Capítulo Quince
CHASE
La vida es diferente después de la barbacoa.
Hacemos cosas en grupo, como llevar a los niños al parque.
Ni siquiera me doy cuenta de que está pasando hasta que me pillo sonriendo mientras hago algo distinto, como llevar un portabebés en lugar de una bolsa de hockey.
Las ruedas del cochecito crujen sobre la grava mientras Piper empuja a Christopher hacia los columpios, y los rizos de Chiara rebotan al saltar.
—Mami, ¿vais a ir todos al parque sin mí mientras estoy en el colegio? —pregunta Key.
—No te preocupes, cariño, esperaremos hasta que llegues a casa por la tarde —responde Piper.
Luke protesta en su portabebés a mi lado, con la cara roja pero aguantando, y Max corre por delante con Juke como si dirigiera un calentamiento.
—¡Yo primero en los columpios! —grita Max, señalando como un idiota.
Chiara chilla: —¡Yo lo pedí primero! —y sale corriendo tras él; sus zapatitos repiquetean contra el camino.
Piper se ríe y asiente.
—Cualquiera diría que tengo tres hijos, no dos.
El verano está volando, y Key empezó el colegio ayer.
—¿No le gusta su nuevo colegio?
—No, le encanta, pero siente que se pierde cosas en casa mientras está fuera. Es normal... siempre tenemos mucho jaleo.
La miro; la brisa le levanta mechones de pelo y se los agita sobre la mejilla. Se los aparta, sonriendo, y no puedo apartar la mirada. Me aclaro la garganta y me cambio el portabebés a la otra mano.
Nos hacemos con un banco cerca del área de juegos. Anthony y Sophie aparecen un minuto después: Sophie con cafés en una bandeja, Anthony dándole toques al balón con la rodilla como si no pudiera estarse quieto. Juke le ladra reclamando el balón.
—Eh, Madman —grita Anthony, señalando a Luke con la cabeza—. ¿Llevas al portero novato de paseo?
—Cuidado —digo—. Ya grita mejor que tú marcas.
Eso me arranca una carcajada, incluso de Piper. Luke gorjea como si pillara el chiste.
Max impulsa a Chiara en el columpio, empujándola cada vez más alto hasta que sus chillidos atraviesan el aire. Piper se incorpora a medias del banco, con la preocupación pintada en la cara.
—¡Max, no tan alto!
—Está bien —grita Max, sonriendo como un maníaco—. Un poco de adrenalina forja el carácter.
—O conmociones cerebrales —murmuro, apretando el asa del portabebés.
Piper me sonríe con suficiencia.
—¿Vas a intervenir, portero?
Me dan ganas de ir hasta allí y frenar a Max. Pero la risa de Chiara resuena, luminosa y sin rastro de miedo, y Piper se recuesta de nuevo en el banco, bebiendo su café. Aflojo el agarre.
Luke se inquieta, agitando sus diminutos puños, así que mezo el asiento con el pie. La rodilla de Piper roza la mía cuando se inclina. El calor de su cuerpo me resulta familiar, como estar en casa, y observo la curva de su sonrisa en lugar del columpio.
—No está tan mal, ¿eh? —susurra.
Vuelvo la mirada hacia Luke, que se va calmando con el movimiento.
—Sí —digo, con la voz más ronca de lo que pretendía—. Nada mal.
Anthony me pasa el balón con el pie.
—Vamos, Madman, apuesto a que no le das más de dos toques sin tropezar.
Resoplo.
—Tío, paro discos de caucho congelado que vienen a ciento sesenta por hora. ¿Crees que no puedo con un balón?
En cuanto me da en la rodilla, rebota hacia un lado como si le diera alergia. Sophie escupe el café de la risa. Anthony se dobla en dos. Piper se tapa la boca, con los hombros temblándole.
—Callaos —gruño, persiguiendo el balón fugitivo por el césped. Las rodillas me protestan por el giro brusco, pero lo paro con el pie y se lo devuelvo de un disparo. Anthony lo recibe con el pecho, suave como la seda, y se lo sube al muslo como el fantasma que es.
—¿Ves, idiota? —dice—. Tú eres todo manos. Nada de pies.
—Menos mal que me pagan por usar las manos, ¿eh?
—¡Esa boca! —dice Piper, aunque se le escapa una sonrisa.
Chiara saluda desde lo alto del tobogán.
—¡Chase! ¡Mírame!
Se lanza sin dudarlo, aterrizando en el mantillo. Antes de que pueda reaccionar, ya está de pie, sacudiéndose las mallas y riéndose. El corazón todavía me da un vuelco.
Max sonríe con suficiencia desde detrás del columpio.
—Mejores reflejos que tú, Maddox.
—Sí, vale —murmuro, pero cuando Chiara vuelve a subir, me acerco. El tobogán chirría bajo ella mientras se desliza de nuevo. Me agacho abajo y la atrapo en el aire. Su chillido se intensifica y se agarra a mi camiseta.
—¡Otra vez! ¡Otra vez!
Su risita me vibra contra el pecho, y algo se afloja dentro de mí. La dejo en el suelo y le quito virutas de corteza del pelo. Piper nos observa con la mirada dulce, una mano en el asiento de Luke, la otra en el cochecito de Christopher, como si sujetara a los dos bebés a la vez.
—Oye, ¿puedes llevarme al baile de padre e hija? No tengo papá.
—Eh, ¿estás segura de que me quieres a mí en lugar del tío Max?
—El tío Max no es papá, pero tú sí, de Lukey. ¿Lo harás?
—Claro, si tu mamá dice que está bien.
—Oh, lo dirá. Creo que le gustas.
No puedo evitar sonreír como un tonto de remate. El corazón me acaba de crecer dos tallas. Key me coge de la mano y volvemos al banco. Le echo un vistazo a Piper. Sigue mirándome, con los labios curvados como si acabara de descubrir algo. Aparto la mirada primero. Tengo un nudo en la garganta.
Desde un carrito cercano, el aroma de los cacahuetes tostados llega con una brisa húmeda. Me duelen los músculos, me arden los pulmones de tanto correr —más de lo que he corrido fuera del hielo en meses—, pero por una vez, no tengo ganas de marcharme.
Por fin conseguimos arrear a los niños y al perro hacia el camino, aunque «arrear» es mucho decir. Max lleva a Chiara a hombros, con los dedos de ella tapándole los ojos mientras él da vueltas en círculos, haciéndose el ciego. —¿Dónde estoy? ¡Que alguien me guíe!
—¡Ten cuidado, no te caigas! —grita Piper entre risas mientras empuja a Luke en el cochecito.
—¡Tío Max, vas a chocarte! —chilla Chiara, encantada.
—No con mi copiloto —dice, y gira a la izquierda, casi dándole a Anthony con el brazo.
—Cuidado, Stevens —gruñe Anthony, sujetando el balón de fútbol bajo el brazo. Sophie se ríe a su lado, dando sorbos a su café como si estuviera viendo teatro en directo.
Fuze va detrás, rasgueando un riff en esa maldita guitarra que lleva a todas partes. Desentona con Chiara cantando «Let It Go» a voz en grito y desafinando, pero a nadie le importa.
Llevo a Christopher en un brazo; el niño balbucea tonterías contra mi camisa mientras sus puñitos me estrujan el cuello de la camiseta.
Pesa más de lo que parece, pero es cálido, sólido.
De vez en cuando grita «¡Perrito!» a Juke, que trota a nuestro lado moviendo la cola como si fuera parte del desfile.
La gente nos mira al pasar: un portero, un grupo de jugadores de hockey, tres mujeres con dos niños y un cochecito, más un crío colgado de mi cuello. Yo también miraría. Somos el caos con patas, un titular de prensa a punto de estallar.
Pero en lugar de querer esconderme, me descubro sonriendo. Piper mira hacia atrás y me pilla en el acto, y no me importa en absoluto. Sí, la vida después de la barbacoa es diferente. Muy diferente.
El frigorífico zumba como si respirara a su lado. El olor de la leche de fórmula se mezcla con el de las galletas recién hechas. Doméstico. Familiar. Peligroso, porque huele a hogar.
Piper está descalza sobre las baldosas, con los rizos cayéndole por la espalda y una cadera ladeada mientras agita un biberón.
Luke se remueve en sus brazos, el puñito golpeteando la camisa de ella mientras tararea una melodía tan baja que parece latir entre respiraciones.
La luz la baña en dorado, con un halo tenue que no pertenece a mi cocina ni a mi vida.
No se da cuenta de que estoy en la puerta. Podría quedarme aquí toda la noche, viéndola mecerse de un lado a otro, susurrándole al bebé con ternura.
Cuando por fin se desliza por el pasillo, la sigo a distancia como un cobarde.
Se mete en la habitación de Chiara. La luz de noche le tiñe el pelo de cobre mientras se sienta con las piernas cruzadas sobre la alfombra, con un libro de piratas en las manos, cambiando de voz en cada línea.
—¡Arrr, pequeño monstruo marino! —gruñe, y Chiara estalla en carcajadas y hunde la cara en un unicornio de peluche.
La risa resuena por el pasillo y llega hasta donde estoy, con los brazos cruzados, fingiendo que no sonrío como un idiota.
Mi casa solía sonar como un mausoleo. Wanda, la señora de la limpieza, pasaba la aspiradora esquivando el desorden mientras fingía no juzgar el rastro de ropa y cajas de comida a domicilio.
Llegaba a casa y solo había el repiqueteo de las uñas de Juke en el suelo y el quejido de la puerta del frigorífico al abrirla para encontrar cerveza y mostaza.
Ahora es un caos. Las zapatillas de Chiara golpean contra las paredes mientras Max canta «Sweet Caroline» a todo pulmón como si estuviera haciendo una audición para el karaoke.
Un camión de bomberos de plástico me embosca el pie de camino al baño.
La risa de Piper se entreteje con el ruido; suena a vida.
Y, sinceramente, es un circo. No voy a fingir que todo es de color de rosa.
La medianoche cae a plomo. El grito de Luke atraviesa la oscuridad como un cañonazo en la prórroga.
Me incorporo aturdido, con el corazón desbocado.
Piper ya está de pie, con los rizos sueltos y la camiseta de tirantes resbalándole por un hombro.
Me pone al bebé en los brazos y susurra: —Toma. Te necesita.
El niño es tan pequeño que me tiemblan los dedos al intentar sostenerlo. Su mejilla descansa contra mi pecho y su calor me traspasa la camisa. Deja de llorar, así sin más. Su respiración se estabiliza, y la mía no.
Max complica las cosas. Es el alivio cómico, lo quiera yo o no. Se pavonea con un trapito de bebé, describiendo cada cambio de pañal como si fuera un comentarista deportivo. —¡Damas y caballeros, Maddox pierde la toallita! —grita, agitando un pañal como una bandera—. ¡Error de novato total!
—Sigue así y te toca hacer la colada —advierte Piper, y le lanza una toalla.
Chiara chilla de risa y la caja de zumo se derrama sobre la mesa. Debería estar volviéndome loco, pero en cambio me descubro pensando que esta podría ser la mejor clase de locura.
Los chicos siguen apareciendo como si vivieran aquí.
Fuze se ríe, rasguea la guitarra y canta desafinando a propósito, hasta que a Piper se le sale el vino por la nariz.
Anthony entra tan tranquilo y llama a Luke «Pequeño Portero».
Trey y Scarlett traen cazuelas que nadie come pero todos fingen que les gustan.
Sophie y Anthony se esconden en las esquinas a cuchichear, fingiendo que no están saliendo.
Mi casa solía resonar como una cueva vacía. Y ahora es un circo. Un circo ridículo, ruidoso y perfecto. No lo cambiaría por nada.
Y en medio de todo esto, Piper siempre está ahí, pero nunca estorba.
Nuestras manos se rozan al alcanzar la misma cuchara y algo se me engancha en el pecho.
Echa la cabeza hacia atrás y se ríe cuando destrozo las voces en el cuento de buenas noches de Chiara.
A veces se apoya en la encimera, inclinada hacia delante, y juro que cada músculo de mi cuerpo se tensa para no agarrarla.
Tío, septiembre me pilla desprevenido cada maldito año.
Un momento tengo el sudor del final del verano en el cuello, y al siguiente las hojas están cambiando de color y me estoy poniendo más ropa para entrenar.
Los novatos empezaron una semana antes en el campamento de pretemporada.
El silbato del entrenador me taladra el cráneo en los entrenamientos largos.
El frío del estadio se me cala en las caderas antes de haberme atado los cordones.
En el primer partido de pretemporada, Piper está ahí en las gradas.
Chiara va envuelta en un jersey, con las mejillas rosadas, y agita los dos brazos como si intentara llamarme desde el otro lado de una autopista.
Luke duerme en su portabebés, con el gorrito ladeado sobre su pelusa de bebé.
Christopher está en el regazo de Piper, y ella tiene esa expresión tierna, esa que ni siquiera sabe que pone cuando está orgullosa.
La multitud ruge durante el calentamiento y me ajusto la máscara. Las luces estallan sobre mi cabeza. El corazón me late con fuerza contra el protector del pecho. Cae el disco y ¡bang!, tiro bloqueado, el segundo sale desviado. Mi mundo se reduce a la portería, pero por una vez, no está vacío.
La veo de reojo, cerca del cristal. Piper.
Mi mundo solía terminar cuando sonaba la bocina. Ahora me espera en las gradas, envuelta en una manta, saludando como si fuera dueña de los latidos de mi corazón.
Y por primera vez, el partido ya no parece lo único que importa.