Capítulo veintitrés
CHASE
El pasillo parece una zona de guerra. Cereales por el suelo. Pinturas aplastadas bajo un pie en calcetín. El pelo de Piper recogido en un moño desastroso, Luke retorciéndose contra su pecho.
Cojo las llaves del mostrador.
Mis piernas tiran hacia el garaje.
Necesito salir.
Necesito aire.
Quiero escapar.
—¿Chase? —la voz de Piper se quiebra entre el caos.
Me quedo paralizado.
Su cara no muestra enfado. Ni decepción.
Es incluso peor. Está dolida.
—No —murmuro entre dientes, apretando las llaves—. Esta vez no, pedazo de imbécil.
Dejo las llaves y doy un paso hacia ella. Parpadea como si no pudiera creer lo que ve.
—Dime qué hago —digo.
Sus hombros se relajan, la tensión se escapa como un suspiro contenido.
—Sostenlo mientras limpio esto.
Luke llega a mis brazos, cálido y suave, todavía imposiblemente pequeño con sus seis meses. Se acurruca contra mí y se acomoda casi al instante.
Como si... confiara en mí.
Piper lo ve. Le brillan los ojos y se muerde el labio.
—Gracias —susurra.
No me echo atrás.
Me quedo.
El gimnasio huele al batido de proteínas de hace una semana que Max derramó, que «limpió» con una toalla que ahora está hecha una bola en el suelo. Mañana viene Wanda; lo dejará todo en orden.
Las pelotas de tenis golpean la pared en rápida sucesión. Izquierda, derecha, izquierda, luego dos a la vez. Pillo una en el aire, fallo la siguiente. Rueda bajo el banco, burlándose de mí.
El vigilabebés crepita desde el banco detrás de mí. Luke todavía no se ha despertado. Gracias a Dios. Después del biberón de las cinco, volvió a dormirse como un campeón.
Una pelota en cada mano, me recoloco. Ojos fijos en el blanco.
Y entonces una voz, pequeña y seria, detrás de mí:
—¿Estás jugando o peleando con bichos invisibles?
Me quedo paralizado a medio lanzamiento y me giro despacio.
Chiara está ahí plantada con su camisón de unicornio, brazos cruzados, mirándome como si ya me hubiera calado y yo estuviera a punto de catear su examen sorpresa.
Juke se sienta pacientemente a su lado, tal como ella le ha enseñado.
Juro que mi perro y esta cría están más unidos de lo que él y yo lo estuvimos jamás.
—Es para el hockey —le digo.
Ladea la cabeza.
—No tienes stick.
Levanto las pelotas de tenis como si fueran la prueba de una verdad superior.
—Es para las manos. Reflejos, bichilla.
—¿O sea que estás jugando al balón prisionero con fantasmas?
—Se llama coordinación ojo-mano, bichilla.
No pierde el ritmo.
—Estás perdiendo.
Abro la boca, no me sale nada, así que solo digo:
—Lárgate con tu pijama criticón. Y mete a Juke en casa.
Entra sin inmutarse.
—¿Puedo jugar?
—No. Entrenamiento de mayores.
—Pero soy rápida.
Entrecierro los ojos.
—Tienes cuatro gominolas pegadas al calcetín, Key.
Baja la mirada.
—A lo mejor me gusta llevarlas ahí.
Juro que esta cría tiene algo de duende.
Una pelota rebota en la pared. Golpea una foto enmarcada del equipo y me da en un lado de la cabeza. Juke sale disparado y pilla la pelota al vuelo.
Chiara resopla.
—¿Tus ojos no coordinaron eso?
—Fuera.
—Oblígame.
—Ve a lavarte los dientes.
—Ya lo he hecho.
—Otra vez.
—No tengo dos bocas.
Piper está apoyada en el marco de la puerta, brazos cruzados, con los labios temblándole como si estuviera aguantando la risa.
—¿Disfrutando del espectáculo? —pregunto.
Sonríe.
—Tendrías que verte la cara.
Chiara se gira, toda ufana.
—Mami, se cree que está en las Olimpiadas.
Piper la coge en brazos y le da un achuchón.
—Está entrenando duro, cielo. A tope, como los papás. Key, ve a vestirte. No puedes vivir en pijama eternamente.
Chiara me señala.
—Necesita más práctica.
Arqueo una ceja.
—¿Me estás ofreciendo clases particulares?
—Solo si me compras un helado.
Piper se tapa la boca para ocultar la risa.
¿Y yo?
Las veo alejarse, el mejor amigo del hombre siguiéndolas como un traidor con mi pelota. Chiara parlotea sobre cascos de portero de unicornios, Piper me mira por encima del hombro con esa sonrisa.
Justo entonces, me olvido de todos los ejercicios de reflejos. Porque ya he atrapado algo imposible.
Un recuerdo se cuela en mi mente: la noche en que Piper y yo hicimos el amor aquí mismo, en el gimnasio. Se entregó a mí. Después, acurrucada en mi regazo, suave y agotada, la sostuve durante lo que parecieron horas. La mimé en la bañera, como si hubiéramos estado juntos desde siempre.
Nunca pensé que seríamos tan perfectos juntos.
Me lo quito de la cabeza, me dejo caer en una sentadilla con la barra cargada con más peso del que debería arriesgar. Los cuádriceps me arden, las caderas protestan, pero no me detengo.
Una más.
Y otra.
Quedarme quieto no parece una opción.
Mi contrato termina esta temporada. Las rodillas me odian. No me estoy viniendo abajo. Estoy entrenando.
El sudor me cae en los ojos y me nubla el cronómetro de la pared. Me levanto de la sentadilla. Cuando suelto la barra, el estruendo es tan fuerte que Juke ladra desde el cuarto de servicio.
—Cállate, bobo —le gruño al perro.
Me limpio la cara, agarro una pesa rusa y me lanzo a hacer zancadas mientras me equilibro sobre un Bosu. La pierna izquierda me tiembla. La ignoro.
Fuerza. Equilibrio. Poder. Control.
Si ya no puedo defender mi portería en el hielo, me construiré una nueva aquí mismo.
Repetición tras repetición, machaco la duda.
Hago estocadas, giro, me dejo caer al suelo para rotaciones de tronco con un disco. Los levantamientos turcos me dejan sin aliento. Por supuesto, es justo entonces cuando aparecen los chicos, todos unos capullos, hasta el último.
—¿Estás loco?
Gruño.
—¿Eso es nuevo?
—Estás sudando como un pecador en la iglesia.
Le hago un corte de mangas sin mirar.
Cierra la puerta, murmurando algo sobre llamar a mi fisioterapeuta antes de que me hernie toda la columna. Max tiene buenas intenciones, pero es joven y solo lleva dos años en esto. No tiene ni idea de lo que se siente cuando estás en la recta final.
Así que sigo.
Porque si paro, tendré que admitir que esto se acaba cuando termine la temporada y expire mi contrato.
—Entonces, ¿vas a casarte con mi hermana o qué?
—Yo no... Nosotros no...
Max se apoya en la barra, con manchas de sudor extendiéndose por la camiseta.
—¿No me digas que no te estás enamorando de una mujer que hace que tu casa huela a pan recién hecho y consigue que tu hijo no llore en toda la noche, Madman?
Le lanzo una mirada fulminante.
—No estoy...
Pero la mentira se me atraganta.
Porque lo estoy.
Piper está en cada rincón de mi mente. Cuando cocina, tararea. Cuando se ríe demasiado fuerte, resopla. Le habla al bebé como si entendiera física cuántica, y de alguna manera, parece que la entiende. Me dobla la ropa como si importara. Como si yo importara.
—Joder —susurro.
Trey me da una palmada en el hombro.
—Ahí está.
Anthony silba.
—Nuestro chico está pillado.
Agarro la barra como si pudiera anclarme al suelo. El acero está frío. Familiar. Limpio.
—Ella no es mía —digo.
—Tampoco es que no sea tuya —contraataca Max—. Ya la miras como si fuera tu segundo tiempo entero.
—¿Podemos concentrarnos en ganar al hockey por una vez, chicos?
—Es domingo, me estoy tomando un día de descanso —dice Fuze, dejándose caer en el sillón reclinable del otro extremo del gimnasio. No puedo evitar volver a pensar en tener a Piper allí, en mi regazo.