ha quedado en silencio otra vez.
Demasiado silencio. Cuando levanta a Luke de mis brazos, el lugar entero estalla en un enorme vitoreo.
Se me hace un nudo en la garganta al verlo sostener a nuestro hijo, esos guantes de portero gigantes extrañamente delicados, la sonrisa torcida suavizada por las luces.
Besa la cabeza de Luke. Los flashes de las cámaras se disparan por todas partes. Luego le pasa el bebé a Max.
Chase se desliza hasta el centro del hielo. Las luces se atenúan, excepto un foco que brilla sobre él. Sus compañeros de equipo se colocan detrás en un semicírculo abierto. Max sonríe como si supiera algo que nadie más sabe.
Para mi sorpresa, Chase saca una cajita negra.
Dios mío.
Un jadeo colectivo recorre la multitud. Se arrodilla, agarra el micrófono, y su voz, grave y firme, se extiende por el aire.
—Piper Stevens —dice, y oír mi nombre así casi me deja sin aliento—.
Entraste en mi caos y lo convertiste en hogar.
Criaste a mi hijo, me salvaste el culo y me hiciste creer que era más que un portero con las rodillas destrozadas.
Así que te lo pregunto aquí mismo, delante de todos los que me han visto caer más veces de las que puedo contar. ¿Quieres casarte conmigo?
El corazón me late tan fuerte que no puedo oír nada más. Chiara grita desde la barandilla:
—¡Di que sí, mami!
Chris suelta un chillido encantado, como si estuviera al tanto del plan. Trepo por la puerta, piso el hielo con mis botas y me deslizo directamente hacia él.
—No digas que no —dice con una sonrisa burlona—. Porque no pienso levantarme hasta que digas que sí. Y tengo las rodillas de un portero de sesenta años, así que no me lo pongas difícil.
Eso me hace reír hasta que se me saltan las lágrimas.
—Eres imposible.
—Y te encanta.
—Pedazo de idiota —susurro, medio riendo, medio llorando—. Pues claro que sí. ¡Sí!
Me atrapa antes de que pueda caer, con los brazos apretados alrededor de mi cintura, y me besa como si fuéramos las únicas dos personas en el mundo. El equipo estalla, lanzando cascos y palos por todas partes. Fuze rasguea Sweet Caroline desde el banquillo, y todo el estadio se une.
Es salvaje. Es caótico. Es perfecto.
Cuando Chase me hace girar sobre el hielo, veo mis sueños reflejados en su sonrisa: el hombre, el padre y el compañero que no sabía que encontraría en medio de la tormenta de otra persona. Todo lo que nunca pensé que tendría.
Y por una vez, dejo de prepararme para el próximo desastre. Aquí, en medio de todo este ruido y este amor, sé que todo está exactamente donde debe estar.