Niégame cuanto quieras Capítulo 16
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Capítulo 16

Escondido tras una roca miró hacia el cielo donde estaba la luna llena. Rayos, iluminaba demasiado, si esa era la noche puede que les viera llegar y huyera antes de que pudiera impedirlo. Ketil tosió y él le miró como si quisiera arrancarle la cabeza. —Perdón.

—Haz un solo ruido más y te despellejo vivo.

Escucharon un movimiento en el agua y al mirar hacia allí vio el reflejo plateado.

Su mujer salió del agua mostrando un vestido plateado que se pegaba a su cuerpo evidenciando su avanzado estado.

Caminó hasta el prado mirando hacia la aldea y bufó sintiendo frío.

Se abrazó a sí misma. ¿Por qué Inga se había retrasado?

Miró hacia el agua y pensó en meterse de nuevo porque allí estaba calentita.

Caminó hacia el agua y su marido asustado porque se fuera se puso en pie. —Brynhild.

Se le cortó el aliento volviendo su rostro hacia él. No, era real. No como en todos los sueños que había tenido desde que se había alejado del dolor. Él salió de detrás de la roca. —¿Cómo estás?

Dio un paso hacia el agua.

—No, por favor, no te vayas… —La miró de arriba abajo. —Estás preciosa.

Se tensó con tal fuerza que se dio cuenta que había cometido un error. —¡No, no!

Su esposa se lanzó al agua antes de que pudiera evitarlo.

—Lo has hecho muy bien, jarl —dijo su segundo saliendo de detrás de la roca.

Le miró como si quisiera desmembrarle.

Ketil carraspeó. —Igual deberías decirle eso de que está preciosa cuando no fuera un pez.

—¡No es un pez!

Escucharon un crujido y al volverse Inga se quedó de piedra al encontrárselos allí. Miró hacia el agua con una manta en sus manos. —No, no… —Se acercó al agua. —¿Se ha ido? —Sus ojos se llenaron de lágrimas. —¡Solo puedo verla unos minutos cada luna llena!

—Lo siento.

—¡Hoy iba a ver a los niños, la están esperando en mi casa!

Hrafn apretó los labios. —Intentaba disculparme, pero al parecer no quiere escucharme.

Se le quedó mirando. —¿Llevas esperándola desde que visitaste a mi padre? Fue poco después de la anterior luna llena.

Hrafn asintió antes de alejarse. Inga se mordió el labio inferior mientras Ketil decía —Ha venido todas las noches, pero no ha servido de nada.

—Cree que no la amas.

Separó los labios de la impresión. —Sé que le hice daño, pero…

—Nunca le has dicho que la amas y después de lo que hiciste está convencida de que nunca has sentido nada por ella. No se quita de la cabeza aquello que dijiste y cree que solo la utilizaste para conseguir el oro.

—¿Aquello que dije?

—Pienso sacar mucho de esto.

La miró sin entender. —¿Cuándo he dicho yo eso?

—En su sueño. Lo dijiste en su premonición antes de que os vierais la primera vez.

—Cuando Bjorn murió.

—Sí, cuando descubriste en su sueño como era.

Él cerró los ojos llevándose las manos a la cabeza e Inga apretó los labios. —Lo pensaste, ¿no es cierto?

Juró por lo bajo volviéndose y negó con la cabeza. —No puedo negar que pensé que tener a los dioses de nuestra parte era una ventaja. Y después cuando creí que nos atacaban y ella sugirió hundir los barcos para ayudarnos, me di cuenta de todo lo que podía llegar a hacer.

—Así que siempre supiste que vuestro matrimonio os beneficiaría.

—Sí. Pero lo que sentía por ella siempre fue muy real, desde el principio fue tremendamente real. Por eso me preocupé tanto cuando me di cuenta de que muchos de los míos la temían.

—¿La amas?

—¡Más que a mi vida! ¡Nunca he pasado tanto miedo como cuando se sumergió por el oro! ¡Tú estabas allí! ¡Lo viste!

Inga suspiró. —Pero ella no lo vio, solo escuchó los gritos, que te querías ir de allí cuanto antes porque temías a los dioses… Además, Freya…

Dio un paso hacia ella. —¿Qué?

—Freya le dijo que le darías la espalda.

—¡Solo lo hice para que todos pensaran que puedo dominarla! ¡Para que me temieran a mí más que a ella! —Desesperado dijo —Sin ella ya no soy nada, ayúdame.

—Solo se me ocurre una manera.

—¿Cómo? Estoy dispuesto a todo.

—Jarl esto no me gusta, no le hagas caso, está de su lado —dijo Ketil mirándola con desconfianza.

—¡Mi madre salvó a mi padre y tuvieron ocho hijos!

Hrafn entrecerró los ojos. —¿Insinúas que intente ahogarme?

—Ella acudirá en tu ayuda antes de que eso ocurra.

—¡Eso será si está cerca, porque puede estar en la otra parte del mar por como nada!

Inga miró a Ketil como si quisiera soltarle cuatro gritos —Ella vendrá.

—¿Cómo estás tan segura?

—Porque no se iría sin ver a los niños, sabía que les prepararía para la visita.

—¿Está aquí? —Miró a su alrededor.

—No saldrá hasta que te vayas. —Hizo una mueca. —O hasta que tenga que salvarte. Su amor por ti impedirá que deje que te ahogues.

—O no —dijo Ketil—. Así se libra del problema. Jarl esto no me gusta, volvamos a casa.

—No regresaré sin ella —dijo acercándose al agua.

—¡Piénsalo bien, no puede ni verte! ¡Y tu gente ahora le tiene rencor por llevarse el oro!

Inga jadeó. —¡El oro era suyo!

Ketil hizo una mueca. —Ellos no lo consideran así.

—Y tú tampoco, ¿no?

—Eh, que yo también estaba allí y me deslomé para subirlo, ¡pesaba muchísimo!

—No tienes vergüenza.

—Al menos merezco algo. ¿A que a ti te ha dado algo? ¡No recuerdo haberte visto antes el brazalete que luces en el brazo!

Inga se sonrojó. —¡Yo soy su hermana!

—¡Sin mí jamás hubiera encontrado ese sitio y nosotros llevamos el barco! ¡Merecemos también una parte!

—No te digo lo que te mereces porque soy una señora.

—¿Qué quieres decir? —Entrecerró los ojos. —¿Me quieres insultar? Hazlo si te atreves.

Sin intimidarse gritó —¡Una mierda! ¡Eso es lo que merecéis!

Jadeó volviéndose para mirar a su señor y chilló al ver que se había metido en el agua. —¡Mi jarl vuelve! ¡A ver si aún sigue enfadada y te lleva al fondo!

Hrafn no le hizo caso y nadó hasta el centro del fiordo, la parte más profunda.

—Odín échame una mano —dijo antes de sumergirse con los ojos abiertos, pero no vio ninguna estela plateada.

Dejó salir el aire poco a poco, pero ella no apareció.

La había perdido para siempre. Recordó las palabras que le había dicho a Freya sobre si la perdía y cerró los ojos dispuesto a recibir a la muerte.

Sintió el agua caliente a su alrededor y sonrió esperando que le tocara.

De pronto una mano le agarró del tobillo y tiró de él con tal fuerza que gritó abriendo los ojos.

Brynhild estaba ante él mirándole fríamente mientras esa mano tiraba de él y de repente le soltaba.

Su cuerpo salió despedido por encima del agua y cayó a plomo ante los pies de Inga que se le quedó mirando con la boca abierta.

—Ay…

—Jarl, ¿te has quejado? —preguntó Ketil impresionado—. Tú nunca te quejas.

—¿Te ha sacado ella del agua?

—No, ha sido Njord. Al parecer no quiere que me acerque a ella. —Se giró hasta quedarse de espaldas y tomó aire antes de levantarse de nuevo.

Ketil no salía de su asombro, después de lo que acababa de pasar caminaba hacia el fiordo. —¿No pensarás volver?

—No me matará, la disgustaría.

Inga hizo una mueca. —No juegues con los dioses…

Con el agua en las rodillas se volvió. —¿Si no puedo hablar con ella le dirás que siempre la he amado?

Una gran mano de agua se levantó tras el jarl e Inga con la boca abierta asintió antes de que cayera con fuerza sobre él como si aplastara una mosca.

—¡Ay, madre, que me lo matan! —gritó Ketil corriendo hasta su jarl para cogerle del brazo y arrastrarle hasta la orilla—. ¡Ni se te ocurra volver a entrar!

—Qué porrazo —dijo apoyándose en el codo —. ¿Tengo la cabeza en su sitio?

—¡Por poco tiempo si sigues así! —gritó su amigo.

Sacó su espada y se volvió intentando protegerle.

—¡Déjale en paz, fue culpa mía! ¡Yo le convencí para hacerlo!

—Amenazó a las aguas con su espada. —¡Déjale vivir, tiene derecho a gritarle cuatro cosas a su mujer por abandonarle! ¡Y con el oro, además!

—Calla Ketil —dijo Inga asustada—. ¡Los vas a enfadar más!

—¡Es su marido, puede hacer lo que le venga en gana! —Una gran tromba de agua se lanzó sobre Ketil hasta hacerle chocar contra un tronco antes de caer al suelo. Gimió. —Vale, me rindo.

Inga soltó una risita.

—No tiene gracia. —Hrafn consiguió levantarse, pero tambaleándose a un lado.

Se golpeó el oído derecho un par de veces y al ver salir un pequeño pez Inga soltó una risita.

—¡Mujer! —gritó con fuerza—. ¡Te amo! ¡Lo que hice lo hice por nuestro bien!

¡Para que vivieras tranquila entre mis gentes!

¡Pero si eso no puede ser, renunciaré a todo por ti, preciosa!

¡A todo! —Se metió en el agua hasta la cintura y gritó —¡Tienes que regresar conmigo, preciosa!

¡Desde que te fuiste no sé lo que es vivir porque solo lo hago si estás a mi lado!

¡Ha sido así desde que te vi por primera vez!

Inga emocionada abrazó la manta.

—Por favor, preciosa, sé que te hice daño y me sentía muy mal por decirte esas cosas, por esos desplantes ante todos. Sabía que sufrías, pero tenía miedo por ti. Temía que…

—Continúa —le apremió Inga.

—¡Temía que acabaras como tu abuela! ¡Quería hacerles ver que no eras peligrosa para ellos! ¡Qué yo podía dominarte!

Su hermana emergió tras él, pero no se dio cuenta.

—¡Fue una estupidez, tenía que habértelo dicho, pero tu reacción no habría sido creíble!

Preciosa, no sabes disimular, todo se te nota en la cara.

—Sintió el agua caliente tras él y se volvió de golpe para ver a su hermosa esposa con los ojos llenos de lágrimas. —No llores más, nunca deberías llorar.

Se tiró a él para abrazarle con fuerza y Hrafn la pegó a su cuerpo dando las gracias a todos los dioses por esa oportunidad. —Lo siento.

—No quiero volver.

Hrafn apretó los labios. —No volveremos. Si quieres nos quedaremos con tu padre, si lo permite.

Se apartó para mirarle ilusionada. —¿De veras? ¿Podríamos quedarnos aquí?