Niñera en la zona neutral (Romance de hockey Guardianes de Gold Coast nº 2) Capítulo veinticuatro
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Capítulo veinticuatro

PIPER

La risa chillona de Chiara llena la habitación mientras Scarlett la persigue en círculos, las dos blandiendo peluches como si fuera una batalla.

Sophie está en la alfombra, con las piernas cruzadas, intentando apilar bloques con Christopher, que los derriba cada vez que pasa de tres, como si fuera su misión en la vida.

Luke duerme en su columpio, ajeno al caos.

Me hundo en el sofá, café en mano, fingiendo que esto es una tarde de juegos normal.

Solo que Sophie no deja de lanzarme miradas, agudas y traviesas.

Scarlett también se da cuenta. Frena su actuación de monstruo lo justo para dedicarme una sonrisa burlona por encima de la cabeza de Chiara.

—Entonces, Piper —canturrea, demasiado dulce, alargando mi nombre como si supiera algo que yo no—. ¿Qué tal la vida con nuestro portero favorito?

Gano tiempo dando un sorbo.

—Ruidosa. Desordenada. Hay una montaña de ropa que nunca acepté lavar.

Sophie ladea la cabeza, sonriendo como si ya supiera la respuesta.

—Ajá. ¿Y?

Me encojo de hombros, haciéndome la tonta.

—¿Y qué?

Scarlett se deja caer en el brazo del sofá, las mejillas aún sonrosadas de perseguir a Chiara, y baja la voz.

—¿Y de verdad dormís en habitaciones separadas? ¿O eso es el cuento que nos contáis a las demás?

Noto el calor subiéndome por el cuello. Intento parecer despreocupada, pero me tiembla la voz.

—Estamos... aclarando las cosas.

Sophie jadea con dramatismo, llevándose la mano al pecho.

—Traducción: sí, se han liado.

Chiara pasa zumbando otra vez, ajena a todo, mientras Scarlett sonríe como si ya hubiera ganado.

—¿Fue en el cuarto de la colada? Dime que no fue encima de la ropa limpia y doblada, Piper. Eso ya sería pasarse.

Me atraganto con el café y toso, balbuceando. Sophie aplaude y grita:

—¡Fue en el cuarto de la colada! Se pasa allí medio día. ¡Dios mío, lo sabía!

—¡Shhh! —siseo, mirando hacia Chiara y Christopher, pero la verdad es que están en su mundo. Me arde la cara. Scarlett se inclina hacia mí, con los ojos como platos, y susurra:

—Entonces... ¿estuvo bien?

Casi le tiro la taza a la cabeza.

—¡Scarlett!

Se encoge de hombros, fingiendo inocencia.

—¿Qué? Necesito información. Para... la ciencia.

Sophie arquea las cejas.

—Venga, Piper. Conozco a Chase de toda la vida. Todas conocemos la chulería, el numerito de canadiense gruñón. Pero ¿cómo es cuando se quita los guantes?

Aprieto los labios, luchando contra la sonrisa traidora que amenaza con escaparse. Que Dios me ayude, el recuerdo de su boca sobre mí, cómo se aseguraba de que estuviera bien con cada caricia, cómo me susurraba al oído. Scarlett suelta un gemido, leyéndome como un libro abierto.

—Ohhh, es bueno. ¡Mírale la cara! Está radiante.

—No estoy radiante —murmuro, dejando la taza para no derramarla.

Sophie sonríe con suficiencia.

—Vale, guárdate tus secretos. Pero que sepas que todo el equipo tiene apuestas sobre cuánto vais a aguantar con la farsa antes de admitir que estáis juntos.

Chiara se sube a mi regazo, riéndose.

—Mami tiene la mejilla roja.

Scarlett casi se cae del sofá de la risa mientras Sophie dice:

—Los niños siempre dicen la verdad.

Hundo la cara en los rizos de Chiara, deseando que me trague la tierra. Pero incluso con la vergüenza, hay una chispa por debajo. Algo que todavía no estoy preparada para nombrar.

Scarlett todavía se está secando las lágrimas cuando la puerta trasera chirría. Juke entra primero disparado, las uñas repiqueteando en el suelo, la cola girando como una hélice de pura alegría. Luego entra Chase, sudoroso del entrenamiento.

Todo queda en silencio un instante. Tengo las mejillas ardiendo. Scarlett me mira con cara de diablilla. Sophie intenta esconder la sonrisa detrás de la taza, pero se le da fatal.

La mirada de Chase va de mí a los niños, que se ríen, a las dos mujeres con sonrisas de culpables pilladas in fraganti. Arquea una ceja, despacio y deliberado.

—¿Qué me he perdido? Parece que vosotras os lo estáis pasando mejor que los chicos y yo.

Scarlett no duda ni un segundo.

—Solo le estábamos preguntando a Piper cómo eres cuando... te quitas los guantes.

Le lanzo a Scarlett una mirada que podría derretir el acero, rogando en silencio que me trague la tierra.

El corazón me late con fuerza y noto el calor de la vergüenza bajándome por el cuello.

Chase, tan tranquilo como siempre, se limita a sonreír, y mi traicionero corazón da un vuelco que me deja sin palabras.

—¡Scarlett!

Sophie se atraganta con el café, resoplando.

—Dios mío.

Chase se para en seco, clavando la mirada en mí. Le tiemblan los labios como si estuviera conteniendo una sonrisa. Luego se vuelve hacia las chicas, impasible:

—Bueno, depende de la noche. A veces soy de los de dos penalizaciones. A veces juego limpio.

Scarlett suelta una carcajada. Sophie se sacude de risa. Seguramente estoy del mismo color que los dibujos de Chiara.

—Deja de darles cuerda —murmuro, pero Chase se limita a encogerse de hombros y se dirige a la cocina como si nada fuera con él.

—Pipe, ¿te pongo café? —pregunta, tan tranquilo.

—Oh, definitivamente es bueno —susurra Scarlett, acercándose.

Le doy un codazo tan fuerte que suelta un grito, pero no puedo evitar que se me escape una sonrisa. Chase se vuelve justo a tiempo para pillarla, y una sonrisa le curva los labios antes de desaparecer en la cocina.

El salón estalla en nuevas carcajadas, los niños gritando como si también estuvieran en el ajo. Se me revuelve el estómago, mitad muerta de vergüenza y... la verdad, mitad algo parecido a la alegría.

Más tarde, la casa está en silencio. Todos se han ido, aunque el eco de las risas aún parece flotar entre las paredes. Los niños por fin están acostados. Estoy en el fregadero, enjuagando biberones, cuando oigo pasos firmes a mi espalda.

—Sobreviviste al interrogatorio, ¿eh? —Chase se apoya en la encimera, con esa media sonrisa torcida que me desafía a reaccionar.

Dejo el biberón en el escurridor con más fuerza de la que pretendía.

—Tú no ayudaste.

Se ríe sin más, con esa risa grave y tranquila, como si provocarme fuera su pasatiempo favorito.

—¿Qué, querías que me quedara ahí plantado sin decir nada mientras me interrogaban sobre mi... resistencia?

Mis mejillas arden. Demonios, siento el calor bajándome hasta el cuello.

—¡Sí! Eso es literalmente lo que deberías haber hecho.

Chase se aparta de la encimera y se acerca. Tan cerca que puedo oler el jabón en sus manos. Me quita el último biberón, lo enjuaga y lo coloca en el escurridor, pero sus ojos no se apartan de los míos ni un momento.

—Te estabas poniendo tan roja que pensé que te ibas a desmayar —dice en voz baja—. Quise quitarte un poco de presión.

—Ah, ¿confirmando todo lo que estaban insinuando? —me sale la voz temblorosa, a medio camino entre el enfado y la vergüenza.

Inclina la cabeza, con los ojos brillantes y divertidos, pero penetrantes.

—¿Mentí?

Me limito a mirarlo fijamente, con las palabras atascadas en algún punto entre mi cerebro y mi boca. El aire se vuelve denso. Mi corazón late tan fuerte que juro que puede oírlo. Sabe exactamente lo que está haciendo, y lo peor es que está disfrutando cada segundo.

—Chase... —me sale suave, más como una súplica que otra cosa.

Se inclina hacia mí, una mano apoyada en el fregadero, la otra alzándose para apartarme un rizo húmedo de la mejilla. Sus nudillos son ásperos contra mi piel, curtidos por los guantes y la cinta del stick.

—Pipe, que pregunten lo que quieran. Solo una persona sabe realmente la verdad... —su boca está tan cerca que siento su aliento—. Esa eres tú.

Las rodillas me flaquean. Me agarro a la encimera, con los nudillos blancos, intentando mantener la compostura. La cocina está en silencio, pero dentro de mí todo es estática.

—Me vuelves loca —susurro.

Su expresión se suaviza, un poco menos afilada, más auténtica.

—Bien. Lo mismo digo.