Epílogo
CHASE
—Oye —susurra Piper—. Estuviste increíble en el hielo. Un partido para sentirse orgulloso y un espectáculo posterior que no decepcionó.
Levanta la mano izquierda, mirando fijamente su anillo de compromiso. Cuando la envuelvo entre mis brazos, algo se libera dentro de mí. Una tensión que ni siquiera me había dado cuenta de que llevaba conteniendo.
—Tengo miedo —admito con la cara hundida en su pelo—. No de retirarme, ¿eh? De no ser suficiente cuando el hockey ya no esté.
Se aparta, con la mirada firme.
—Eres más que suficiente. Con hockey o sin él.
Sus palabras me golpean en lo más hondo. Llegan a un lugar que llevaba demasiado tiempo vacío.
—Y yo también tengo miedo —añade con voz suave—. No de la maternidad. De hundirme otra vez. De esos días en que el mundo se vuelve gris.
Le sostengo el rostro con la mano, el pulgar cálido contra su piel.
—No tienes que cargar con esos días sola.
Asiente.
—Y tú no tienes que fingir que eres inquebrantable.
—Bien. Porque no lo soy. Nunca lo fui. Solo se me daba bien disimularlo.
Nos quedamos ahí, magullados y agotados, abrazándonos como si la habitación fuera lo único que nos mantiene en pie.
Luke aplaude cuando empieza la música.
Un aplauso torpe y descoordinado. Parece que se aplaude a sí mismo por mantenerse de pie.
Por supuesto, vuelve a caer de culo sobre el pañal en cuanto suelta la mesita para aplaudir.
Tiene diez meses y está convencido de que el mundo existe para su entretenimiento.
Lo cojo en brazos antes de que lo intente otra vez y se estampe contra los muebles, y lo acomodo en mi cadera mientras Piper ajusta el lazo del vestido de Chiara.
—Cuidado —dice Piper, sonriendo por encima del hombro—. Prometiste que esta noche lo mantendrías alejado de los líos.
Le doy un beso en la cabecita peluda a Luke.
—No prometo nada, ¿eh? El crío tiene mi ADN.
Resopla.
—Lo aprendió de ti, que te saltas las normas de la hora de dormir.
—La escucha selectiva es una habilidad de supervivencia —digo.
Christopher atraviesa el salón a toda velocidad con un camión de juguete en el puño y la bolsa de pañales golpeándole la pierna. A los veintidós meses, se mueve como una pequeña bola de demolición: a tope y sin miedo.
—¡Camión! —anuncia, y lo estrella contra el sofá.
Chiara suspira como quien carga con una sabiduría ancestral.
—Chris. Lo estás haciendo mal.
—No lo estoy —responde él, aunque le sale más como «no toy», antes de embestir de nuevo.
Pillo a Piper observándolos, con una expresión suave, serena, como de paz. No la paz frágil con la que andábamos con pies de plomo al principio. La de verdad. La que se construye poco a poco, la que se gana entre el caos, los errores y el seguir ahí. Nuestras miradas se cruzan.
—¿Puedes creer que esto somos nosotros?
Echo un vistazo a la habitación. Juguetes por todas partes. Barreras de seguridad. Copas de vino a medio beber en la encimera, de amigos que ya se han marchado.
—Sí —digo en voz baja—. Más o menos.
Pone los ojos en blanco.
—Mentiroso.
Sonrío.
—Vale. A veces todavía me despierto esperando silencio.
En cambio, Luke chilla. Christopher grita. Chiara quiere saber si las princesas pueden llevar zapatillas. Esta casa no se calla nunca. Y joder si no es el mejor sonido que conozco. No lo cambiaría por una Copa Stanley. Ni por una sola.
Piper le acaricia la espalda a Luke. Su alianza atrapa la luz, sencilla y fuerte, como ella.
—¿Estás bien? —pregunta.
Asiento.
—Sí. De verdad que sí.
Se inclina y apoya la frente contra la mía durante medio segundo. Algo íntimo, solo nuestro, robado entre desastres. Luke se retuerce y estira los brazos hacia Piper. Ella lo coge sin dudar y se lo acomoda contra el pecho. Él le agarra un puñado del collar y le babea en el hombro.
—¿Ves? —dice—. Perfecto.
Piper, Luke y Chiara están acurrucados contra mí, y Christopher me golpea la pierna con su camión.
Familia.
No la que planeé.
La que me gané.
Le coloco un mechón de pelo detrás de la oreja.
—Construiremos lo que viene juntos. Sin prisa. Turno a turno.
Su mirada se suaviza.
—Sí. Juntos.
Y en ese momento, por fin lo entiendo. Da igual lo que haya perdido esta noche, estoy ganando algo más fuerte. Algo por lo que merece la pena cuidarse.
—Sí —digo, y la atraigo más hacia mí. El dolor en el pecho no es del partido—. Creo que por fin estoy en casa, ¿eh?
La serie GOLD COAST GUARDIANS continuará en el libro #3