Niégame cuanto quieras Capítulo 14 #2
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Capítulo 14 #2

Miró hacia arriba y Ketil que lo había escuchado todo apartó la mirada.

Preocupada fue hasta la casa del jarl que tampoco era tan grande como ella había soñado porque no les había dado tiempo por la llegada del invierno a hacerla más grande.

Entró en el salón y fue hasta el hogar donde las mujeres alrededor del fuego pelaban unos pollos para la comida.

Inga la vio llegar y entrecerró los ojos por su palidez. —¿Te encuentras bien?

—Oh, sí, hace un frío que pela.

—Siéntate al fuego —dijo la esposa de Ketil.

Se sentó a su lado dejando caer la piel y se disponía a coger un pollo cuando Ingrid se lo quitó de las manos. —Tú descansa.

—Me aburro. ¿De qué hablabais?

Se miraron las unas a las otras y Kara sonrió tirando de las plumas. —De que espero otro hijo.

—Felicidades.

—Gracias, mi Ketil está muy contento. Esperamos que sea un niño esta vez.

—Seguro que sí y será un gran guerrero. —Ella se acarició su pequeña tripa y miró a su hermana que apretó los labios antes de seguir pelando el pollo.

Brynhild frunció el ceño. ¿Qué pasaba allí?

Primero su marido y ahora ellas le ocultaban algo.

Empezó a tener un mal presentimiento. —Dentro de poco habrá muchos niños correteando por aquí.

—Que Odín los proteja —dijo una de las ancianas.

—Seguro que será así.

—Hermana, ¿sabes qué día es hoy?

—No. —Se llevó la mano al pecho. —¿Tenemos algo que celebrar y no lo sé?

Kara susurró mirando hacia la puerta —Hoy es el día de la muerte del hermano del jarl.

Separó los labios de la impresión. —No me ha dicho nada.

—El jarl no quiere recordarlo, pero su humor se agría durante estos días todos los años. Deberás tener paciencia con él, a veces es algo… Hiriente.

—Entiendo. —Se apretó las manos. —Intentaremos no disgustarle. —De repente se le ocurrió algo. —De hecho, tenemos que animarle el día.

Kara la miró de reojo. —No sé si es buena idea.

—No, no es buena idea —dijo el abuelo sentado en su silla al lado de la chimenea afilando su daga—. Mejor dejarle a su aire, niña. Al menos durante unos días.

—De acuerdo. —Suspiró levantándose. —Me voy a coser. Al menos así estaré entretenida.

Todas la observaron mientras se alejaba y Kara apretó los labios. —Parece triste.

—Hace varios días que el jarl casi ni le habla y cuando lo hace es muy seco con ella —dijo una de las ancianas—. Ha tenido que notar el cambio.

—Todavía no puedo entenderlo —dijo Inga—. No ha hecho nada. —Todas se quedaron en silencio. —No lo ha hecho, ella es así y cuando se casó con Brynhild lo sabía. Es mandona, con mucho carácter y…

—Y le ha contradicho varias veces ante sus hombres —dijo Kara—. El otro día le apartó la jarra de hidromiel, todos nos dimos cuenta.

—No quiere que beba de más como mi padre, no hay nada de malo en intentar cuidar a tu esposo.

—Es invierno, no se acercaría por aquí ni un oso con el frío que hace.

—Sobre todo porque hibernan.

—Muy graciosa. Lo que quiero decir es que el jarl ahora mismo no tiene nada que defender.

—¡Tiene que defender a su pueblo! ¡Y da igual el día que sea es jarl siempre!

Lo que pasa es que se está cansando de ella.

Antes estás tonterías le hacían gracia, pero ahora es otro cantar, ¿no?

—Las mujeres evitaron su mirada. —Ya veo, ahora que os ha hecho ricos mi hermana empieza molestar, pues enteraros bien, no tendríais nada si no fuera por ella.

—Nadie niega eso, Inga —dijo el abuelo.

Se levantó. —Yo creo que sí. —Ofendida siseó —Mi hermana se deja la piel por su pueblo todos los malditos días.

¡Os lo ha dado todo! Se ha alejado de lo que más quería por él y se ha despellejado las manos construyéndoos un techo bajo el que cobijaros antes del invierno, incluso esperando a su bebé.

Deberíais avergonzaros por insinuar siquiera que la culpa es suya, la culpa es de vuestro jarl que no la aprecia como se merece.

—Está pasando por un mal momento —dijo el antiguo jarl levantándose—. Son malas fechas y tiene a su pueblo viviendo casi en la indigencia cuando antes éramos un pueblo próspero y muy rico.

—¡Pues ahora lo volvéis a ser gracias a Brynhild!

Su hermana salió al salón y les miró sorprendida. —¿Qué pasa aquí?

Inga apretó los labios. —Nada, hermana. ¿Te ayudo a coser? Debe ser de lo poco que no se te da muy bien.

Jadeó ofendida. —Si te enseñé a ti.

—Por eso.

No dejó que la distrajera y dio un paso hacia ellos. —He preguntado qué pasa aquí.

Inga miró de soslayo a las demás que se hacían las locas. —¡No lo va a dejar hasta que se entere, porque ella es así!

—Inga… —No podía sorprenderla más lo enfadada que estaba. —¿Qué ocurre?

—Dicen…

—Continúa.

Sus ojos se llenaron de lágrimas. —Dicen que parte de que el jarl este así es culpa tuya.

Separó los labios de la impresión. —¿Culpa mía?

—Dicen que eres una entrometida, que le apartas la bebida en las cenas y que te inmiscuyes en los asuntos de los hombres. Vamos, que ahora les molesta todo de ti.

Dio un paso atrás de la impresión y miró a las mujeres que avergonzadas le dieron la espalda. Atónita miró al abuelo que apretó los labios. —¿De veras piensas eso?

—El jarl está acostumbrado a gobernar solo, tiene que acostumbrarse.

—No mientas, viejo —dijo Inga furiosa—. ¡Esto lo iniciaste tú en la última asamblea, que no estoy sorda!

Brynhild atónita preguntó —¿Qué quieres decir?

—¿Recuerdas cuando se pelearon esos dos aldeanos y el jarl dictó sentencia haciendo que uno le diera un cerdo al otro?

—Sí.

—Y tú dijiste que eso no era justo, que los dos se habían pegado y que el otro debía darle sus gallinas. Lo que más apreciara cada uno para que sintieran el castigo.

—Sí.

—Pues ese comentario ante todos, le sentó al abuelo de tu marido como una patada en el estómago. Y le dijo a su nieto que no debías ayudarle en los juicios.

Palideció. —¿Ahora no puedo dar mi opinión?

—Al parecer no, hermana. Antes podías, pero ahora lo encuentran de lo más molesto.

—Inga, no todos pensamos así —dijo Kara.

—No me tomes el pelo, ¿quieres? ¡El otro día le diste la razón a Ketil cuando insinuó que mi hermana se pasaba de la raya!

—¿Cuándo?

—Cuando exigiste a los hombres que fueran a por leña.

No salía de su asombro. —No habían partido leña en toda la semana y ya nos escaseaba.

—Pues al parecer les sentó muy mal, ¿y por qué? Porque interrumpiste ese juego absurdo de puntería con los cuchillos. ¿Adivina por qué no te invitaron a jugar? ¡Porque saben que eres la mejor y te tienen envidia! ¡Y miedo, muchos tienen miedo de ti!

Al ver los rostros de las mujeres supo que le decía la verdad porque no sabían dónde meterse.

—No te tienen miedo —dijo el abuelo muy incómodo.

—¡Saben que tienes el favor de los dioses! ¡Llevas su sangre! ¡Creen que como vino ese inmenso tesoro puede venir un castigo!

Sus ojos se llenaron de lágrimas porque creía que la apreciaban, pero todo era falso, su comportamiento, sus sonrisas eran por cómo era y quiénes eran sus antecesores.

—Por eso madre no quiso que se lo dijera a nadie.

—Las lágrimas corrieron por sus mejillas.

—No son sinceros y te traicionarán en cuanto les des la espalda, eso decía.

Creía que me habíais aceptado, pero todo era mentira.

Kara la miró arrepentida. —Nadie duda que todo lo que haces es con buena intención.

—Pero molesto, ¿no es cierto? Estáis incómodos a mi lado. —Inga se acercó a toda prisa. —¿Y mi hija? ¿Qué sentiréis cuando nazca mi hija? ¡Porque será como yo!

El silencio se podía cortar. —Ven, hermana, necesitas acostarte.

La miró a los ojos. —¿Mi marido sabe esto?

Inga apretó los labios y asintió. Pálida dio un paso atrás. —El sueño se está cumpliendo…

—Si te he dicho todo esto es para que lo evites como sea —susurró sacándola del salón—.

Temo lo que pasará si haces algo que les moleste de veras.

—Entraron en la habitación del jarl y cerró la puerta.

Brynhild se dejó caer en la cama mirando el suelo mientras las lágrimas no dejaban de rodar por sus mejillas. —Si lo hablas con tu marido…

—No se puede parar —dijo con la mirada perdida negando con la cabeza—. Freya lo vio, no se puede detener.

Angustiada se acercó. —¿No has notado nada?

—Últimamente mi marido es más frío conmigo, ya no me hace el amor, pero creía que era porque estaba agotado después de trabajar todo el día en las casas de sus aldeanos.

—Desde que regresamos poco a poco le han estado envenenando contra ti y ni te has dado cuenta.

Sollozó tapándose la cara con las manos. —¿Qué voy a hacer?

—Darles una lección a toda esa panda de desagradecidos —dijo Inga—. Mi hermana es una guerrera descendiente de la misma Freya y ella jamás se queda con el golpe. ¿No te quieren aquí? Pues vete y llévate el tesoro contigo, a ver qué tal les va.

La miró sorprendida. —No puedo hacer eso. ¿Abandonar a mi esposo?

—Tienes que hacer algo o entonces sí que le perderás para siempre. El barco es de padre como el cofre que hay junto al tesoro que tú encontraste. Te helaste para conseguirlo, es tuyo. Llévatelo, llévatelo todo. Olef y yo nos iremos contigo.

—Entre los tres no podríamos llevarnos el barco, además tendríamos que entrar en mar abierto.

—Mi marido sabe navegar y si tenemos problemas puedes meterte en el agua.

Se le cortó el aliento mirando sus ojos verdes. —¡Está helada!

Inga hizo una mueca. —Si esperamos a la primavera puede que sea demasiado tarde. Esta mañana en el desayuno he visto como el jarl te miraba y gruñía con disgusto.

Sollozó. —No digas eso.

La puerta se abrió de golpe y su marido se detuvo en seco al ver que lloraba. —¿Qué ocurre, mujer? —preguntó de malos modos.

Se limpió las lágrimas a toda prisa agachando la cara. —Nada. ¿Tú estás bien? —preguntó sin poder evitarlo.

Él, que estaba dejando su abrigo sobre un cofre que tenía allí para su ropa, se detuvo en seco y la miró sobre su hombro. —¿Por qué no habría de estar bien? —lo preguntó de una manera tan heladora que solo alguien con mucho valor diría la verdad.

Y ella después de lo que acababa de escuchar había perdido el valor. —No, por nada, como has vuelto tan pronto… ¿Ha empezado a nevar?

—¡Hemos terminado! —gritó sobresaltándola —. ¿Insinúas que por comodidad y no mojarnos no hemos terminado de arreglar el tejado?

—No.

La fulminó con la mirada antes de ir hacia la puerta. —Tú ocúpate de tus asuntos, que yo me ocuparé de los míos.

—Marido…

Él se detuvo en el pasillo sin volverse. —¿Ya no quieres estar casado conmigo?

La miró como si fuera estúpida. —Deja de decir absurdos, mujer. ¿Es que acaso ese embarazo te está volviendo loca?

Se fue y su corazón se retorció en su pecho porque hablara así de su hija. Su hija. Dos gruesas lágrimas corrieron por sus mejillas mientras Inga la miraba con pena. —¿Qué vas a hacer?

—No puedo abandonarle, es mi esposo.

Apretó los labios. —Pues esto no va a acabar bien y después de lo que me contaste de la abuela temo por ti.

—No me van a hacer nada, le respetan demasiado.

—¿Y él te respeta? Porque acaba de demostrar que no.