Capítulo Veintiuno
PIPER
La cocina huele a sándwich de queso a la plancha y sopa de tomate.
Los reyes de la comida reconfortante, vamos.
Perfecta para niños que se niegan a dormir la siesta.
Sinceramente, lo único que quiero es meter la cara en la olla y esconderme ahí.
Christopher está en su trona, pintando un Van Gogh con compota de manzana.
Chiara está sentada en la encimera, balanceando las piernas y «ayudándome» a cortar fresas, que en realidad significa comerse la mitad.
De pronto, un portazo, y el golpe de una bolsa de deporte cayendo donde no debe.
Chase entra con pinta de recién duchado.
Solo que parece que acaba de perder una pelea contra el universo.
El ceño fruncido, las mejillas coloradas, pero no por el calorcito de la cocina.
Murmura un «hola» sin mirarme, va directo a la nevera y se bebe media botella de agua.
—Llegas tarde —digo, limpiándole el zumo de fresa de los dedos a Chiara—. ¿Qué tal el entrenamiento?
—Sí.
Esta versión de Chase es nueva. Es el tipo callado y hermético que desaparece en el garaje y no sale hasta que la cena se ha quedado fría.
Es raro. Anoche se me acercó por detrás mientras yo estaba en el fregadero, bromeando sobre las decoraciones de Halloween que siguen puestas para Acción de Gracias.
A veces me roza la espalda con la mano, como sin querer, pero a mí se me funde el cerebro.
Pensé que después de aquella noche en el hotel habíamos llegado a algo estable.
Pero lo único que tengo es este lío de sentimientos y ninguna respuesta.
¿Quién necesita claridad cuando tiene caos?
Chase está distante. No paro de preguntarme si le gustó siquiera lo que pasó entre nosotros. Me está volviendo loca, la verdad.
La cuchara de Christopher cae al suelo y Chase, que es un armario, la recoge tapando la luz de la cocina un segundo. Le devuelve la cuchara a Christopher sin mirarme.
—¿Has cenado ya?
—Todavía no —digo—. Te estaba esperando.
Niega con la cabeza.
—No me esperes. No tengo hambre.
Siento una punzada rara en el pecho, aguda y confusa. ¿Estoy enfadada? ¿Dolida? Las dos cosas, seguramente.
—¿Vas a esconderte en el gimnasio otra vez esta noche?
Se pasa los dedos por la cabeza, evitando mi mirada.
—Tengo cosas que hacer.
Chiara interviene desde la encimera:
—¿Trabajas con coches ahí dentro? ¿O con monstruos?
Eso le arranca una sonrisa mínima.
—Ni lo uno ni lo otro, peque. Solo yo y mis pesas.
Lo observo, intentando ver más allá del muro que ha levantado. Aquí hay algo más que ejercicio o ganar músculo. Estoy atrapada en el limbo. ¿Le planto cara? ¿O me quedo aquí cociéndome en este lío?
Más tarde, cuando los niños por fin están dormidos (pequeño milagro), me preparo un té.
Oigo un golpe sordo en el garaje. Son las pesas, no música.
Cómo no. Con el vigilabebés en la mano, me quedo parada en la puerta.
Parte de mí quiere dejarlo tranquilo. Pero soy demasiado cabezota para eso. Así que abro y entro.
Han convertido el cuarto garaje en un gimnasio con espejos por todas partes.
Equipo profesional, suelo de goma, y ese olor a sudor, metal y tufo a hockey.
Chase está sin camiseta, con el sudor cayéndole por la espalda mientras agarra una barra.
La levanta por encima de la cabeza y la sostiene, los músculos en tensión.
Luego la deja caer con un estruendo que me hace dar un respingo.
—Joder, Chase, ¿qué te pasa? —le suelto casi ladrando, con la voz rasposa.
Me lanza una mirada con los ojos muy abiertos, en carne viva, con destellos de agonía casi insoportables. Y entonces vuelve la máscara. Como si estuviera guardando el derrumbe para otro momento.
—Pipe, ¿qué haces aquí?
—¿Y tú qué? ¿Qué haces TÚ aquí? —me apoyo en la barra de dominadas con los brazos cruzados—. Es más de medianoche.
—Tengo que mantenerme en forma para el partido, ¿no? No puedo permitirme aflojar ahora.
—Chase, ya has tenido un entrenamiento completo hoy. Puedes pasarte. Sobre todo si piensas darle el biberón a Luke a las cinco de la mañana.
Resopla pero tarda en contestar. Se limpia la cara con una toalla. El pecho agitado. Ya no queda armadura en su mirada, solo agotamiento.
—El contrato acaba esta temporada. Ya no me muevo como antes. Tengo las caderas y las rodillas destrozadas, y yo... —se calla, negando con la cabeza—. Da igual, solo... haz como que no has oído nada.
Las palabras caen entre nosotros, pesadas como los hierros del suelo. Me quedo ahí, parpadeando, intentando recuperar el aliento. Cuando por fin reacciono, me sale una pregunta sin pensar. Debería morderme la lengua, pero no lo hago.
—¿Por qué crees que machacarte así va a arreglar algo?
Suelta una risa amarga.
—¿Y qué quieres que haga, eh? Aparece un bebé en mi puerta, y ahora el equipo está listo para soltarme. Es como si todo se me escapara de las manos, Pipe. He llevado a este equipo a tres Copas Stanley. ¿Cómo voy a rendirme?
Ahora mismo, Chase es un hombre derrotado. La confesión ha borrado su bravuconería habitual. Se enfrenta a algo que escapa a su control.
Me aparto de la encimera y me acerco. Le pongo la mano en el brazo y noto el calor eléctrico bajo su piel. Está que echa chispas, con los músculos temblando como si fuera a romperse y salir corriendo, pero se queda.
—No estás solo en esto, ¿sabes? Déjame ayudarte, por favor.
Se gira hacia mí y nuestras miradas se encuentran. Una emoción le cruza los ojos... ¿alivio, quizá? Pero está enterrada bajo el miedo. Se queda ahí, su respiración pesada llenando el silencio entre nosotros, y me deja ver la verdad. Está quieto, paralizado en el momento, y parece una decisión.
—No lo estás perdiendo todo. Estás cambiando. No es lo mismo.
Levanta la mano y, con un gesto vacilante, me roza la mandíbula con los dedos, bajando hasta la clavícula. Su mirada me deja sin aliento.
Se detiene, quedándose a un suspiro de distancia, como si estuviera calculando una escapatoria. Uno, dos segundos, ¿voy a salir corriendo? Ni de coña.
¿Su beso? Este no es el tío que suelta bromas y va de tranquilo.
Este es él perdido, aferrándose a mí como si yo fuera su único salvavidas.
Me envuelve con esos brazos descomunales, pura intensidad y calor.
Se siente como ser reclamada, no enjaulada.
Sinceramente, no querría estar en ningún otro sitio.
El sabor a sal perdura en el punto donde sus labios se abren paso entre los míos. Su aliento se estremece contra mi boca. Se aparta lo justo para murmurar con voz ronca: —Ya no sé qué estoy haciendo, Pipe. Pero sé que necesito esto. Te necesito. ¿Me dejas tomar el control?
Algo se quiebra dentro de mí. ¿Puedo ayudarle a sentirse mejor dándole el control sobre algo, sobre mí?
Me apunto sin dudarlo. Le dedico un asentimiento cómplice mientras las chispas me recorren las venas.
Deslizo los dedos por su cuero cabelludo y lo atraigo hacia mí.
Me agarra por debajo de los muslos y me sube al banco como si no pesara más que una pluma.
Mis manos recorren sus hombros, explorando ese paisaje de músculos definidos.
Se ha pasado la vida entera siendo el muro que nadie conseguía atravesar. Por fin está aquí por completo. Vulnerable. Conmigo.
Y le cedo el control por voluntad propia.
Su beso se intensifica. Su boca devora la mía, penetrante, reclamándome, dominándome.
Me trago el gruñido profundo que emite, que me vibra por todo el cuerpo.
Se echa hacia atrás, con los labios entreabiertos, como atrapado entre palabras y deseos.
Por un momento es una estatua, toda mandíbula cincelada y sombras bajo las luces parpadeantes del gimnasio.
Mi aliento ha desaparecido, puf, como si me lo hubiera robado.
Y sus pupilas son una tormenta. Salvajes y hambrientas, pero tan abiertas que se nota que lo desea y se odia a sí mismo por ello.
—Quítate la camiseta, Pipes. Déjame verte.
Me quito la camiseta y el sujetador deportivo de un tirón. Chase sonríe.
—Apóyate en los codos y agárrate a los lados del banco.
Obedezco, y él se inclina sobre mí para arrancarme las mallas y la ropa interior, dejándome desnuda ante su mirada.
—¿Confías en que puedo darte un placer que supere tu imaginación más salvaje?
—Confío en ti completamente.
La satisfacción en su rostro no tiene precio. Verlo así, tan poco después de la desesperación que vi hace un momento, es todo lo que siempre he querido.
Chase me arrastra las caderas hacia delante sobre la superficie, abriéndome las piernas hasta que las rodillas me quedan a la altura de las orejas.
—Agárrate —ordena, y me coloca los brazos alrededor de los muslos.
Después, me sujeta cada tobillo a la barra que tengo encima con una banda elástica.
Mi coño y mi culo quedan totalmente expuestos, a su merced, palpitando de necesidad.
Su lengua desciende, pasa sobre mi clítoris, se hunde en mi coño húmedo, y luego baja aún más.
Los ojos se me ponen en blanco ante la deliciosa intrusión.
Chase sabe que está llevándome al límite...
así que me pregunta si estoy bien después de cada movimiento.
Las mejillas me arden, pero no quiero que pare, así que asiento.
Nunca ha sido así. Tan intenso, tan salvaje, llevándome al límite una y otra vez.
La punta de su lengua se hunde en mí, y gimo mientras estiro las manos más allá de mis muslos temblorosos para abrirme para él, necesitándolo más adentro.
Sus dedos ascienden hasta mi clítoris expuesto, trazando círculos y deslizándose sobre él un segundo para penetrarme al siguiente.
No cede, no se apresura. Me devora como si estuviera famélico, como si esto fuera lo único que lo mantiene vivo.
No existe nada más que su lengua perversa, esos dedos implacables, y esta tormenta salvaje y eléctrica que me azota.
Me desplomo contra el asiento, temblando, con el sudor enfriándose sobre mi piel.
Chase levanta el rostro, con la boca brillante de la prueba de lo que ha hecho.
—Has sido muy buena para mí, Pipe —murmura mientras me suelta las ataduras de los tobillos.
Me tiende la mano para que me levante, y me pone en pie de un tirón, haciéndome girar.
Me presiona entre los omóplatos, indicándome que me incline sobre la barra con el banco sosteniéndome el torso.
Su dedo índice me acaricia la columna de arriba abajo.
Me vuelvo para verlo dejar caer los pantalones cortos al suelo y contemplar su erección, gruesa y dura.
Chase se agacha con una ligera mueca de dolor.
—¿Estás bien? Podemos cambiar de postura —le ofrezco.
—Estoy mejor que nunca gracias a ti. —Y con ambas manos me separa los muslos aún más—.
Tan preciosa. Rosada y toda mía, ¿eh? —Desliza el dedo desde lo alto de mi sexo hasta el clítoris, provocándome.
Sé que puede ver de cerca la prueba de mi excitación.
Lame siguiendo el mismo camino que su dedo, y después pasa su polla, haciéndome gemir.
Se hunde en mí de una sola embestida poderosa, llenándome hasta el fondo. Mi grito rebota en las paredes. El estiramiento quema y estremece a la vez, y cada nervio se enciende.
—Joder —gruñe.
—Se siente... Joder, se siente irreal.
Se retira y vuelve a hundirse en mí con más fuerza, haciendo traquetear el metal debajo de nosotros.
Me agarro a los bordes para sostenerme mientras su ritmo aumenta, intenso y castigador.
Sus manos me sujetan las caderas, feroces y exigentes.
Estoy casi segura de que mañana tendré marcas, como un recuerdo secreto.
Con cada embestida, chispas estallan a lo largo de mi columna mientras mi cuerpo se contrae, ávido, apretándolo más fuerte, arrastrándolo más adentro.
—Oye —su voz atraviesa la neblina, puro terciopelo ronco y autoridad—.
Mírame. —Me agarra el pelo con el puño y me tira hacia atrás, con la brusquedad justa.
De repente, no tengo más remedio que mirarlo a los ojos, que arden con algo salvaje, como si me desafiara a apartar la vista (como si pudiera).
El calor se enrosca en mi vientre, tensándose, y las piernas me tiemblan, inútiles.
—Chase... Dios mío... —Las palabras me salen entrecortadas, sin saber siquiera qué estoy pidiendo.
—Te tengo, Pipe —dice con los dientes apretados, embistiendo más fuerte mientras me rodea el vientre con el brazo.
El sudor le resbala por el cuerpo, los músculos del cuello tensos y marcados, y sus ojos se pierden en una neblina ardiente.
Me vuelvo, agarrándome al banco otra vez, y empujo hacia atrás, y la fricción gloriosa me deshace.
El clímax me desgarra, violento e imparable.
Grito su nombre, estremeciéndome, mientras las oleadas me golpean una y otra vez.
De su boca escapan sonidos profundos, reales y crudos con cada embestida mientras alcanza su liberación, todo su cuerpo sacudiéndose.
—¡Este hombre sabe follar!