Niégame cuanto quieras Capítulo 12 #2
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Capítulo 12 #2

—Pero eso no puede ser, apenas acabo de empezar. —Se levantó como pudo y se acercó a él que estaba arriando una vela. —Marido, tenemos que volver. Freya…

—Ya tenemos lo que buscábamos, esposa. Con ese botín saldremos adelante.

—Pero ahí abajo hay mucho más y Freya necesita…

—¡No necesita nada! ¡Ha estado sin ese collar muchos años y no lo necesita! ¡Son problemas de los dioses, no nuestros!

—¡Que no se te olvide que si tienes ese oro es gracias a ella y a su padre! ¡Ni te atrevas a contradecirles!

—¡No voy a dejar que arriesgues tu vida por uno de sus caprichos!

Le agarró por el brazo. —Ni pienses en eso siquiera, ¿me oyes? Freya quiere mi ayuda y se la pienso dar.

—Te lo prohíbo.

Parpadeó asombrada. —No puedes prohibírmelo, ¿quién te crees que eres?

—¡Tu marido!

—¡Marido porque yo he querido, no lo olvides!

—¿Qué quieres decir con eso?

—¡Qué puedo cambiar de idea cuando quiera!

Él entrecerró los ojos. —¿Me estás amenazando con dejarme si no me pliego a los deseos de Freya?

—¡Qué yo te deje será el menor de tus problemas como sigas comportándote así, creo que no recuerdas de quién hablas! —Se volvió. —¡Regresaremos mañana para buscar su collar!

—¡No!

Se detuvo en seco sin poder creérselo y se volvió. —¿Has perdido la cabeza? —Un trueno recorrió el cielo justo tras ella.

—Jarl, ¿qué estás haciendo? ¿Vas a enfurecer a una diosa? —preguntó Olef incrédulo.

—¡Si eso implica que mi mujer arriesgue su vida, sí, le llevaré la contraria!

—¡Ella me protege!

—¡No la veo aquí contigo! ¡Si tanto le interesa que baje ella! ¿Por qué no lo hace?

Dio un paso hacia él. —Estás siendo irracional, ella no lo encuentra.

—¿Y si una diosa no da con él te envía a ti? ¡Esto no me gusta nada!

—¿Pero qué temes?

—¡Qué mueras, eso temo!

Sus ojos se llenaron de lágrimas. —Estoy bien.

—¡Estás temblando todavía y apenas has estado en el agua! Además, ¿quieres problemas con Loki?

Se estremeció de miedo.

—¿Los quieres? ¡Porque si él lo ha escondido allí no creo que le guste nada que tú lo encuentres!

—Freya me protegerá.

—¿De veras? ¿Acaso protegió a tu abuela? ¿A tu madre cuando paría? ¡No le importáis nada! ¡Tú, la descendiente de la diosa, has trabajado como una mula para sacar a tu familia adelante! ¡Y no le importaba! ¿Y ahora te busca por su estúpido collar?

Inga miró a su hermana que estaba pálida. —En eso tiene razón.

—Los dioses son caprichosos —dijo Olef—. Eso lo sabemos todos, pero no es buena idea llevarles la contraria.

Hrafn apretó los labios. —Y debemos arriesgar la vida sin protestar, ¿no es cierto?

—¡Sí! —gritó Brynhild—. ¡Exactamente eso! Así que regresaremos en cuanto podamos para buscar su collar.

—¿Y si no lo encuentras? ¿Cuándo te detendrías?

—¡Aún no he empezado! Yo confío en su palabra y si dice que mi instinto me llevará a él, lo haré. Y espera que tú me ayudes a conseguirlo. No la defraudes.

—¿A ella o a ti?

—¡A las dos! ¡Deberías apoyarme! ¡Ella cree que lo harás!

—¿Y eso no te indica lo equivocada que está tu diosa?

Pálida de miedo por lo que podría pasarle se acercó. —Por favor, no hables así.

—¡No quiero perderte! —gritó fuera de sí—. ¿Es que no lo entiendes?

Dos lágrimas recorrieron sus húmedas mejillas. —Eso no está en tu mano, mi amor. Sucederá cuando tenga que pasar.

Se volvió ignorándola. —¡Ketil tensa esa vela! ¡Regresamos a casa!

Fue hasta él y le cogió del brazo. —¡Fue ella la que me indicó que eras el adecuado!

¡Ese rayo en el mástil me lo indicó cuando se lo pregunté!

¡Había soñado contigo, supe que llegarías, pero no quería separarme de mis hermanos, temía por ellos!

¡Le pregunté si enfadaría a los dioses si te rechazaba y lanzó un rayo!

¡Y después otro arruinando tu barco para que tuvieras que quedarte y que te diera una oportunidad!

—¿Y debo darle las gracias?

—¡Sí! ¡Si me quieres deberías! ¡Y es evidente que me quieres cuando no soportas la idea de perderme, mi amor! —Le rogó con la mirada. —Necesito que estés conmigo en esto, te necesito a mi lado como ella espera… Por favor, no temas por mí, lo vas a arruinar todo.

—Hazle caso a tu esposa, jarl —dijo Ketil—. Llevarse mal con los dioses no es la mejor opción. Que busque ese collar un tiempo, Freya no podrá negar que lo ha buscado.

Hrafn apretó los labios. —Subirás al barco en cuanto empieces a tener frío.

—Lo prometo.

—Y solo lo harás de día. Tendrás una semana, ni un solo día más.

—De acuerdo, una semana, si no encuentro nada en una semana regresaremos a casa, te lo prometo.

Él asintió alejándose, lo que indicaba lo furioso que estaba. Se apretó las manos y su hermana la abrazó por los hombros. —No te preocupes, se ha alterado porque has tardado mucho.

La miró sorprendida. —¿De veras?

—Hermana casi va a amanecer. Se desesperó pensando que te había pasado algo, a punto estuvo de tirarse detrás de ti, pero Ketil y Olef se lo impidieron.

Sorprendida miró al cielo y era cierto que quedaba poco para que amaneciera, ya se veía algo del reflejo del sol en el horizonte. —No he sentido que hubiera pasado el tiempo…

—Pues ten cuidado, porque como eso vuelva a pasar, tu marido no te dejará bajar de nuevo. Y le darán igual todos los dioses de Asgard.

Bajó a la bodega donde su marido estaba metiendo el oro en cajas de madera y por la expresión de su rostro era evidente que no quería hablar. Pero no podía dejar las cosas así.

—Lo siento, perdí la noción del tiempo.

—No importa.

—Sí que importa, cielo. Lo que a mí me parecieron unos minutos fueron horas y no sé por qué ha pasado —dijo confundida—. Solo entré en un barco.

Hrafn la miró. —¿Qué quieres decir?

—No me dio la sensación de que estuviera mucho abajo, de hecho, creía que estaba siendo muy rápida, para mí fueron unos minutos.

Se tensó. —Preciosa, esto cada vez me gusta menos.

—Debo hacerlo.

—¡Has estado abajo casi toda la noche y ni te has dado cuenta! ¿Y si pierdes la noción del tiempo del todo y no vuelves a subir?

—Tiene que haber una explicación —dijo empezando a asustarse también.

Dio un paso hacia ella. —Por favor, olvídalo.

—No puedo hacerlo, Freya disgustada puede ser peligrosa, lo sabes tan bien como yo.

Hrafn apretó los labios y se volvió para seguir con su tarea. —Una semana, esposa, me lo has prometido.

—Una semana, ni un día más. —Se acercó a él y miró la caja impresionada por la cruz de oro macizo. —Con eso podremos hacer una gran casa del jarl.

—Es increíble, tú eres increíble.

Le miró emocionada y le abrazó con fuerza. —Siento haber insinuado que te dejaría, eso no pasará jamás. A veces me enfado y…

Sonrió acariciando su espalda. —Lo sé.

—Te amo, si tengo miedo es porque algo pueda romper lo que tenemos.

—Pues no les dejes. —La besó en la frente y ella le miró a los ojos buscando un beso que él le dio suavemente de una manera embriagadora. —Debes cambiarte de ropa, todavía estás helada.

—Sí… —Se miró el cabello que aún mostraba destellos y bufó. —No me gusta acostarme con el cabello mojado.

—Pues en una semana te vas a acostar mucho así —dijo con ironía cogiendo el otro saco para volcarlo en la caja.

—Ja, ja… —Se quitó el vestido quedándose desnuda ante él. Su piel aún mostraba las pequeñas escamas plateadas y le miró con picardía. —Marido, ¿me haces entrar en calor?

Dejó caer el oro dentro de la caja con saco y todo mientras se la comía con la mirada. Brynhild rio corriendo hacia las pieles y se tumbó encima mirándole provocadora. —Date prisa, guerrero. —Él se abrió sus pantalones de cuero y Brynhild se mordió el labio inferior. —Te necesito.

Su miembro salió ya erecto y ella alargó la mano para cogerlo con suavidad. Hrafn dio un respigo. —¡Por todos los rayos de Odín! —dijo dando un paso atrás—. ¡Mujer, no toques!

—Uy, lo siento. —Miró su miembro que seguía tieso.

—No ha parecido afectarle, ¿mi boca estará igual de fría?

—Se acercó y exhaló sobre su sexo haciendo que su marido gruñera de placer.

—Parece que te gusta, esposo. —Abrió las piernas.

—¿Crees que mi interior estará igual de frío?

—Hrafn se arrodilló y pasó la mano por sus húmedos pliegues.

Brynhild cerró los ojos disfrutando de sus caricias. —Ardo por ti.

Su color fue volviéndose humano y él acarició su vientre. —Te calientas rápido, mujer.

—Gracias a ti, mi amor.

La agarró por las caderas pegándola a su pelvis y colocó sus pantorrillas sobre sus hombros antes de introducir su dureza en ella haciendo que gimiera de placer.

Sujetándola por los muslos se deslizó hasta llenarla por completo y Brynhild gritó arqueando su espalda.

Su deseo aumentó de manera enloquecedora y su marido movió las caderas con firmeza, pero tan lentamente que llegó a ser una auténtica tortura.

Brynhild sintió que su vientre se estremecía entre el dolor y la alegría por recibirle.

Se aferró a las mantas en cada duro empellón porque lo que estaban compartiendo era mucho más intenso que nada que hubiera sentido antes.

Hrafn la agarró por la cintura pegándola a su pecho y casi sin fuerzas se abrazó a su cuello mirando sus ojos y estos le decían que siempre sería suya.

Apoyando los talones se elevó siguiendo su ritmo que poco a poco se volvió frenético.

La besó con pasión moviendo las caderas con firmeza y lo hizo de nuevo dejándola sin aliento, porque todo su ser se tensó con tal fuerza que creyó que su vientre estallaría.

Y con el siguiente empujón lo hizo, dándole tanta dicha que se aferró a él estremeciéndose de arriba abajo.