Capítulo treinta y seis
CHASE
Es el último partido de la temporada regular.
El equipo pasará a los playoffs sin mí. La pista ya está vibrando, incluso antes de que se llenen los asientos.
Hay un sonido que vive en cada estadio. El metal frío, vivo de alguna manera.
Los patines rascan el cemento o un disco golpea el cristal.
El sonido se te mete bajo la piel, se te queda en la sangre.
Lo he perseguido toda mi maldita vida. Me tomé todo el tiempo libre para poner mi cuerpo a punto, solo para jugar este partido. Esta noche toca despedirse.
Los chicos se apiñan alrededor de los casilleros, haciéndose los tranquilos. Nadie menciona que es mi último partido. Está bien. No quiero un funeral.
Anthony me da un empujón con el hombro.
—Viejo, ¿vas a poder seguir el ritmo o llamamos a un suplente de la liga amateur?
—Sigue vacilando —murmuro, arrancando la cinta con los dientes—. Tú eres el que lleva acolchado extra para evitar moretones.
Fuze silba.
—No te preocupes, Maddox. Te sacaremos el andador después del calentamiento.
Las risas rebotan en los casilleros metálicos.
Es justo lo que necesito, no lástima. La música de Max sacude los altavoces, lo bastante fuerte como para despertar a los muertos.
Golpea el stick contra la rodilla, tenso, listo para estallar.
Hemos ganado la copa tres veces en los últimos cinco años.
Trey y yo lo hemos vivido. Pero no se puede vivir ahí para siempre. Max solo lleva un año en el equipo.
Trey le lanza un rollo de cinta.
—Guarda algo de energía para el hielo, tío. Ya estás vibrando.
—Tengo que mantenerme suelto —Max enrolla cinta alrededor de la pala con precisión maníaca—. Es día de partido, nene.
Dispara un disco por el vestuario y le da a Anthony en el pecho.
—Vamos, chicos. Démosle a los aficionados algo por lo que gritar.
—Seguro que gritarán cuando vayas al banquillo de castigo, como siempre —responde Trey con una sonrisa mientras se ata los cordones.
—Oye, el banquillo de castigo me echa de menos —replica Max—. Se llama apoyo emocional.
La puerta se entreabre. Alguien grita:
—¡El preparador de la Liga está aquí para los árbitros!
—Perfecto —murmura Anthony—. Otro burocrático diciéndonos cómo patinar.
—Se llama Toni, por lo visto —resopla Trey—. Seguro que es algún tipo con fetiche por el silbato.
—Espero que no sea otro fanático del fitness —dice Max con una sonrisa—. El último intentó que hiciéramos yoga. Casi me mata.
La puerta se abre de par en par y la conversación muere.
Una mujer entra a zancadas, coleta rubia tirante, expresión más tirante aún. Lleva el logo de la NHL en el jersey de cremallera como si fuera una armadura.
—Maxwell Stevens —dice, con los ojos aún en la tableta—. ¿Sigues liderando la liga en rudeza innecesaria?
Max se endereza y esa sonrisa arrogante se le borra de la cara. Se queda boquiabierto como un pez fuera del agua.
—Eh... no es un tío —susurra Fuze.
Ella ni parpadea. Avanza como si fuera la dueña del lugar, con un portapapeles en una mano y una tableta en la otra. El logo de la Liga capta la luz en su pecho.
Recorre la habitación con sus penetrantes ojos verdes, contando idiotas.
—Buenos días, caballeros. Soy Antonia Amato; Toni, si eso es más fácil para vuestras lenguas de cavernícolas.
Pasa una página.
—Vengo a comprobar los protocolos de acondicionamiento de los oficiales. Intentad no desmayaros ante la visión de algo de organización.
Max, por una vez, se calla. La cinta le cuelga de los dedos, a medio enrollar. La mira como si fuera la primera persona a la que no puede encandilar.
Anthony le da un codazo.
—¿Sigues respirando, Romeo?
Max lo ignora.
—Así que tú eres la Toni que ha estado mandando correos. Vaya broma, hacernos creer que eras un tío.
Arquea una ceja.
—¿Decepcionado de que no tenga vello en el pecho?
El lugar estalla en carcajadas, pero Max se inclina hacia delante con una sonrisa asomándole en los labios.
—No he dicho eso, cariño.
Su expresión no se inmuta.
—No me llames cariño a menos que estés a punto de desmayarte en mi camilla. Y si lo haces, dejaré que te atienda el novato.
Los chicos estallan de nuevo. Trey casi se atraganta con el batido de proteínas. Sacudo la cabeza, intentando ocultar la sonrisa detrás de la botella de agua. El pobre cabrón se la buscó solito.
Max se recupera y se frota la nuca.
—Supongo que me lo merecía.
—Has acertado —dice Toni, y anota algo en el portapapeles.
—Pensaba que solo te llamaban cuando los árbitros se lesionaban —dice Max.
—Tu existencia cuenta como prevención de riesgos —le suelta ella.
Los chicos se desternillan. Anthony jadea. Trey se dobla de la risa. Hasta yo me muerdo el interior de la mejilla para no reírme.
Max se pasa una mano por el pelo.
—Entonces, ¿qué? ¿Vas a dejarme en el banquillo?
Toni teclea en la tableta.
—Si pudiera, lo haría. Pero por lo visto, todavía te dejan jugar mientras no acabes en la cárcel.
—Supongo que te veré en el banquillo de castigo, Toni —dice, y se apoya contra la pared con esa sonrisa torcida que siempre lo mete en líos—. Puedes traer bolsas de hielo y críticas.
Ella sonríe, solo un poco.
—Tú trae autocontrol. Eso sí que será una novedad.
Le brillan los ojos cuando levanta la vista. Como si estuviera intentando no reírse. Max lo capta.
Por supuesto que sí.
—Muy bien, si habéis terminado de presumir, me gustaría acabar con mi lista antes de que empecéis todos con vuestros rituales previos al partido.
Se dirige hacia el túnel, donde esperan los árbitros. Nadie dice una palabra. Su perfume es cítrico y fresco. Su estela queda flotando en el aire.
Trey soltó un silbido bajo. —Joder. Te tiene calado.
Max hace girar el stick, intenta aparentar tranquilidad, pero las orejas se le ponen rojas como tomates. Se queda mirándola con la mandíbula medio abierta. —Dios santo —murmura—. Esa es Toni.
Anthony sonríe. —No te lo esperabas, ¿eh?
—Ni te lo imaginas —dice Max, todavía mirando la puerta—. No sé si debería estar aterrorizado o loco por ella.
—Las dos cosas —dice Trey, dándole un empujón en el hombro—. Sin duda las dos.
—Sí —digo, poniéndome los guantes—. Parece que te acaba de atropellar un portapapeles.
Se encoge de hombros. —Puede que no me importe el golpe.
Cuando piso el hielo, todo se vuelve más nítido.
El frío me muerde las mejillas. Los patines se clavan en el hielo recién alisado.
Me duelen las rodillas. Las caderas me rechinan como engranajes viejos.
Doc me inyectó prednisona para poder jugar.
Ni de coña me pierdo este partido. La multitud estalla cuando las luces se apagan para las presentaciones.
En algún lugar allá arriba, Piper está en las gradas, con Chiara agitando ese cartel que hizo, el doble de grande que ella.
Localizo su bufanda roja. Es todo lo que necesito.
Cae el disco. El partido entra en ritmo. El instinto se activa. Leo las jugadas antes de que sucedan, me muevo en piloto automático.
Parada.
Reinicio.
Otra vez.
Esta noche cada tiro se siente más pesado.
Cada parada, más nítida. Los músculos me arden, los pulmones en carne viva por el frío, pero la mente está firme.
Entre silbatos, miro hacia el cristal. Piper está justo detrás del banquillo, Luke envuelto en mantas, Chiara pegada a ella con los ojos enormes de asombro.
Christopher está en el regazo de Scarlett.
Anthony pasa patinando y me golpea las protecciones. —¡Los ojos en el disco, Romeo!
—Que te den, Dudek —le respondo, pero hay una sonrisa escondida bajo la máscara.
Segundo periodo.
El otro equipo está en superioridad numérica.
El disco vuela de pala en pala. Un disparo potente atraviesa el tráfico.
Golpea el bloqueador, rebota alto, y me dejo caer en mariposa antes de que las caderas me griten tanto que me castañetean los dientes.
El dolor me recorre el muslo. Me quedo abajo un segundo extra.
La voz de Trey atraviesa el caos. —¿Estás bien?
—Sí. —Respuesta automática. Me levanto despacio, sacudiéndome. La multitud sigue enloquecida. El corazón me late como un puño contra las costillas. El cuerpo me grita que pare, pero el cerebro se aferra.
Suena la bocina. Final del tercero.
Ganamos, 3-2.
Durante un segundo, no me muevo. Me quedo ahí en la portería, el aliento empañando el aire, el ruido de la multitud desvaneciéndose en estática blanca. Este trozo de hielo está marcado, es terreno sagrado. Ha sido mi hogar más tiempo que cualquier casa que haya tenido. Y ahora lo dejo.
Los chicos inundan el hielo, los guantes me golpean el casco, los sticks me golpean las protecciones. Anthony grita: —¡Así se hace, Maddox! ¡El perro viejo todavía muerde!
El entrenador me dedica uno de esos asentimientos secos, de los que valen más que un discurso.
Pero cuando levanto la mirada, todo se inclina.
Piper está ahí, con lágrimas atrapadas en las comisuras de la sonrisa.
Luke descansa envuelto contra ella. Chiara golpea el cristal, gritando algo que no puedo oír, pero sé lo que quiere decir.
Scarlett sostiene a Christopher, el puñito de bebé presionado contra la barrera.
Golpeo el cristal. La mano de Piper se encuentra con la mía, palma con palma.
Y eso es todo.
Y así, sin más, el ruido interior, el miedo y la ira, se quedan en silencio. Cuando salgo del hielo, un niño pequeño con muletas espera para chocar los cinco, así que le doy el stick. A su padre se le cae la mandíbula al suelo. No es para tanto. Simplemente ya no lo necesito.
Entonces el locutor pronuncia mi nombre. Una última vuelta.