Capítulo seis
PIPER
Un escalofrío de preocupación me recorre la espalda. —No ha comido bien desde que lo encontramos —digo, observando a Chase pasarse la mano por la barbilla—. Intenté darle un biberón. Chupó un poco. Nada más. Creo que es demasiado pequeño para tener cólicos.
Luke me agarra la camiseta con el puñito y llora hasta que se le enrojecen las mejillas.
Tiene hambre. Está agotado. Furioso con el mundo, igual que yo, la verdad.
Chase está al otro lado de la habitación con un montón de biberones abandonados en los brazos, como si fuera a tirarlos todos por la ventana.
—¿Cuántas fórmulas más hay, Piper? Hemos probado tantas...
en polvo, de lata, de botella, hasta de soja.
No ha comido en horas —susurra, con la voz a punto de quebrarse.
Luke aparta la cara en cuanto la tetina le roza los labios. Se le pone el cuerpo rígido, los puñitos le tiemblan. Chase se desinfla como un globo.
—Vale —digo mientras lo mezo—. Otro biberón.
Chase coge otro. Y otro.
Probamos tres formas de tetina, dos velocidades de salida y uno que parece sacado de una película de ciencia ficción.
Luke los rechaza todos.
Chase se pasa las dos manos por la cara. —¿Cómo puede ser tan pequeño y ya estar destrozándome?
—Es un bebé. Es lo que hacen.
Suelta una risa vacía antes de que se le vuelva a descomponer el gesto.
Bajo la voz. —Lo resolveremos. Esta noche. Mañana. El tiempo que haga falta.
Asiente, pero la tensión le recorre los hombros, contenida y en carne viva.
Al final conseguimos calmar a Luke, pero la inquietud sigue latiendo bajo la superficie en los dos.
Apoyo la palma en su tripita por encima de la manta y noto el ritmo pequeño y frenético de su respiración.
Demasiado rápido. Demasiado superficial.
Es demasiado pequeño para pasar tanto tiempo sin comer.
—No tiene edad para saltarse tantas tomas —digo, esforzándome por mantener la calma—. Los bebés necesitan comer cada dos horas. Sobre todo a esta edad.
Max se remueve en el sofá. —¿Crees que está malito?
Me muerdo el interior de la mejilla. —No voy a hacer conjeturas. Pero no me quedo tranquila esperando a ver qué pasa.
Me incorporo y los miro a los dos, armándome de valor. —Lo llevamos al pediatra a primera hora.
El plural se me escapa sin pensar, pero me cala más hondo de lo que debería.
No es mi sitio. No oficialmente. Pero cuando pienso en Luke, tan frágil e inocente, y en Chase, cargando con una responsabilidad que no pidió... sé que no puedo irme.
Max arquea una ceja mirando a Chase, como retándolo a llevarle la contraria.
Chase no discute. Cambia el peso de un pie a otro y asiente despacio. —Sí. Me parece bien, Piper. Total, solo quedan un par de horas.
Le sale la voz ronca, pero con un hilo de alivio.
Me sostiene la mirada, y algo intenso y sin palabras pasa entre nosotros.
—Mi pediatra es estupenda con Key y Christopher. Vamos a asegurarnos de que esté bien —digo, y lo digo con toda el alma—. Todo va a salir bien.
Chase vuelve a asentir, casi como si él también se lo creyera.
Y por primera vez en mucho tiempo, yo también me lo creo.
Más tarde, mientras intento darle el biberón a Luke por quinta vez, llora contra mi pecho, busca a ciegas con la boca, me golpea la clavícula con los puñitos en ráfagas rápidas y frenéticas.
Me duele el pecho. Una presión profunda y punzante que se me clava bajo las costillas.
Las lágrimas me caen antes de poder evitarlo.
Me dejo caer en el borde de la cama, con los hombros temblando mientras intento respirar a pesar del nudo que tengo en la garganta.
—Esto no debería ser tan difícil —susurro en la penumbra—. ¿Por qué no me sale bien?
Entonces se me ocurre una idea. No es nada del otro mundo... ya usaban nodrizas en el 2000 a.C. ¿Debería preguntarle antes a Chase? No quiero despertarlo si luego no funciona.
Me tiemblan las manos mientras lo acerco. En cuanto se agarra, una punzada aguda me atraviesa. Después la presión se libera, lenta y cálida. El cuerpo se me relaja por instinto; el alivio físico es casi mareante.
Pero las lágrimas no paran.
La manita de Luke se enrosca en el tirante del sujetador, aferrándose como si confiara en mí sin reservas. Algo dentro de mi pecho se mueve, no se arregla, pero se aquieta. La tormenta que me revuelve por dentro se calma un momento.
Una pausa. Inspiro. Espiro.
Me froto la mejilla contra su pelo suave, aspirando ese olor dulce y lechoso que parece envolverlo como un halo.
—Esto... esto sí puedo hacerlo —susurro.
Pero aunque se tranquiliza contra mí, la pesadez sigue ahí, bajo las costillas. Un zumbido sordo y persistente que no desaparece cuando la habitación se queda en silencio.
La maternidad no cura nada. Darle de comer no cura nada.
Solo me da un momento.
Un único instante prestado en el que el mundo deja de girar el tiempo justo para poder sostenerlo.
Mañana podría ser más difícil. O no. No lo sé.
Pero ahora mismo, Luke respira contra mi piel, y el caos que llevo dentro afloja la presa.
Una respiración cada vez.
Una toma cada vez.
Un momento cada vez.