Niégame cuanto quieras Capítulo 15
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Capítulo 15

En la cena se mantuvo callada mientras los hombres hablaban sobre lo que harían con el tesoro. Miró a Inga de reojo y esta apretaba los labios como si se estuviera mordiendo la lengua.

—Debemos contratar a unos artesanos —dijo Ketil ilusionado—. Seguro que en Heirst los encontramos. Para que hagan muebles y cosas bonitas. La casa del jarl debe tener los grabados de protección más increíbles de todas las tierras de los alrededores.

El jarl asintió antes de meterse en la boca una cucharada del cocido que Brynhild había hecho.

—La casa debe ser diez veces esta para cuando recibas a tus aliados, jarl —dijo otro hombre.

—Podría tener dos pisos como la de padre —dijo sirviéndole más hidromiel—. Las habitaciones que están sobre el hogar son muy calientes en invierno.

—Será de una planta como la que tenía antes.

—¿Por qué? —preguntó Inga.

Todos miraron hacia ella. —Porque lo digo yo —dijo el jarl.

—Pero tendrá que haber una razón para que desoigas los consejos de tu esposa que ya ha vivido en una de dos plantas. Y por cierto, yo también y tiene razón. ¿O solo dices que la quieres de una planta para llevarle la contraria?

Hrafn se tensó. —¿Y por qué habría de hacer eso?

—No lo sé, jarl. Dímelo tú.

—Mi jarl.

Parpadeó. —¿Perdón?

—Debes decir, mi jarl —siseó—. Dilo.

Inga la miró y le rogó con los ojos que no le contradijera. —Mi jarl —dijo entre dientes.

—Parece que te ha costado.

—Me cuestan más otras cosas, mi jarl —dijo con ironía.

Hrafn la miró y siseó —¿Qué le pasa a tu hermana?

Su instinto de protección hizo que le mirara a los ojos. —¿Qué quieres decir? ¿No puede dar su opinión?

—Debería guardársela cuando no se la ha pedido nadie —dijo lo bastante alto como para que todos lo oyeran.

Inga se tensó y miró a su marido que cogió su mano sobre la mesa como si quisiera protegerla.

Lo que haría cualquier marido entregado, era evidente que el suyo no era así.

Volvió la vista hacia su mano y vio el anillo que le había dado el día de su boda.

La piedra estaba negra como la noche y su labio inferior tembló porque sintió que su matrimonio se había acabado.

El hombre que conoció en el pasado ya no estaba.

Hacía semanas que no le sonreía ni le hacía el amor, parecía que la odiaba y se preguntó si todo lo ocurrido en el pasado había sido una mentira que ya se había acabado.

Entonces recordó sus palabras en su sueño: “Pienso sacar mucho de esto.” Su alma se estremeció, la había utilizado, la había utilizado desde el principio y ella le había entregado su corazón sin conocer sus verdaderas intenciones.

Se puso a temblar con fuerza mirándole como si no le conociera y Hrafn que se percató de su mirada dejó la cuchara que estaba a punto de meterse en la boca. —Mujer, ¿qué ocurre?

—Dame mi anillo —dijo con la voz distorsionada de la pena.

—¿Qué has dicho?

—¡Sí, al fin se ha dado cuenta! —gritó Inga levantándose.

La fuerza de su hermana le dio fuerzas a ella y se levantó. —Dame mi anillo.

Dejó caer la cuchara. —Mujer, no sé qué te pasa últimamente, pero…

Gritó de la rabia y el dolor haciendo que todos la miraran mientras sus ojos se oscurecían. Inga jamás la había visto así y asustada susurró —Te aconsejo que le des el anillo, Hrafn.

—¿Ya no soy el jarl para ti?

—Mi padre es mi único jarl —dijo con rabia—. Dale el anillo.

Los hombres se levantaron y alguno con las armas en la mano. Brynhild les miró y rio con desprecio. —¿Tanto miedo me tenéis?

—¡Mujer siéntate y cálmate!

Le miró a los ojos. —Jamás me has querido.

Hrafn palideció. —¿Pero qué dices? —Se levantó de golpe. —¡Será mejor que vayas a tu habitación!

—No —dijo fríamente.

—¡Respeta la orden del jarl!

—Recuerda con quien estás hablando —dijo haciendo que varios murmuraran. Se acercó a él y siseó —Al menos me debes respeto.

—Jarl, creo que aquí hay un malentendido —dijo Ketil intentando calmar los ánimos—. Las mujeres han dicho cosas esta tarde que tu mujer se ha tomado a mal.

Le fulminó con la mirada. —¿Acaso han mentido?

—Lo has entendido mal.

—Lo he entendido perfectamente —dijo con desprecio—. ¡No me queréis aquí! Y lo peor de todo, mi marido estaría encantado de que me fuera, así que le voy a dar el gusto. ¡Dame mi anillo!

—Dijiste que nunca me dejarías.

—Creía que me amabas, pero solo te amas a ti mismo. No pasa nada, me llevo mi anillo, mi oro y cada uno por su lado.

Varios hombres se adelantaron con sus armas. —¿Qué ha dicho del oro?

Rio divertida. —Es mío, lo conseguí yo. —Dio un paso hacia el guerrero.

—¿O acaso te sumergiste tú para agarrarlo de la profundidad del mar?

¡No recuerdo haberte visto allí! —gritó en su cara—.

¡No recuerdo haberos visto a ninguno mientras yo me helaba de frío para traeros algo que llevaros a la boca, panda de desagradecidos! ¡Ese oro es mío!

El filo de una navaja apareció en su cuello y sorprendida miró hacia atrás para ver que su marido portaba el arma. El dolor fue tan intenso que no se lo podía creer. ¿Hasta ese punto la odiaba?

—Cierra la boca, no tengo el cuerpo para uno de tus numeritos —siseó—. No te llevarás el oro ni te irás de aquí. —La cogió por el brazo y la empujó con tal fuerza que cayó al suelo. —¡Ahora vuelve a tu habitación!

Sollozó apoyando sus manos sobre el suelo de paja y escuchó a alguien que soltaba una risita de mujer. —¿Hija de la hija de una diosa? No me hagas reír.

Hrafn pálido dio un paso hacia ella. —Brynhild, yo…

Levantó la vista mostrando todo el dolor que tenía en su interior y como un animal herido gateó hacia atrás hasta levantarse.

—Vete a tu habitación —dijo levantando la mano hacia ella—. Esposa, discutiremos esto después y…

Brynhild pasó corriendo a su lado tan rápido que no pudo detenerla y Hrafn la siguió fuera de la casa, pero no la encontró. —¡Buscadla!

—Se habrá metido en el agua, jarl —dijo Ketil tan impresionado como él.

Hrafn corrió hacia el fiordo para ver que la fina placa de hielo que había sobre el agua aún seguía intacta. —No, no ha venido hasta aquí.

—¡Jarl! —gritó Kara en un lateral de la casa—. ¡Las huellas!

Fueron hasta allí para ver que se dirigían a las montañas. Inga perdió todo el color de la cara. —No puede alejarse del agua —susurró impresionada.

El jarl la cogió del brazo—¿Qué dices?

—¡No puede alejarse del agua! ¡Si lo hace tiene que regresar antes de que salga la luna! ¡La luna salió hace horas! —gritó muerta de miedo—. ¡Tiene que oler la sal, ese es el límite de distancia! ¡No puede alejarse más!

—¿Qué le pasaría si lo hiciera, esposa? —preguntó Olef preocupado.

—No lo sé, madre no se lo dijo. Pero mi madre jamás se alejaba del agua. Nunca lo hizo.

Hrafn gritó —¡Buscadla!

Varios hombres entraron en la casa para buscar con que abrigarse y Ketil se acercó a su señor. —Estamos en noche cerrada, jarl.

Le agarró por la camisa acercándole a él. —¡Todo esto fue idea tuya, ya puedes encontrar a mi mujer!

Inga sollozó. —Nunca debería haber dejado que me convencierais.

—Debíamos mostrar su debilidad para que no la temieran —dijo Ketil—. Y ha funcionado.

—Morirá —Inga sollozó.

—Mi mujer regresará —dijo entre dientes antes de entrar en la casa e ir hacia su habitación para coger su abrigo, el abrigo que ella le había hecho con tanto cariño. Intentando controlarse se volvió y se quedó de piedra al ver a una mujer hermosísima vestida como una diosa. —Tú…

—He venido a advertirte, guerrero —dijo muy seria—. Si la sangre de mi sangre muere, perderás todo aquello que aprecias antes de rogar por tu vida.

Hrafn pasó a su lado mirándola con desprecio. —Si pierdo a mi mujer y a mi hija, me tiraré yo mismo a las aguas del fiordo porque ya no tendré nada por lo que vivir.

Corrió fuera de la casa, sus hombres se habían distribuido con antorchas por el camino hacia las montañas y después de casi una hora estaban agotados de caminar por la nieve. Llegó hasta Ketil que le iluminó con su antorcha. —Se pierden las huellas, mi jarl.

—¡No digas eso! —Desesperado miró a su alrededor y le arrebató la antorcha para buscar sus huellas.

—Es más, parece como si se hubiera caído de rodillas. Igual aquí no olía la sal del fiordo, mi jarl.

—¿Y dónde ha ido? —gritó desesperado—. Tiene que estar por aquí, no ha podido desaparecer.

—Entonces se dio cuenta mirando hacia el fiordo.

—Ha regresado por sus huellas. —Corrió con su hombre detrás, pero cuando llegaron a la casa del jarl en el salón no estaba.

Las mujeres hablaban en un corrillo y él preguntó —¿Ha vuelto a casa?

—No, mi jarl —dijo Kara—. Por aquí no ha pasado.

Él miró a su alrededor. —¿Dónde está Inga?

—Pensaba que estaba contigo buscando a su hermana.

Hrafn salió de la casa buscando a Olef entre sus hombres que llegaban agotados.

—No, no… —Volvió la vista hacia el fiordo y se dio cuenta de que el barco de su padre había desaparecido.

Se llevó las manos a la cabeza. —No seas loca.

—Corrió hacia allí y vio el hielo roto camino hacia el mar.

El barco se alejaba y la luz de la luna iluminó el rostro de su esposa antes de que se volviera dándole la espalda.

La había perdido, por su estupidez la había perdido.

Ketil llegó hasta él sin aliento. —Mi jarl, el tesoro ha desaparecido —dijo impresionado—. Se lo han llevado todo.

Hrafn apretó los labios. —En realidad era suyo. No puedo culparla porque se lo haya llevado con el daño que le hemos causado. Sobre todo yo.

—¿Pero qué haremos? —preguntó desesperado.

—Sobreviviremos hasta la primavera.

—¡Debemos ir tras ellos!

—¿Y sobrevivirás en mar abierto en pleno invierno?

—Ellos…

—¡Ellos tienen a mi mujer! —Se volvió hacia los demás que escuchaban en silencio. —¡Ella tiene a Njord de su parte! ¡Nosotros no tenemos nada! Es lo que queríais, ¿no es cierto? ¡Queríais que se fuera, le teníais miedo, queríais que se alejara, pues ya lo habéis conseguido!

—No nos eches la culpa solo a nosotros, jarl —dijo uno de sus hombres—. Ella tiene un carácter muy especial. El otro día me gritó por tocar a una de las sirvientas.

El puñetazo le tiró al agua del fiordo y gruñó. —¡No se tocará a ninguna mujer sin su consentimiento! ¿Lo habéis entendido?

—Sí, jarl —dijeron varios a la vez dando un paso atrás por no llevarse el siguiente golpe.

Apretó los labios mirando hacia el fiordo y ya no vio su barco. Quiso gritar de la frustración. —En cuanto se deshaga la nieve, esposa... En cuanto ya no haya nieve volverás a verme.

Puso un pie en el embarcadero. Nadie fue a recibirle excepto su suegro y por la cara de malas pulgas que tenía, no iba a ser bienvenido. —No está aquí.

Se detuvo en seco. —¿Qué has dicho?

—Mi hija fue invitada por su otra familia a vivir con ellos y se ha ido.

Perdió todo el color de la cara. —Lo sabes.

—No quiero hablar de esto contigo. Nadie de por aquí sabe su condición y así va a seguir siendo. No está, así que olvídala.

—Mientes viejo, no dejaría a sus niños si pudiera evitarlo. —Caminó hacia la casa del jarl hasta echar a correr. —¡Brynhild! ¡Sal y hablemos, mujer!

Inga salió de la casa mostrando su vientre hinchado, comía un muslo de pollo a dos carrillos. —¿Qué haces aquí, jarl?

—¿A ti te ha perdonado? Tú participaste.

—¡Jamás lo hubiera hecho si hubiera sabido que la tratarías con tanto desprecio ante tus hombres!

—¿Dónde está mi mujer? —gritó frustrado.

—Se ha ido. Está con Njord, le llama abuelo.

La trata como a su nieta, la agasaja y la consiente.

Hasta calienta el agua con su magia para que se sienta a gusto, ¿a que es increíble?

Está deseando que la niña nazca. Sería la primera descendiente que nace en el agua.

Estará rodeada de magia, algo que Brynhild agradece porque las protegerán en el nacimiento.

—Así que hablas con ella, la ves. ¿Está bien?

—Es lo primero que tenías que haber preguntado.

—¿Se lo has explicado? ¿Sabe cuáles fueron mis razones para comportarme así?

—Por supuesto —dijo fríamente antes de cerrarle la puerta en las narices.

—Le has roto el corazón, jarl —dijo Esben apesadumbrado—. Mi hija ya no es la misma. De hecho, fui yo el que le sugirió que se fuera.

—Pero lo hice…

—Sabe por qué lo hiciste. Por eso mi mujer y yo jamás dijimos como era realmente, porque la temerían. Cometisteis un error que ya no tiene marcha atrás.

—Lo sabías, sabías que tu mujer era especial…

—Conocí a mi mujer en el fiordo. Me salvó la vida cuando estaba a punto de ahogarme un día que estaba de pesca.

Ella había huido de su pueblo y sabiendo lo que podía pasarle, se arriesgó a salvarme mostrando su verdadera naturaleza.

Nos callamos, la traje aquí y me casé con ella porque perdí el corazón en cuando sus ojos se pusieron en mí.

—En todas mis conversaciones con Brynhild estaba convencida de que no sabías nada.

—Lo hicimos así para que mi hija no hablara conmigo de ello por temor a que nos escuchara alguien. Intentamos que se alejara del agua todo lo posible y a su vez le dijimos que nunca se alejara del agua para que…

—Tuviera una vía de escape.

—Exactamente. Y tú lo destruiste todo cuando podía haber tenido una vida normal. Tú cambiaste su futuro y lo arriesgó todo por ti para que la traicionaras negándola ante todos.

—No la he negado, no quería hacerle daño. Si pudiera hablar con ella…

—No la verás más.

Desesperado dio un paso hacia él. —No digas eso.

—No volverá. Y no te daré el oro, ya no lo tengo.

—¿Crees que me importa el oro?

—Por supuesto que sí. ¿Acaso no le sugeriste tú que arriesgara su vida para conseguirlo y tu hombre os llevó hasta allí? —gritó perdiendo los nervios.

—Ella quiso hacerlo.

—Vete de mis tierras y llévate tu barco, tienes el cofre que te ganó mi hija dentro, no queremos nada de ti. —Pasó a su lado para entrar en la casa.

El joven Eigil que lo había oído todo se acercó al jarl saliendo de detrás del abrevadero. —Si me das el cofre, yo te diré donde se ve con su hermana.

Le miró sorprendido. —¿Traicionarías a tu propia familia?

—Dejé de ser de su familia cuando tu hombre me dio de latigazos —dijo con rencor—. ¿Quieres saber dónde se ven o no?

—Ese cofre es tuyo.