Capítulo treinta y uno
CHASE
Piper me encuentra en la cocina. Tiene un sobre arrugado apretado en la mano.
—Llegó certificado —dice con un hilo de voz—. De su abogado.
Lo tomo, rasgo el sello, recorro las palabras con la vista; cada línea, un golpe en el estómago. Quiere la custodia temporal y afirma que la obligué a dejarlo. Alega «angustia emocional» por la implicación de Piper.
Una oleada de calor me recorre, aguda, cegadora.
—Está mintiendo —mascullo.
—Está desesperada —susurra Piper—. Y la desesperación vuelve impredecible a la gente.
Estampo la carta contra la encimera.
—Piper, esto podría arrastrarte a ti también. Te está acusando de...
—No me importa de qué me acuse.
—Debería importarte.
Se acerca y apoya la palma contra mi esternón. El contacto me quema a través de la sudadera.
—Me importa Luke —dice con suavidad—. Y me importas tú. No le tengo miedo.
Se me cierra la garganta. La atraigo hacia mí.
—No tienes ni idea —susurro con voz ronca— de cuánto te necesito ahora mismo.
Piper se sienta a mi lado en un sofá gris y rígido en la oficina del abogado; su tobillo roza el mío cada pocos segundos, como recordándome que respire. McAllister, el abogado por el que mi agente pone la mano en el fuego, hojea una carpeta tan gruesa que podría parar un disco.
—Lo abandonó —digo con la mandíbula apretada—. Durante seis semanas.
McAllister levanta la mirada.
—Chase, el abandono juega a tu favor. El tribunal seguirá considerando opciones de reunificación a menos que demostremos que ella representa una inestabilidad constante.
Piper se tensa.
—Contacto irregular, vivienda inestable, comportamiento manipulador —continúa McAllister, dando golpecitos en el expediente—. Necesitamos más que rabia. Necesitamos documentación.
Se me revuelve el estómago.
—Rabia puedo darte de sobra. ¿Documentación...?
La voz se me quiebra sin querer.
Piper cubre mi mano con la suya.
—La conseguiremos —afirma—. Lo que haga falta.
Sus palabras me calman, me anclan de una manera que nada más consigue.
McAllister asiente.
—Construiremos tu caso pieza a pieza. Esta noche, escribe cada interacción que hayas tenido con la madre. Fechas, mensajes, todo. También necesitaré la declaración de Piper.
Piper traga saliva.
—¿Declaración?
—Usted vio al bebé abandonado en el porche, y estuvo presente cuando ella regresó aquel día en el camino de entrada —dice con suavidad—. Fue testigo de sus reacciones hacia Luke, de su estado mental. Del entorno. Es una testigo clave.
Piper resopla frustrada; el pecho se le contrae, la mandíbula se le tensa, irradiando una furia contenida. La responsabilidad cae sobre sus hombros, pesada pero aceptada. Le busco la mano y se la aprieto.
—Estamos juntos en esto.
Suelta el aire en una exhalación lenta y temblorosa.
—Todos estamos aquí para asegurarnos de que Luke esté donde debe estar.
La casa se queda en silencio; los platos se secan en el escurridor, los dibujos animados suenan de fondo desde la tableta de Chiara en la otra habitación. Piper está de pie junto al fregadero, los hombros tensos, con la mirada fija en el agua que le corre sobre las muñecas.
Sin llorar.
Sin temblar.
Solo hundiéndose.
Conozco esa postura. No es algo que admitiría en voz alta, pero yo también la he vivido. Me acerco, dejando que note mi presencia antes de invadir su espacio.
—Di la palabra —murmuro— y me encargo del turno de noche.
Inclina la cabeza.
—Tienes entrenamiento a las seis.
—He jugado con resaca, lesionado, y una vez después de una despedida de soltero en la que alguien me hizo beber tequila de un zapato. Puedo sobrevivir al cansancio.
Suelta una risa débil. Le cubro la mano con la mía. Sin arrastrar, sin tirar. Solo estar ahí.
—No estás sola —digo en voz baja—. Ya no tienes que cargar con todo tú sola.
Se recuesta despacio, deliberadamente. Deja que sostenga aunque sea una fracción de su peso.
La sostengo con firmeza, respirando con ella, dejando que el silencio se asiente a nuestro alrededor sin asfixiarnos. A veces, amar a alguien es esto. Simplemente estar.