Capítulo Cuatro
CHASE
Key canta en el pasillo. Chris estrella coches de juguete. Piper tararea una melodía mientras limpia la encimera. El bebé gruñe en sueños, una pequeña señal de alarma cada pocos segundos.
Es demasiado.
Ruidoso, cercano… permanente.
Entro en el garaje en cuanto Piper se vuelve hacia la estufa. Me paso la mano por la nuca y camino en círculos. El pecho se me oprime, una presión caliente y desagradable bajo las costillas. Este no soy yo. Manejo el estrés para ganarme la vida. Prospero bajo presión.
¿Pero esto? Esto es diferente. Sin cronómetro. Sin silbato. Sin reglas.
Solo pequeños humanos que quieren cosas que no sé cómo dar.
Respiro con dificultad. El silencio se asienta en mis huesos.
Podría salir ahora mismo.
No irme para siempre, solo… irme.
Darme diez minutos.
—¿Chase?
La voz de Piper se cuela en el espacio, suave y cautelosa. Asoma la cabeza por el marco de la puerta, todavía con el delantal puesto, con una tenue mancha de harina en la mejilla.
—¿Estás bien?
—Necesitaba aire —murmuro.
Ella entra, sin agobiarme pero ocupando el garaje como si le perteneciera.
—Es normal que resulte abrumador. Está permitido.
—Llevo aquí cinco horas.
Me paso una mano por la mandíbula.
—Tú llevas haciendo esto años. No puedo seguir el ritmo.
Su expresión cambia, una calidez se extiende por sus rasgos.
—No tienes que seguir el ritmo. Solo tienes que estar ahí.
El bebé deja escapar un suave llanto por el monitor que ella tiene en la mano.
Mi cuerpo reacciona antes de que mi cerebro lo procese.
Piper sonríe.
—¿Ves? Ya te estás moviendo hacia él.
Y joder, tiene razón porque ya estoy a medio camino de la puerta.
Piper está sentada con las piernas cruzadas en el suelo frente a mí, el pelo recogido en uno de esos moños despeinados que las mujeres hacen sexis sin proponérselo. Se ríe de algo que dice Chiara, y me golpea en el pecho como un disparo.
Barajo las cartas más despacio de lo necesario, sobre todo porque no puedo dejar de mirarle la boca.
—¿Vas a repartir o necesitas un tutorial, Maddox?
Max me lanza un pretzel a la cara desde el sofá. Rebota en mi frente, y Chiara chilla de alegría.
El novato necesita que lo pongan en su sitio cuando volvamos al hielo. Por norma, rara vez participo en las novatadas con los otros del equipo porque soy el mayor. Pero este se lo está buscando.
—Sí, sí —murmuro, aclarándome la garganta y apartando la mirada de Piper—. Estamos jugando a pescar cartas, no al póquer de altas apuestas, colega. Tranquilo.
Chiara asiente con solemnidad.
—¡Mi mami siempre gana! Nos enseñó a mí y a mis amigos a jugar en la escuela. Ahora dice que voy a ir a una escuela nueva aquí en Illinois pronto.
Lo pronuncia Il-in-noise.
—¡Es súper buena con las cartas!
Piper sonríe con suficiencia.
—Mi cara de póquer es superior.
Levanto una ceja.
—Lo dudo, cariño.
Sus labios se curvan y se inclina ligeramente hacia delante.
—¿Ah, sí? ¿Crees que la tuya es mejor?
Nuestras miradas se encuentran, y algo intenso y cargado chisporrotea entre nosotros.
—Comprobémoslo.
En cuanto lo digo, me arrepiento de cómo suena. Max gime dramáticamente.
—Oh, Dios. Dejad de coquetear. Me sangran los oídos.
—Tío Max —dice Key, entornando los ojos—, no veo sangre en tus oídos.
Piper se aclara la garganta pero no aparta la mirada.
—No estoy coqueteando. Y el tío Max está bromeando, Key.
—Claro que no —murmura Max hacia Piper.
Chiara extiende su pequeña mano, completamente seria.
—¿Tienes ranas?
Todos parpadeamos. El rostro de Piper se tuerce en una sonrisa.
—Creo que quiere decir cuatros —dice Piper, corrigiendo a su hija en voz baja.
Le entrego a Chiara un cuatro, y ella celebra como si hubiera ganado la Copa. Recoge sus parejas como un pequeño tiburón en pijama de unicornio rosa.
Piper se inclina para susurrarle algo a su hija al oído, y el jersey se le desliza del hombro lo justo para distraerme por completo. Solo un atisbo de su escote.
Fijo los ojos en mis cartas y maldigo en voz baja. Por supuesto que tiene pecas. Por supuesto que tiene esa sonrisa. Y por supuesto que huele a jazmín y a ropa limpia y a todas las buenas decisiones que nunca he tomado.
—Tu turno, Chase —dice Piper con voz queda y divertida. Sabe que estoy fuera de juego. Disfrutando cada segundo.
Intento concentrarme.
—Pipes… eh, Piper, ¿tienes treses?
Ladea la cabeza, con los ojos chispeantes.
—Ve a pescar.
Entorno los ojos mientras saco una carta.
—Estás tirándote un farol. Lo noto en los huesos… sí.
—Tus huesos se equivocan.
Lo dice con frialdad, pero le tiemblan los labios.
Miro de reojo y la pillo observándome por debajo de las pestañas.
Joder.
—¿Chase?
Chiara me da un codazo, sosteniendo una reina como si hubiera encontrado un tesoro.
—Tu turno.
—Claro —digo con voz ronca—. Eh… Max, ¿tienes reinas?
Max me fulmina con la mirada.
—Este juego está amañado.
Piper suelta una risita ahogada en la manga.
Me inclino y susurro:
—¿Te ríes de él o de mí, eh?
Ella me sostiene la mirada y responde en voz baja:
—De los dos.
Así que me quedo ahí sentado, con un puñado de cartas de pececitos animados, intentando no pensar en cuánto deseo saborear la risa en sus labios.
Más tarde, parece que nadie quiere que la noche termine. No quiero que Piper me deje aquí solo con el bebé, y parece que ella tampoco tiene prisa por irse. Es una experta con el pequeño en brazos. Capaz de hacer de todo sin soltarlo.
El bebé duerme con la boquita entreabierta, el pechito subiendo y bajando con respiraciones acompasadas.
Está limpio, bien abrigado, y no ha hecho ni un ruido desde que Piper intentó darle de comer.
Pero el nudo en mi estómago no cede. ¿Cómo diablos voy a arreglármelas cuando empiece la nueva temporada?
Hasta levantarme del suelo después de una partida de cartas fue todo un reto.
—Te agradezco la ayuda de hoy. No lo habría logrado sin ti.
—Quiero ayudar, Chase.
—Ya estás ayudando.
—No, quiero decir… quiero quedarme. Aquí. Contigo y con el bebé. Sé que no es mío, pero ya he pasado por esto antes. Sé cómo cuidar bebés, sobre todo los que han tenido un comienzo difícil. Te resultaría menos complicado si otra persona se hiciera cargo.
Respiro hondo para calmarme.
—No tienes por qué hacer eso. O sea, te lo agradezco, pero tienes tus propios asuntos de los que ocuparte, ¿no?
—Los tengo. Pero también estoy viviendo en casa de mi hermano, sin trabajo y sin un hogar al que volver. Tengo tiempo. Y prefiero pasarlo ayudando a alguien que lo necesita.
Max suelta un suspiro.
—Vas a necesitar ayuda, Maddox. Mi casa es pequeña y los cuatro vamos apretados.
Así que si ella se queda aquí contigo en esta casona, sería genial.
¡Por no hablar de que necesito pasar tiempo a solas con una mujer que no sea de mi familia, y pronto!
¡Así que esto me viene de perlas! Y a ti también, porque mi hermana sabe más de bebés que nadie.
Miro a Piper. Ella me observa con atención, expectante. El momento se alarga entre nosotros, cargado de una certeza que ninguno de los dos quiere romper.
No la conozco. No tengo ni idea de lo que estoy haciendo.
Pero tengo clara una cosa.
Necesito ayuda.
¿Y ahora mismo? Ella es la única que me la ofrece.