Capítulo Trece
CHASE
Hay demasiadas cosas pasando como para seguirles el ritmo.
Max está dando la vuelta a las hamburguesas como si estuviera haciendo una audición para un programa de Food Network, con mucho movimiento de muñeca.
Chiara lo dirige desde la mesa del patio con su portapapeles oficial con purpurina y una tiara que debió de encontrar en las profundidades del bolso de Piper.
Christopher anda por ahí a trompicones con sus pequeñas zapatillas deportivas y las mejillas pegajosas.
Agarra un muffin de pan de maíz a medio comer como si le fuera la vida en ello.
Trey tiene a Scarlett acurrucada bajo el brazo junto a la fogata, ambos riéndose de alguna historia que Anthony está contando, probablemente sobre el caos del vestuario que juró no repetir jamás.
Sophie está en el sofá de dos plazas junto a ellos, sosteniendo a Luke como si fuera a salir corriendo con él por la verja.
Ha asumido el papel de madrina y trata cada una de sus expresiones faciales como si fuera noticia de última hora.
¿Y yo?
Aquí estoy, pinzas en una mano, salsa en la otra, intentando no perder la cabeza.
Solo puedo pensar en el cuarto de lavado. Joder, hasta mis rodillas maltrechas cooperaron.
Piper.
Su sabor. Cómo se dejó llevar conmigo. Como si hubiera estado conteniendo esa tensión durante años.
Echo un vistazo al patio y la veo ayudando a Christopher a limpiarse la sandía de la barbilla. Fuze está a la sombra tocando la guitarra, cantando canciones country e inventándose letras graciosas sobre hamburguesas y bebés, lo que la hace reír.
Ella pertenece aquí. Esa es la peor parte. La quiero aquí. Todos los puñeteros días. Algo dentro de mí quiere hacer cosas por ella, por sus hijos. Buscar maneras de que se sientan en casa, de que quieran quedarse.
El entrenamiento para la próxima temporada empieza a principios de semana.
Si Piper se va, necesitaré una niñera o guardería para Luke.
Se ha encariñado con ella… joder, ella lo está amamantando.
No se iría mientras él siga así. Se me ocurre una idea, y pienso ponerla en práctica a la mañana siguiente.
Piper levanta la vista y nuestras miradas se cruzan.
Me golpea como un puñetazo limpio en el torso.
Todo.
Cómo se derrite cuando sonríe. Las pecas que le salpican las mejillas. Todavía puedo saborear esos labios.
Sus dedos rozan los rizos de Christopher mientras le limpia el jugo del nacimiento del pelo. Él chilla e intenta esquivarla, pero ella lo atrapa y se lo coloca en la cadera con total naturalidad.
Esa imagen de ella sosteniéndolo, sonriendo a pesar del agotamiento, rodeada de comida, amigos y música, me retuerce algo por dentro.
No creía que esta vida estuviera escrita para mí.
Un bebé. Un patio trasero. Y una mujer en la que no puedo dejar de pensar.
Pero está aquí. Justo delante de mí.
—Tío —Trey aparece a mi lado con una cerveza fría y una ceja levantada—. Madman, la estás mirando como si fueras a pedirle matrimonio en el postre.
—Cállate —murmuro, golpeando el fondo de la botella de salsa barbacoa con más fuerza de la necesaria.
Scarlett se une a él, equilibrando un plato en un brazo.
—No se equivoca, Madman. Tienes esa mirada.
—¿Qué mirada, eh?
Ella sonríe.
—Como si estuvieras medio enamorado y muerto de miedo por ello.
—No le busquéis tres pies al gato, ¿vale?
Intercambian una mirada.
—Demasiado tarde —dice Trey, y le da un trago a su cerveza.
Scarlett se aleja con una sonrisa de suficiencia.
—Joder, hablad de cualquier otra cosa. ¿Queréis?
—Vale —dice, con la mirada fija en el cielo que se apaga—. Saltémonos la parte en la que finges que no quieres hablar de ello.
—¿Hablar de qué?
Me mira de reojo.
—No te hagas el tonto, tío. Piper.
Suelto un largo suspiro.
—Tú y Scarlett planeasteis toda esa emboscada, ¿verdad?
—Qué va, eso fue puro instinto. Tenías «enfermo de amor» escrito por toda la cara.
Niego con la cabeza y miro hacia el patio. Juke está roncando debajo de la terraza. El olor a carne asada y a verano flota en el aire. Todo está en calma. Excepto yo.
—No sé qué es —admito—. Todo va muy rápido. Apenas la conozco.
Trey no responde de inmediato. Le da un sorbo a su cerveza y la menea como si estuviera dándole vueltas al asunto.
—¿Te acuerdas del club después de ganar la copa? —pregunta finalmente.
—¿Qué pasa con eso? ¿Te refieres a cuando mi vida era mucho más simple?
—Cállate, ahora estoy hablando de mí.
Me da un capón. Le lanzo una mirada que dice: inténtalo otra vez y esta noche te mueres. Se ríe.
—Scarlett todavía llevaba la bota en el tobillo.
Sophie la convenció de venir al club a celebrar con nosotros.
Los paparazzi la rodearon en la entrada y le fue imposible llegar a la puerta.
Llegué justo a tiempo. Tropezó y la pillé al vuelo.
Solo de pensar que aquella masa de gente pudiera pisotearla me dio un dolor agudo en el esternón.
Desde ese momento, por muy borde que se pusiera…
iba a protegerla. Tío, me enamoré hasta las trancas, pero me lo negué a mí mismo y a todos los demás durante días.
Sé perfectamente lo que te pasa por la cabeza.
Deja la cerveza y se inclina hacia delante, con los codos sobre las rodillas.
—No era por su estatus de estrella de cine —se pasa los dedos por el pelo—. Era su voz cuando me replicaba, su sonrisa, cómo contoneaba el culo cuando se alejaba cabreada. Cómo ponía los ojos en blanco con mis intentos de hacerla reír, pero se reía igual.
Asiento en silencio.
—Me di cuenta de que el amor no siempre aparece despacio. A veces entra, echa la puerta abajo y te desafía a seguirle el ritmo.
Lo miro.
—¿Así de fácil, eh?
Resopla.
—Qué va. Luché contra ello. Me dije a mí mismo que no estaba preparado. Pero tío... ya estaba pillado. Mucho antes de admitirlo y seguirla por todo el país para hablar con ella.
Se me tensa la mandíbula.
—¿Crees que yo estoy pillado?
Se encoge de hombros.
—Eres el único que no se da cuenta.
Clavo la mirada en el cerco de humedad que se forma bajo mi botella.
—No es solo ella. Son los niños. El lío. Los pañales, el pasado y... Luke.
—¿Y qué?
—¿Y si la cago?
Trey se recuesta y suelta el aire por la nariz.
—La cagarás. Seguro. Pero eso no significa que no debas estar ahí de todas formas.
Asiento pensativo.
—Ella no busca la perfección —añade—. Busca que estés presente. No dejes que piense que sigues dándole vueltas cuando ya lo tienes claro.
La puerta mosquitera chirría a nuestra espalda. La risa de Piper llega flotando, suave y queda, y algo en mi pecho responde sin mi permiso.
Trey se levanta y se estira.
—Scarlett dice que tengo cinco minutos para ayudar con los platos o duermo en el jardín.
Me aprieta el hombro.
—No esperes, tío.
Luego se va, dejándome solo en la terraza con una cerveza, un corazón que no se calma y una mujer ahí dentro de la que quizá ya me esté enamorando.
A la mañana siguiente me levanto temprano. Me digo que solo voy a salir a por pañales.
Ese es el plan.
Simple.
Pero a mitad de camino, la expresión cansada de Piper me asalta. La tensión que intenta ocultar tras esa voz alegre y firme. Cómo sostuvo a Luke anoche. Un intento de mantenerlos a ambos con los pies en la tierra.
Se me encoge el pecho. Y el volante gira solo.
No hacia el supermercado.
El destino es la enorme tienda de bebés, que parece el infierno con luz fluorescente. Aparco entre dos todoterrenos con pegatinas de «Bebé a bordo» y murmuro:
—Has sobrevivido a los penaltis de Dillingham, Maddox. Puedes sobrevivir a esto.
Las estanterías se pierden en el infinito. Me quedo paralizado en la entrada como un novato esperando instrucciones.
—¿Primera vez? —pregunta una empleada. Tiene más o menos mi edad, coleta, sonrisa amable que deja claro que ha visto a hombres como yo entrar medio muertos de miedo.
—Eh... sí —me meto las manos en los bolsillos—. Necesito... cosas.
—¿Para el bebé?
—Y... para la niñera —añado—. Pero no es lo que parece.
Me paso la mano por la cara.
—Bueno, eh, no es mi niñera. Ya no. O sea, eh, vive conmigo. Con nosotros. Con los niños.
La empleada asiente despacio.
—Vale. Entonces... ¿qué cosas?
Suelto el aire.
—Necesito un sacaleches.
Parece que ayudar a hombres despistados es su deporte favorito.
—Por aquí —dice, llevándome hasta una pared de cajas con tubos y piezas que parecen instrumental médico para extraterrestres.
—¿Esto es peligroso? —pregunto.
Se ríe.
—Solo para tu cartera. Este es el mejor, y además tiene función de calor.
La imagen de Piper amamantando a Luke ayer sigue grabada en mi memoria. Su respiración, cómo le hablaba en voz baja, y la culpa que le asomaba al rostro, como si estuviera traicionando a alguien al ayudarlo.
Lo menos que puedo hacer es facilitarle las cosas.
—¿Este es... bueno? —pregunto.
Su risa resuena por el pasillo.
—Te irá bien. ¿Algo más?
—Quiero juguetes, y también cosas educativas, ¿vale?
—¿Cuántos niños?
—Tres. Dos mayores. Uno pequeñito.
Asiente como si eso lo explicara todo.
—Vale. Sígueme.
Pasamos por pasillos de chupetes, bodies y peluches. Algo tonto se me hincha en el pecho cuando cojo un conejito azul pastel para Luke. La empleada ladea la cabeza.
—Qué mono.
—La niña pequeña. Se llama Chiara. Está obsesionada con hacer preguntas y pintar con purpurina. Le va a encantar. A Christopher también le toca regalo.
Antes de darme cuenta, el carrito está lleno de pañales, biberones, toallitas, juguetes, mantas, vitaminas y un portabebés ergonómico.
No pienso.
No planifico.
Simplemente actúo.
Y entonces me golpea la revelación, en medio del pasillo de alimentación, mientras mis dedos se cierran en torno a un paquete de paños para eructar.
Esto no es por el niño.
Es por ella.
Por Piper.
Su forma de entrar en mi casa hizo que dejara de parecer una cueva.
Sostiene a Luke como si importara de verdad.
Me mira como si fuera a pillarle el truco a esto de ser padre en vez de salir corriendo.
La opresión en el pecho vuelve a aparecer. Podría ser acidez. O algo más.
Ella merece ayuda. Ayuda de verdad. No promesas a medias.
La dependienta vuelve con un montón de folletos informativos. —Lo está haciendo bien —dice.
Suelto una risita. —No me has visto con un pañal de recién nacido.
—Da igual. Usted vino. Eso es más de lo que hace la mayoría.
Agarro el asa del carrito con tanta fuerza que cruje.
El cielo está dorado cuando termino de cargar las bolsas en la camioneta. Me cuesta tres viajes, y durante todo el camino a casa, el sacaleches va en el asiento del copiloto como una declaración que nunca pensé hacer, pero me parece bien.
Ella está aquí.
Ella carga con todo el peso.
Lo mínimo que puedo hacer es poner de mi parte, o al menos intentarlo.
Dios, espero que sea suficiente.