Capítulo treinta y cuatro
CHASE
El bolígrafo rasca el papel con más fuerza de lo habitual.
Una firma. Eso es todo lo que hace falta para poner fin a veinte años persiguiendo el disco y la gloria.
El director general desliza el contrato hacia mí con cuidado, como si pudiera explotar.
—Todavía puedes pensártelo, Maddox. La Liga lo entendería si…
Niego con la cabeza.
—No. Ya está decidido. La temporada está a punto de acabar. Mejor terminar por todo lo alto.
Se limita a asentir, con la mirada fija en el escritorio, mientras mete la carpeta en una pila ya desbordada. Eso es todo. Sin anuncio. Sin discurso. Solo un nombre garabateado en una línea. El final de todo, decidido sin testigos, sellado en una oficina beige con cercos de café en el escritorio.
Afuera, la lluvia de abril cae y salpica contra el cemento.
El cielo llora. Muy apropiado. Salgo con la bolsa de lona al hombro, la rodilla rígida, la cadera dolorida.
Cada paso me recuerda por qué esto ya no es una elección.
Mi aliento forma vaho en el aire, cada exhalación tan pesada que bien podría ser una confesión.
El coche de Wanda está en la entrada cuando llego, lo que significa que Piper está en casa lidiando con los niños. A través de la ventana, la veo inclinada sobre el libro de colorear de Chiara, con el pelo caído sobre la cara y Luke botando en su cadera. El corazón me da un vuelco.
La última vez que firmé un contrato, lo celebré con whisky y una mujer cuyo nombre nunca llegué a saber.
Esta vez, me quedo plantado en el porche como un idiota, con las manos entumecidas.
Sin casco. Sin manual de jugadas. Intento averiguar cómo decirle a la única mujer que ha importado en mi vida que aquello que me hizo ser quien soy se acaba de quedar sin hielo.
Dentro, la casa huele a lasaña y plastilina. Max gatea por el suelo haciendo de caballo, con Chiara a lomos, chillando. Piper levanta la vista y sonríe, serena, dulce, puro hogar.
—Llegas tarde. ¿Todo bien?
—Sí —me sale la voz ronca—. El entrenador me ha retenido.
—¿Bueno o malo?
Me quito las botas y la chaqueta.
—Depende de cómo lo mires.
Me mira con los ojos entornados, leyendo entre líneas.
—Estás pálido. ¿Necesitas comer algo o un abrazo?
—Las dos cosas —digo, e intento sonreír sin conseguirlo del todo.
Le pasa a Luke a Max, se limpia las manos y se acerca. —¿Me vas a contar qué pasa o tengo que adivinarlo?
Meto la mano en el bolsillo y saco el bolígrafo. Es de plástico azul barato, el que me dieron para firmar los papeles del retiro. Lo giro entre los dedos. Pesa más que cualquier stick que haya sostenido en mi vida.
—Firmé —murmuro.
Frunce el ceño.
—¿Firmaste qué?
—El retiro.
La palabra queda suspendida en el aire, afilada y fría.
Piper guarda silencio y me escudriña el rostro buscando alguna señal de broma.
—¿Quieres decir después de la temporada? En el juicio dijiste que después.
—El último partido y se acabó. Sin playoffs.
Tengo un nudo en la garganta.
—Quería decírtelo cuando fuera algo seguro, cuando se sintiera real. Ya es real.
La sorpresa se le suaviza en el rostro al parpadear.
—Chase…
—No quería que nadie montara un numerito. Sin discursos, sin gira de despedida. Solo acabar la temporada, colgar los patines y seguir adelante.
Se acerca y me pone las manos en el pecho.
—Eh. Mírame.
La miro. Es lo más difícil que he hecho en todo el día.
—No te has perdido —dice—. Has cambiado de rumbo. No es lo mismo.
—No lo parece.
Curva los labios en una sonrisa triste y comprensiva.
—Es porque siempre has ido persiguiendo el siguiente partido. Quizá ya es hora de que alguien te persiga a ti durante un tiempo.
Se me escapa una risa entrecortada, a medias rota, a medias agradecida.
—¿Te estás ofreciendo?
—Ya he empezado —dice, y se aprieta contra mí rodeándome la cintura con los brazos.
Algo en mi pecho se afloja. Los viejos ruidos —entrenadores, multitudes, el golpe de los discos— se callan. Por una vez, hay espacio para algo más.
—¿Pipes? —susurro.
—¿Sí?
—Prométeme que estarás en las gradas en el último.
Ladea la cabeza con los ojos brillantes.
—¿Vas a despedirte con una blanqueada o con una pelea?
—Lo que llegue primero —murmuro con los labios rozando los suyos.
Su risa me acaricia los labios.
—Allí estaré, Maddox. Cada maldito minuto.