Niñera en la zona neutral (Romance de hockey Guardianes de Gold Coast nº 2) Capítulo ocho
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Capítulo ocho

PIPER

Me despierto con Christopher intentando meterme el dedo en la oreja. Todavía está rodeado de almohadas y quiere salir de la cama. Le agarro el dedo y hago como que voy a mordérselo. Se ríe.

Qué raro que me sienta tan bien esta mañana habiendo dormido tan poco.

Es como si mi vida hubiera cobrado un nuevo sentido.

Contárselo a Chase anoche fue un gran paso para superar mi ansiedad.

El destino me ha dado otro propósito además de ser la madre de Chiara y Christopher.

La soledad que sentí cuando Max se mudó aquí a Chicago para jugar con los Guardians ha desaparecido.

En poco tiempo, he pasado de la devastación a la esperanza.

Chiara también se está dando cuenta. Está cantando con su programa de televisión en la sala, algo que hacía antes de perder nuestra casa.

Percibió mi angustia, aunque no supiera nada de la depresión.

Por mucho que intentara ocultarlo, es la niña más inteligente y empática que conozco.

Entonces llega la sorpresa del día. Chase entra en la cocina con unos pantalones cortos de pijama que básicamente parecen ropa interior masculina. Lo primero que veo es su paquete, y mi mente va directa a la admiración. Incluso me excito un poco. Pero igual de rápido, me enfado.

—Chase, tenemos que establecer algunas reglas básicas si Key y yo vamos a quedarnos aquí.

No tiene ni idea de a qué me refiero y se sirve una taza de café.

—Claro, ¿qué tienes en mente, eh?

Cuando se gira hacia mí, no puedo evitar mirarle la entrepierna para que capte la indirecta.

—Oh, joder. ¿Estos no están bien, entonces?

Tirando de la cinturilla, se ajusta los pantalones cortos, empeorando la situación. No puedo evitar esbozar una sonrisa.

—No pensé que fueran tan malos... perdona.

—Es solo que estás demasiado... ya sabes —siseo.

—Nunca he tenido quejas de ninguna mujer sobre mi cuerpo. Al menos no de este tipo.

Ve que me está poniendo nerviosa. Y su sonrisa sexy solo hace que me arda la cara.

—Baja la voz.

Me doy la vuelta para recomponerme y lo suelto rápido:

—¿Puedes ponerte ropa interior cuando esté mi hija delante para que todo quede en su sitio?

Deja la taza de café y se acerca por detrás. La cosa se pone peor a medida que se aproxima. Lo confirmo cuando me susurra al oído, con su cuerpo peligrosamente cerca de mi trasero:

—No hay nada en este mundo que no hiciera por ti, Pipe. Lo sabes, ¿verdad? Vuelvo enseguida, ¿vale?

—Y ponte una camiseta también, por favor.

Sonríe con suficiencia.

—¿Eso es por Key o por ti, eh?

La sala de exploración huele a desinfectante de manos, como todas las consultas de pediatría que he visitado.

Chiara está contando los patitos de goma del estante superior como si estuviera en una búsqueda del tesoro.

Hemos dejado a Chris con su tío Max. Luke descansa en mis brazos, con los ojos entrecerrados mientras termina de dormitar entre las manos suaves de la Dra. Kwan.

—Tiene buen aspecto —afirma con una sonrisa cálida—. El color es excelente. El tono muscular es apropiado para su edad. Hay una ligera deshidratación, pero nada urgente. Sigan con tomas pequeñas cada dos o tres horas.

Asiento aliviada y noto cómo algo se afloja en mi pecho.

—Gracias —respondo mientras le acaricio la mejilla a Luke con el pulgar.

Chase carraspea.

Levanto la vista hacia él. Durante todo el examen se ha mantenido de pie, yendo de un lado a otro, cada paso cargado de tensión contenida.

—Hay, eh... una cosa más, doctora —dice.

La Dra. Kwan levanta la vista de su tableta.

—Claro. ¿De qué se trata?

Vacila.

—Me gustaría hacerme una prueba de paternidad. Para Luke, quiero decir.

La sala se queda en silencio. Solo se oye a Chiara balanceando las piernas. Me quedo inmóvil.

La mirada de la Dra. Kwan va de Chase a mí, frunciendo el ceño.

—Perdone... ¿una prueba de paternidad?

Chase señala a Luke con la barbilla.

—Alguien lo dejó en mi puerta, así sin más, ¿eh? Con una nota diciendo que soy el padre. Un certificado de nacimiento con mi nombre. Y ni una palabra de la madre. Tengo que estar seguro, ¿sabe?

La Dra. Kwan parpadea.

—Ya... veo.

Me mira a mí, luego a Chiara, y vuelve a mirarme.

—Asumí que ustedes dos estaban... bueno, ¿no están juntos?

—¡Oh! No. No, no estamos juntos —me apresuro a aclarar mientras cambio a Luke de posición en mis brazos—. No soy la madre del bebé. Estoy ayudando mientras Chase aclara todo esto. Chiara es mi hija.

Señalo con la cabeza hacia Key, que ahora parece fascinada con un pingüino de peluche.

—Entiendo —comenta la Dra. Kwan, que aún parece algo confundida aunque intenta disimularlo—. Aquí rara vez hacemos pruebas de paternidad, pero puedo derivarlo a un laboratorio que sí las hace. Les tomarán muestras de ADN a usted y a Luke, y los resultados suelen tardar unos días.

Chase asiente.

—Gracias, doctora.

—¿Se pondrá en contacto con los Servicios de Protección de Menores si la prueba de ADN no coincide?

Nuestras miradas se cruzan y, por un momento, algo incómodo y punzante se instala entre nosotros.

No porque esté equivocado al preguntar. Lo entiendo.

Pero oírle decir esas palabras en voz alta, verlo mirar a Luke como si ya estuviera levantando un muro...

Y luego la doctora sacando el tema de los Servicios de Protección de Menores... Duele más de lo que debería.

—La verdad es que no había pensado en eso. Vi el certificado de nacimiento y supuse que Luke era mío. Aun así, tengo que estar seguro... por su bien, ¿eh? Si hay otro padre por ahí que debería estar en su vida, deberíamos averiguarlo.

Se encoge de hombros.

La Dra. Kwan da por concluida la visita y programa un seguimiento para la semana siguiente. Cuando se va, me toca el brazo.

—Está haciendo mucho para estar en su situación —susurra—. Cuídese, tanto emocional como físicamente.

Esbozo una sonrisa forzada. —Necesita a alguien. Eso es todo.

Pero la verdad resuena más fuerte en mi mente mientras abrocho a Luke en su sillita. Chase parece haber decidido que necesitar pruebas equivale a no estar preparado para la verdad.

No lo culpo. No del todo.

Pero una parte de mí sufre por Luke de todos modos. Y por Chase también.

Porque diga lo que diga la prueba, ese bebé ya tiene un padre.

Está justo ahí.

Chase abre la puerta principal con una mano, equilibrando la sillita de Luke en la otra. Entro detrás, y Chiara pasa junto a nosotros dando saltitos, tarareando una canción que se inventa sobre la marcha acerca de peceras y doctoras con zapatos bonitos.

En cuanto la puerta se cierra con un clic, suelto un enorme suspiro que me calma.

Luke durmió casi toda la cita. La Dra. Kwan dijo que se veía sano, lo que debería haberme aliviado, pero lo único que siento ahora es agotamiento envuelto en desesperación. Está ganando peso. Está bien por ahora.

Luke llora antes de que termine de dejarlo en la cuna. Un llanto agudo y penetrante que me golpea en el estómago. Me duelen los brazos de todo el día. De sostenerlo, levantarlo, mientras finjo que mis entrañas no se están deshaciendo hilo por hilo.

La habitación de invitados de Chase es excesivamente ordenada. Demasiado silenciosa. Demasiado espaciosa. Las paredes devuelven el eco de los quejidos de Luke, y el silencio entre sus respiraciones se tensa como una cuerda de violín.

Me quedo aquí, con las palmas apoyadas en el borde de la cuna, intentando recomponerme. Intentando no hundirme.

La puerta cruje.

—¿Necesitas algo, Pipe? —la voz de Chase llena el espacio, baja y cautelosa, como si temiera que fuera a salir corriendo.

Niego con la cabeza, pero me arde la garganta. —Estamos bien. Está agotado.

Se apoya en el marco de la puerta, sin agobiarme, dándome el espacio que no tenía palabras para pedir. Mira a Luke, luego a mí, y sus ojos se llenan de una ternura que va más allá de la preocupación.

—No tienes que cargar con todo sola otra vez esta noche —dice—. Llevas días tirando de reservas, ¿eh?

Intento reírme, pero se me aprieta el pecho. —Avísame la próxima vez antes de ponerte poético.

Su sonrisa se desvanece cuando el llanto de Luke se agudiza.

Me tiembla la respiración. Odio esta parte: cuando el llanto me destroza la compostura.

Levanto a Luke y lo acuno mientras su pequeño cuerpo tiembla de agotamiento. El mío tiembla con todo lo demás. Apoyo la mejilla contra su suave cabello y me muevo, inestable, como si caminara sobre una cuerda floja en lugar de calmar a un bebé.

Chase entra ahora, lento, cuidadoso.

—¿Estás bien?

Trago saliva. —No lo sé.

La verdad queda suspendida entre nosotros. Pesada. Cruda. Demasiado honesta y no lo bastante honesta a la vez.

Se le tensa la mandíbula. —Dime qué necesitas.

—No... —se me quiebra la voz—. No lo sé.

Luke hipa contra mi clavícula, y ese pequeño sonido casi me dobla las rodillas. Doy un paso hacia la mecedora pero me detengo, con el peso de mi propia respiración presionándome las costillas.

—Puedo cogerlo —ofrece Chase con suavidad—. Si quieres sentarte. O llorar. O respirar, ¿eh?

Habla sin juzgar ni compadecer, solo con firme determinación, como si se preparara para cargar con un peso que no le corresponde.

Algo en mí se afloja. No es alivio, ni luz, simplemente suaviza los bordes del dolor.

Coloco a Luke en los brazos de Chase y mis dedos rozan los suyos al pasarle ese pequeño peso.

Chase lo sostiene como si fuera de cristal.

Una palma ancha le sujeta la cabeza; la otra, el culito con pañal.

Todo su cuerpo se curva alrededor del bebé con un instinto que no debería sorprenderme, pero lo hace.

Luke se calma. Me dejo caer en el borde de la cama, con las palmas apoyadas en las rodillas. La habitación se inclina un poco por la fatiga.

Chase tararea, bajo y desafinado. ¿Es una nana? ¿Una canción? ¿Recuerda a medias una melodía de la infancia? No importa. Luke se relaja contra él, con el puñito enroscado en la camiseta de Chase.

Chase me mira. —Puedes permitirte estar agotada, Piper.

Respiro hondo. —Es más que eso.

Espera, sin presionar. Sin indagar. Solo presente.

Me miro las manos, frustrada porque tiemblan. —Algunos días es como si me moviera entre lodo. No sé distinguir si estoy cansada o... hundiéndome. Y no desaparece, da igual cuántos biberones prepare o baños dé o horarios siga.

Su pecho sube y baja mientras asimila mis palabras. —No te estás hundiendo sola, Pipe. Estoy aquí para ti. Lo que necesites.

Sus palabras me abren una grieta, pequeña pero real. Una lágrima se escapa, caliente en la mejilla. Me la seco antes de que caiga otra.

Y por primera vez desde que nació Christopher, el peso que llevo dentro no me aplasta. Se asienta. Sigue siendo pesado. Sigue siendo mío. Pero compartido.

El día siguiente lo paso organizándome con las necesidades de los niños.

Incorporando a Luke a la ecuación. Ha respondido mucho mejor al pecho que al biberón.

Aun así, sigo intentándolo, aferrada a la idea de que esto es temporal.

Christopher solo lloró dos veces cuando me vio darle el pecho a Luke.

Dejé que le cogiera la mano y le dije que me estaba ayudando.

Funcionó... una solución simple a un problema.

Los días siguientes se difuminan entre cambios de pañales, batallas con biberones y Chase aprendiendo por las malas que con los bebés no se negocia.

¿Pero esta casa? ¿Esta situación? Todo es temporal. No tengo ningún plan. Ni siquiera sé si pertenezco aquí.