Capítulo 13
—¿Preparada?
Bajo el sol del mediodía asintió a su marido que había confeccionado una cuerda mucho más larga. —La tensaré lo suficiente como para que no se enrede, pero debes estar atenta a ella siempre.
—Entendido.
—Preciosa, tiraré de la cuerda si veo que tardas mucho. Respóndeme.
—Lo haré. —Se subió a la borda y le guiñó un ojo a su hermana que estaba tan nerviosa como todos.
Cogió los sacos y su cuñado dijo —Buena pesca.
—Prepara los siguientes, pienso sacar todo el oro que pueda de esto.
—Se tiró al agua y nadó hacia el fondo sin perder el tiempo.
La inmersión de día y sin tormenta hacía que el agua estuviera mucho más clara, aunque al descender todo se fue oscureciendo, pero no hasta el punto de no ver nada.
Las siluetas eran mucho más claras y entró en el primer barco que tuvo a mano.
Allí no había nada, ese había naufragado a la ida, eso estaba claro.
Entró en el siguiente donde se encontró varios cofres.
Intentó abrirlos, pero las cerraduras estaban oxidadas y no quería arrancar las tapas.
Sintió un tirón y miró hacia arriba. Tiró de su cuerda con fuerza y siguió trabajando.
Dejó los sacos a un lado y agarró un gran cofre.
Le costó un poco sacarlo por el hueco de la escalera, pero al final lo logró.
Nadó hacia su barco y al llegar arriba parpadeó al ver a su marido en el agua intentando subir con ayuda de los suyos. —¿Qué haces?
La miró sobre su hombro. —Mujer, me has tirado al agua.
Se sonrojó. —Uy, perdón. Quería que lo sintieras.
—¡Y vaya si lo he sentido!
Todos arriba se echaron a reír y el jarl gritó —¿Queréis ayudarme de una vez?
—Sí, porque yo no puedo, tengo las manos ocupadas.
Su marido la miró con horror. —No hace falta que me ayudes mujer, mejor sigue sosteniendo eso.
—Eso hago. ¡Olef! ¡Mueve el trasero y tírame otra soga!
Su cuñado lo hizo de inmediato. Sujetando el cofre con una pierna, ató la soga a las agarraderas laterales del cofre y lo soltó. —Hala marido, súbete encima.
Gruñó agarrándose a la soga. —¡Subidme!
Los hombres tiraron desde arriba gimiendo porque entre el enorme baúl y su marido era una buena cantidad de peso. —¡Dejad de quejaros! —Hrafn consiguió agarrarse a la borda y subió al barco, al volverse su mujer estaba allí con otro baúl. —Sí que eres rápida, mujer.
—Te lo dije.
Hrafn apretó los labios. —Mantén los ojos abiertos, empiezo a creer que lo de ayer tiene algo que ver con algún hechizo.
Se le cortó el aliento porque ni se le había pasado por la cabeza.
—Estaré atenta. —En cuanto subieron el segundo baúl fue a por los dos que quedaban y estaba a punto de subir con el cuarto cuando sintió algo tras ella.
Se volvió de golpe, pero no vio nada raro salvo algunos peces.
Frunció el ceño mirando a su alrededor. Allí había alguien, lo sentía.
Nadó a toda prisa hacia su barco y cuando llegó arriba le dijo a su marido —Rápido, cogedlo.
—¿Qué pasa?
—No lo sé.
Lo ató a la cuerda y los hombres tiraron de él mientras su marido alargaba la mano. —¡Sube!
Asustada estiró la mano, pero antes de que pudiera cogerla algo la agarró del pie tirando hacia abajo. Se hundió y consiguió soltar su pie saliendo a la superficie, pero la volvieron a agarrar con fuerza hundiéndola del todo.
—¡Brynhild! —gritó su marido desesperado mirando las aguas. Se iba a tirar, pero los hombres se lo impidieron—. ¡Dejadme!
—Si ella no puede contra lo que la retiene, tú tampoco podrás, mi jarl.
Brynhild sorprendida miraba a una mujer ante ella que estaba también llena de escamas, pero tenía una cola de pez enorme y una aleta desde la frente hasta la nuca, su color era verde y hermoso. Volvió la mirada hasta otra igual, pero su cola era azul.
—¿Quién eres? —escuchó en su mente.
—Brynhild —respondió de la misma manera.
—Eres una humana muy especial, nunca había visto a nadie como tú —dijo otra voz.
Miró a la otra mujer. —Soy descendente de Njord y Freya.
—Oh, tienes sangre de dioses. —Una de ellas se volvió ligeramente y vio que tenía otra aleta que recorría su espalda.
—¿Qué sois?
—Somos las guardianas de la cueva.
Separó los labios de la impresión. —¿Y qué hay en esa cueva que necesita que la custodien?
Una de ellas sonrió. —Algo de gran importancia.
El collar. —¿A quién servís?
—A Njord, por supuesto.
Se le cortó el aliento, el dios de los mares le había quitado el collar a su propia hija.
¿Por qué? Uy, uy, Brynhild que te estás metiendo en terreno peligroso.
Era evidente que Loki no tenía nada que ver en eso y que el dios de los mares había querido darle una lección a su hija por algo.
Entonces se le cortó el aliento, la estaba utilizando.
Freya la estaba utilizando para conseguir arrebatarle el collar a su padre. Se mordió el labio inferior.
—¿Te preocupa algo? —preguntó una voz en su cabeza.
—Sabe que estoy aquí, ¿no es cierto?
Ambas sonrieron y no disimularon que no la entendían. —Te vio ayer mismo. Cuando dormías. Te llevamos hasta su hogar y te echó un vistazo.
—¿Por qué no quiso hablar conmigo?
—Hablarás en su momento. Antes quiere saber de qué lado estás.
—¡Del mío!
Sonrieron como si esa respuesta les gustara.
—No sé lo que está pasando, Freya me pidió ayuda y no tenía por qué negársela. ¿Qué ha hecho? ¿Ha ofendido a su padre?
—Nuestro dios tiene muy buen carácter, pero su hija rebasó el límite.
—No quiero meterme en esto.
—Ya no puedes huir de lo que ocurre, debes tomar partido.
—¿Tomar partido en una guerra entre dioses? ¡Soy humana, no quiero meterme en sus discusiones, terminaré perdiendo yo! ¡Y puede que ellos consideren que tengo poco que perder, pero para mí lo es todo!
—¿Hablas de ese hombre que está ahí arriba? ¿De tu esposo?
Palideció. —No se os ocurra hacerle daño. Es un buen hombre y un gran jarl.
—No tiene por qué pasarle nada.
—Freya enfurecida puede ser muy dañina.
—Ahora ya no tanto —dijeron las dos a la vez divertidas.
—¡Esto no es un juego!
—Piensa que Njord puede ser muy generoso contigo.
—Eso mismo me dijo Freya.
—¿Y qué piensas decirle?
—Creo que ya lo sabéis, que no he encontrado nada.
—Mi hija se enfadará. Esa respuesta no es lo que se espera.
Brynhild se volvió de golpe para ver a un hombre rubio con pantalones de cuero.
Su melena y su barba rubia hondeaban con el movimiento de las corrientes y la miraba fijamente con unos ojos verdes idénticos a los suyos.
Njord sonrió. —Tienes muchas cosas de mí, y muchas de mi hija, puedo verla en ti.
—Yo soy morena —dijo molesta.
Él rio por lo bajo. —Sin duda tienes su carácter.
—No me metas en esto.
—No he sido yo, pequeña. Freya ha querido aprovechar nuestro parentesco para que no sea duro contigo. Otro ya estaría muerto por traicionarme.
—¡No sabía que tú eras quien le había quitado el collar, lo juro!
—Ahora lo sé. —Preocupado se pasó la mano por la barba. —Estás en un problema, niña.
—Ayúdame —le rogó.
—La única manera de que se dé por satisfecha es que le llevaras el collar, pero no puedo permitirlo, su poder gracias a él aumentó hasta tal punto que amenazaba al mismísimo Odín. No puedo permitir que lo recupere, ¿entiendes?
—Creía que el collar no tenía poder.
—Lo hicieron los enanos, todo lo que hacen tiene magia en su interior.
—¿Y si los enanos le hacen otro?
Njord la miró fijamente. —¿Otro?
—Exactamente igual, pero sin magia.
Su dios miró sorprendido a sus guardianas. —¿Por qué no se os ha ocurrido algo así?
—Pues…
—Al grano, abuelo, ¿puedo llamarte abuelo?
—Pues…
—Claro que sí, ¿cómo te iba a llamar sino?
—¿Dios?
—Eso es un nombre muy serio, estamos en familia.
Y la familia se ayuda. Yo le devolveré a Freya el collar y cuando lo haga le diré que he luchado con dos guardianas de manera feroz.
También le diré que ellas dijeron que quieres aproximarte a tu hija del alma, pero que yo pensando que se lo había robado Loki como la vez anterior, no me creí una palabra. Todos sabemos lo sibilino que es Loki.
—Se dará cuenta de que el collar ya no tiene poder.
—Puede que sí, pero le diré que es debido a que ha estado lejos de ella tantos años. Sin ella a su lado ha perdido parte de su poder.
—No te creerá.
—Pero no podrá asegurarlo, ¿no es cierto? Soy humana, ¿por qué iba a mentir? Y más a mi abuelita querida. En cuanto recupere el collar, le dirás que quieres tener la relación que teníais antes, que sientes mucho lo ocurrido, pero que lo hacías por su bien y bla, bla, bla.
—Nunca hemos tenido una gran relación.
—¡Pues la cambias! Debes llevarte bien con tu hija, es la diosa del amor y la belleza.
—Y de la muerte, ¿o eso no lo recuerdas?
Gruñó. —Abuelo, no me pongas las cosas difíciles. Es la única solución que tenemos. —Miró hacia arriba. —No nos estará escuchando, ¿no?
—No, aquí no puede escucharnos.
—¿Los enanos serán rápidos?
—Por el precio adecuado se darán toda la prisa que haga falta.
—Me estará vigilando, así que tendré que seguir bajando el tiempo que estén trabajando.
—No podrás decirle nada a tu esposo, ella podría oírlo.
Apretó los labios. —Me las arreglaré. Mételes prisa a los enanos y yo haré el resto.
—Bien. Sabes que si se da cuenta del engaño, mi hija se enfurecerá contigo, ¿no es cierto?
—Abuelo, ¿y cómo iba a saber yo que ese no era el collar auténtico si jamás lo había visto?
Njord sonrió. —Eres mucho más lista que cualquier humano.
Ella se acercó sonriendo y le abrazó sorprendiéndole. —Siempre he querido conocerte.
Su dios la abrazó a él. —Siento no haber ido a verte mucho antes.
—No importa, los dioses debéis estar muy ocupados. —Se alejó sin darse cuenta de que la concha de su pecho se había vuelto de oro. Tengo que irme. Mi marido debe estar muy preocupado.
—Un hombre muy afortunado.
Le guiñó un ojo antes de ascender tan aprisa que solo fue una estela plateada. Njord sonrió satisfecho. —Sí, tiene mucho de mí.
—Por supuesto, mi dios.