Capítulo Dieciséis
PIPER
La temporada de hockey irrumpe sin más, sin piedad.
La bolsa de equipo de Chase se ha instalado de forma permanente junto a la puerta.
Un trasto negro enorme que siempre huele un poco a sudor y cuero viejo, por mucho que intente ventilarlo.
La nevera es otro desastre aparte: calendarios, horarios, todo pegado con imanes al azar, lleno de flechas y círculos de todos los colores.
Noches de partido, entrenamientos temprano, compromisos con la prensa, lo que sea, todo está ahí.
A veces me siento como si viviera con un general, solo que su mundo entero gira en torno al horario de la pista, no al horario militar.
Entrena seis días a la semana, sin excepciones.
Y los domingos, cuando yo daría lo que fuera por un descanso, Chase desaparece en el gimnasio de casa.
Oigo las pesas golpeando, el chasquido de las bandas de resistencia, el zumbido monótono de la bicicleta, todo.
Está ahí dentro, machacando su cuerpo hasta darle forma.
A veces Max entra a fastidiarlo, narrando jugadas inventadas desde la cinta de correr, pero Chase sigue adelante solo.
Sudor por todas partes, dientes apretados, como si pudiera ganarle al tiempo y a las lesiones a base de puro esfuerzo.
Nunca hablamos de lo que pasó en el cuarto de la lavadora.
Ni una sola vez. Queda ahí entre nosotros como un músculo distendido que duele si aprietas demasiado, mejor dejarlo estar.
Para mí, es vergüenza. ¿Para él? Quizás sea esa extraña habilidad que tiene para leerme, para saber cuándo no estoy preparada.
O tal vez el hockey hace tanto ruido que ahoga todo lo demás.
Porque, sinceramente, el deporte se lo come vivo.
Llega a casa tarde, con el cuerpo dolorido, los ojos rojos de tanto mirar grabaciones de partidos.
Come de pie junto a la encimera, con una mano llevándose comida a la boca y la otra pasando vídeos de porteros rivales.
Intento charlar, contarle cosillas sobre Chiara o Luke, pero su cabeza siempre anda persiguiendo discos en otra parte.
Hace un ejercicio raro con los ojos que lo hace parecer un loco.
Como si siguiera con las pupilas a una abeja que le zumba alrededor de la cabeza.
Sabía que salir con un atleta profesional, o lo que sea esto que tenemos, no iba a ser sencillo.
Lo que no esperaba era que la temporada se colara en cada rincón de nuestras vidas, que nuestros días latieran al ritmo del calendario del equipo.
A veces me pillo fulminando con la mirada el tablero de imanes de la nevera como si fuera la otra.
El hockey se lo lleva todo: sus horas, su cuerpo, su concentración.
A mí me deja las sobras. Quizás una sonrisa fugaz al llegar.
Un asentimiento distraído cuando le cuento que Chiara ha dibujado otra vez a Juke, o un gruñido cuando le digo que Luke por fin ha dormido dos horas seguidas.
Y sin embargo, no consigo odiarlo. Algunas noches me quedo junto a la puerta del gimnasio, observándolo mientras hace otra ronda de sentadillas, con las venas marcadas en los brazos, el sudor cayéndole por la cara. Simplemente. No. Para. Y tengo que admitirlo: hay algo hermoso en eso.
Se entrega al deporte de una forma en que no creo que se haya entregado jamás a una persona. Su encanto magnético fuera del hielo nace de esa disciplina, de esa tenacidad. Pero también es lo que lo mantiene encerrado.
Cuando por fin se deja caer en el sofá, mando a punto, ya viendo más grabaciones de partidos, me siento dividida. Una parte de mí quiere zarandearlo por no verme. Otra parte solo quiere acurrucarse a su lado y absorber algo de ese fuego.
Es un desastre, la verdad. Admiro a Chase Maddox con locura. Pero desearía que, aunque fuera solo una noche, soltara un poco el hockey y me viera de verdad, aquí mismo.
Esta noche es igual que siempre. Está hundido en el sofá, con el portátil abierto, el vídeo parpadeando en su cara. Hombros encorvados, manos apoyadas en las rodillas, parece que espera un disparo invisible.
Doblo la ropa en la mesa, apilando los pequeños leggings de Chiara sobre las camisetas de Max, las sudaderas de Chase en otro montón. Mis manos se mueven solas, pero la mirada se me va hacia él una y otra vez. Ni se entera.
Algo dentro de mí se quiebra. Estoy harta de esperar, harta de ser invisible.
Dejo la cesta y me acerco, descalza sobre la madera. No levanta la vista hasta que me dejo caer en el sofá a su lado. Parpadea, sorprendido, como si acabara de saltar a la pista en mitad del partido.
—¿Qué haces? —pregunta con voz ronca, distraído.
Meto una pierna debajo del cuerpo y me acerco hasta que mi hombro roza el suyo.
—Solo intento entender qué tiene de fascinante ver a hombres enormes darte golpes una y otra vez.
Suelta una risa corta y seca.
—No es eso, Pipe. Estoy estudiando.
—¿Estudiando? —le doy un toque en la pierna con la rodilla—. Pues a mí me parece más bien ignorar.
Su mirada se posa en mí, y por un instante reconozco al hombre bajo la armadura. El cansancio. La necesidad. Me estremece.
Le agarro la muñeca y le aparto la mano del portátil.
—Chase. Has estado en el hielo, en el gimnasio o pegado a esta pantalla cada segundo desde que empezó la temporada. Pero no estás solo en esta casa. No lo olvides.
Durante un largo momento me mira fijamente, con la mandíbula tensa, como si estuviera decidiendo si apartarme de un empujón o atraerme hacia él. El aire entre nosotros vibra, cargado.
Entonces cierra el portátil de golpe. La oscuridad engulle la pantalla.
—Vale —dice con voz ronca—. Ya tienes mi atención.
El corazón me late con fuerza. Esperaba que se molestara, que me mandara a paseo. No esto.
—Bien —susurro—. Porque estoy aquí mismo.
Es como si por fin me viera.
Sus dedos flotan cerca, a solo unos centímetros de los míos sobre el cojín. Sus nudillos rozan la tela, el calor palpita entre nosotros. El peso de su mirada me clava en el sitio. Se me tensa el cuerpo, se me seca la garganta.
—Pipe —dice, y la forma en que mi apodo le sale de dentro hace que se me revuelva el estómago—. No lo entiendes. No puedo tomarme esto a medias. Si aflojo, aunque sea un segundo, estoy acabado, ¿vale?
Sus palabras me pinchan con la verdad, pero no me aparto.
—¿Y si te consumes en el proceso? ¿Entonces qué? ¿Quién te levanta del suelo?
Casi sonríe, o quizás es más bien un gruñido.
—Ese no es tu trabajo.
Debería irme sin más. Dejarlo que se entierre en vídeos y ejercicios interminables. Pero no lo hago. Mi mano se queda ahí, lo bastante cerca para notar cómo le tiembla la pierna, tensa.
—Sigues diciendo que no es mi trabajo —susurro—. Pero me dejas acunar a tu hijo hasta que se duerme a las tres de la madrugada. Me dejas cocinar en tu cocina. Dejas que mi hija llene tu casa con sus crayones y peluches. Es como si ya hubieras decidido que el trabajo es mío.
Aprieta los dientes. El silencio se alarga, denso y pesado.
Al final me levanto del sofá antes de que la tensión me parta en dos. Me tiemblan las rodillas mientras agarro la cesta de la ropa, fingiendo que tengo algo que hacer. —Voy a, eh, guardar esto.
A mi espalda, lo oigo rascarse la barba áspera con las uñas. Murmura palabras que no alcanzo a entender.
Pero no me llama.
Y eso, de algún modo, duele más que cualquier cosa que pudiera decirme.
Chase cierra la puerta del dormitorio de un portazo. El eco me atraviesa el pecho y no puedo quedarme de brazos cruzados. Entro directamente en su habitación y lo alcanzo mientras cojea hacia el baño, con la mandíbula tensa, negándose a mirarme. Me quedo en el umbral. —Chase... háblame.
Sus hombros se tensan. —Estoy bien.
—No lo estás.
Se gira, y la irritación le cruza el rostro como un fogonazo. —No necesito una enfermera, Pipe.
Las palabras duelen más de lo necesario.
Porque tocan una herida que no menciono. El miedo a ser solo una conveniencia. Temporal. Reemplazable.
—Solo intento ayudar —susurro.
—Pues deja de intentarlo.
Ve cómo me estremezco. Abre la boca, quizá para disculparse. Pero deja que el silencio se lo trague.
Algo dentro de mí se quiebra. Una pequeña astilla.
Tan pequeña que él no la nota.
Pero lo bastante afilada como para que yo no pueda ignorarla.
El rugido de la multitud sacude todo el edificio. Nunca había sentido nada igual, con todos los asientos ocupados, todo el mundo de pie, el lugar vibrando mientras Chase patina hacia la portería.
Chiara está sentada a mi lado, abrazando un cubo de palomitas casi más grande que su cabeza, mientras Christopher, en el regazo de Scarlett, nombra todo lo que sabe decir.
Luke duerme ajeno a todo, chupándose el diminuto pulgar.
El estadio se cierra a mi alrededor, un muro de sonido que me golpea el cráneo.
Key salta y vitorea. La multitud ruge en oleadas.
La visión se me nubla por una fracción de segundo. La mano de Scarlett aprieta la mía. —¿Estás conmigo?
Asiento, aferrándome a su mano, al frío metal de la barandilla, al ritmo de mi respiración. Me mantengo en el presente, intentando no perder el control. Me agarro a la barandilla que tengo delante, incapaz de dejar de sonreír cuando cae el disco.
Chase es una muralla.
Cada parada vuelve a encender el estadio. Está concentrado, totalmente metido en el juego. Sus movimientos precisos hacen que parezca que nació para esto. Cuando atrapa el disco en el aire con el guante, siento que el pecho me va a explotar.
Scarlett salta gritando: —¡Ese es nuestro portero! ¡Así se hace, Madman! —Se hace bocina con las manos.
Me uno a ella, gritando su nombre, porque se lo merece. Porque estoy orgullosa.
Al final del segundo período, su equipo va ganando.
Patina hacia el banquillo con el casco echado hacia atrás y el sudor corriéndole por la barbilla.
Por una fracción de segundo, nuestras miradas se cruzan.
Sonríe, y algo salta entre nosotros. Esa sola mirada me provoca más que el rugido de dieciocho mil aficionados. Pero en el tercer período, algo va mal.
Se coloca en posición, se desliza a la izquierda, pero no se incorpora bien del todo.
La pierna le falla, tiene la cadera rígida.
Intenta disimularlo, se impulsa hacia arriba, pero yo me doy cuenta.
Se me hace un nudo en el estómago. Termina el período, pero está más lento, con la zancada irregular.
Suena la bocina y el estadio estalla en celebración.
Todo el mundo de pie. Los niños gritan. Los adultos golpean el cristal.
Scarlett levanta a Chiara y la hace girar mientras corea el nombre de Chase como si fuera una canción.
Pero yo sé que algo va mal. Veo el dolor en sus rasgos mientras se inclina hacia un lado y desaparece en el túnel.
Recojo las cosas de los niños y guío a todos escaleras abajo. Me aseguro de que Chiara mire por dónde va. —Parece que Chase se ha hecho daño —dice Scarlett, lanzándome una mirada para que Key no se entere. La lesión de Chase destrozaría a Key porque está muy apegada a él.
—Mejor no se lo menciones hasta que estéis a solas —añade Scarlett—. Los hombres son unos críos a la hora de admitir que algo les duele.
En el pasillo, después, reina el caos. Jugadores, periodistas y reporteros se empujan por conseguir una declaración.
Me abro paso entre ellos con Scar justo detrás, con los niños.
Chase sale del vestuario, empapado, con la mandíbula firme como la piedra.
El fisio le pisa los talones, hablando en voz baja.
—Tienes que descansar esa cadera, Chase. Lo digo en serio. Si sigues forzándola, te arrepentirás.
—He dicho que estoy bien. —La voz de Chase es cortante y atraviesa el ruido.
El fisio suspira. —Ya no tienes veinte años. Escúchame antes de que sea demasiado tarde.
Chase se vuelve hacia él con los ojos encendidos. —He dicho que estoy bien. Déjalo ya, ¿vale?
Los periodistas se dispersan. El fisio levanta las manos y se aleja.
Doy un paso adelante. —Chase... —Su mirada se clava en la mía, y el fuego que veo en ella me detiene. Por un instante, creo que se ablandará, que me dejará acercarme. Pero pasa de largo, tenso, con los músculos rígidos, dejándome fuera.
Max aparece desde el vestuario y murmura en voz baja. —Está cabreado. No te lo tomes como algo personal.
Pero es personal. Lo vi luchar contra ese dolor, y ahora ni siquiera me mira.
No consigo quitarme de encima el escalofrío que me recorre por debajo de la adrenalina y los vítores. Algo se está resquebrajando bajo la superficie, y me aterra que nunca me deje acercarme lo suficiente para ayudarle.