Niégame cuanto quieras Capítulo 12
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Capítulo 12

Pues sí que roncaba, sí, pero Inga no parecía enterarse porque dormía como un tronco pegada a él.

Volvió la cabeza para mirar a su marido que tampoco parecía enterarse.

Espero que Olef no ronque, ¿quién decía algo así después de confesar tu amor?

Entrecerró los ojos. A él se le había metido en la sangre, pero quería entrar en su corazón y por su contestación era evidente que no lo había hecho.

Hablar de los ronquidos de su cuñado justo en ese momento, era buena muestra de que él no sentía lo mismo y que su corazón aún estaba libre.

Pero está casado contigo, dijo una vocecita en su interior, es tuyo para siempre.

No, para siempre no que puede que la dejara por otra, no era la primera vez que ocurría.

Sin poder dormir porque su cabeza no dejaba de dar vueltas, se levantó y después de ver que su marido ni se había dado cuenta, apretó los labios antes de salir de la casa.

Caminó hacia el fiordo mirando a los que dormían cerca del fuego aún encendido.

Se acercó al agua y se sentó en una roca.

El reflejo de la luna en el agua la embelesó y se la quedó mirando durante unos minutos.

Entonces vio una especie de anillo de oro dentro de la luna y un caballo alado que se acercaba.

La luna cada vez parecía más grande y sin poder creérselo se levantó para ver salir del reflejo un hermoso caballo blanco y sobre él la mujer más hermosa que vería jamás.

Llevaba una corona de oro sobre sus hermosos mechones rubios.

Sus ojos la miraron como si pudieran leer en ella.

—Llevaba mucho tiempo deseando este momento, hija.

—Freya… —dijo impresionada.

Sonrió aún más. —¿Te importa si te llamo hija? Es que ni recuerdo cuantas antecesoras has tenido, la verdad. Ha pasado mucho tiempo desde que mi querida hija tuvo a la primera de vosotras.

—No me importa.

—Tu nombre es Brynhild, ¿no es cierto?

—Sí, mi diosa.

—Me agrada tu esposo, es el hombre que necesitas para tu misión.

Dio un paso hacia ella. —¿Misión?

Freya perdió la sonrisa del todo. —Hace mucho tiempo, alguien me robó algo muy valioso para mí.

Se le cortó el aliento. —El collar que te quitó Loki. Brisingamen… Mi madre me lo contó de niña. Es del ámbar más hermoso y dicen que no tiene rival. Pero lo recuperaste. Mi madre me contó que nunca te lo quitas.

—Hace cien años me lo volvieron a robar —dijo con rabia—.

El desgraciado que lo hizo ha tenido que esconderlo en las profundidades del mar, pues es el único lugar donde no lo siento y por mucho que lo he buscado no he dado con él.

Ni mi padre lo ha encontrado, pero he tenido la visión de que tu podrás ayudarme.

Si lo encuentras recompensaré a tu familia con riquezas que no tendrán fin.

—No hace falta que nos recompenses, mi diosa, te ayudaré con gusto si está en mi mano. ¿Cómo puedo encontrarlo?

—No lo sé, solo sé que está en tu mano dar con él. Déjate guiar por el instinto, hija. Si lo encuentras, tus descendientes y tú jamás tendréis que preocuparos por el oro. Consíguemelo y tendréis todo lo que deseáis.

—Intentaré encontrarlo, mi diosa.

—Sigue tu instinto. —Su caballo se acercó hasta ella y alargó la mano. Se la cogió sin dudar y sin entender lo que ocurría sintió que cogía la mano de su madre. —Era una buena mujer, una guerrera, como lo eres tú, sigue sus pasos y todo irá bien. No temas, hija.

Emocionada susurró —No temeré.

Levantó la vista y sonrió. —Guerrero, la has seguido.

—Siempre.

Freya sonrió. —Has elegido muy bien, hija. —La miró y bajó la vista hasta su colgante. Cogió su concha marina. —Me lo dio mi padre hace muchos años.

Brynhild separó los labios de la impresión. —¿De veras?

—Hónranos a los dos. —Volvió su caballo alado haciendo flotar su larga melena. —Encuéntralo por mí.

—Lo haré, mi diosa —dijo aún temblando de la impresión por haber tocado a su madre.

Freya sonrió y se sumergió en la luna. A medida que se alejaba el reflejo volvió a su tamaño normal. Su marido se puso a su lado. —Su collar, quiere que encuentre su collar. —Sus ojos brillaron mirando a su esposo. —Por eso te he conocido, por eso te han puesto en mi camino.

—¿Y si no lo encuentras?

—Freya ha tenido la visión de que puedo ayudarla y debe ser por algo. Debemos seguir nuestro destino, ir a por nuestro oro, seguramente el collar estará allí.

—No puedes estar segura.

—Hace unos meses ni se me hubiera ocurrido salir a alta mar. No lo entiendes, teníamos que encontrarnos para llegar allí. Para llegar donde se hunden esos barcos. —Miró la luna. —El collar estará allí o muy cerca.

—Loki es traicionero, seguramente habrá puesto trampas que protegen el collar.

—Ella me ha dicho que no tenga miedo y no pienso tenerlo. Freya me protegerá.

Sentada en la borda intentaba ignorar el viento mirando las negras aguas. Volvió la vista hacia su marido que aseguraba la cuerda a su cintura.

—Esto no me gusta —dijo Inga—. ¿Por qué tienes que hacerlo de noche?

—¿Para qué esperar?

Hrafn miró su anillo. —Se acerca una tormenta, mujer.

—Lo sé, por eso cuanto antes lo haga mejor y así podremos alejarnos.

Su marido la cogió por la nuca para que le mirara a los ojos. —Escúchame bien, me da igual lo que diga Freya, si sientes que estás en peligro, sal de ahí tan rápido como puedas. Me da igual ese collar, las riquezas de las que no dejas de hablar, me da igual todo, tú sube.

—Lo haré.

—Ten cuidado —dijo Inga.

—Estaré aquí antes de que os deis cuenta. —Besó a su marido en los labios y antes de que pudiera rodearla con sus brazos, Brynhild ya se había tirado al agua.

Hrafn se acercó a la borda para ver como su silueta plateada descendía en picado. —Odín ayúdala… Thor dale tu fuerza.

Brynhild ajena a sus ruegos, descendía sintiendo cada vez más miedo porque la oscuridad la rodeaba.

Agradeció la cuerda, porque estaba segura de que en algún momento podría perder el sentido de la orientación.

A medida que descendía más frío hacía, hasta que llegó un punto en que su cuerpo tembló.

Se detuvo mirando hacia abajo. Por Odín, ¿cuánto faltaba para llegar?

Su cuerpo ya no reflejaba ninguna luz, por lo tanto no veía lo que tenía a su alrededor y sintió aún más miedo si eso era posible.

Vamos, un poco más. Siguió bajando y unas algas la rozaron asustándola.

Bien, has llegado al fondo. Miró a su alrededor.

Caminó por el suelo de arena casi a tientas y entonces sus ojos se fueron acostumbrando a la falta de luz para ver siluetas.

Separó los labios de la impresión porque estaba entre dos barcos semidestruidos.

Siguió caminando y vio otro. Nadó elevándose y se giró, había barcos hasta donde alcanzaba la vista.

Sonrió. Cogiendo la cuerda ascendió lo más rápido que podía.

Al salir a la superficie sobresaltó a todos. —¡Los he encontrado! ¡Dadme los sacos!

—¿Los has encontrado? —preguntó asombrado mientras Olef y Ketil la miraban atónitos—. Rápido, los sacos. —Estiró la mano y como no se los dieron miró a Ketil. —¿Quieres espabilar? —gritó sobresaltándole.

—Joder, jarl, es que es impresionante.

—¡Aprisa!

Se los pasó Inga que chasqueó la lengua. —¿Tardarás mucho, hermana?

—Tengo que encontrar el oro, solo he encontrado los barcos. —Los cogió. —Igual tardo un poco, no os preocupéis.

—Estás helada —dijo su marido entre dientes—. Deberías esperar hasta el amanecer.

—¿Y que nos coja la tormenta? Bajaré un poquito más.

Su marido gruñó cuando volvió a sumergirse. Inga le palmeó el hombro. —Vete acostumbrando, a mi hermana no hay quien la domine.

Brynhild siguió bajando y al llegar a uno de los barcos, pisó encima con cuidado por si la madera se partía.

Sintió que crujía y con cuidado fue hasta las escaleras.

Decidió nadar porque estaba muy debilitado y no tenía casi escalones.

Al meterse en la bodega se estremeció al ver el contorno de varios esqueletos tirados en el suelo.

Se acercó a unos sacos y abrió uno casi palpando el nudo.

Le dio miedo meter la mano, pero el saco se rasgó y cayó al suelo lo que parecía un casco y varias monedas.

Dejó caer uno de sus sacos y con el otro en las manos volcó el saco podrido dentro del otro.

Cogió otro saco y sin abrirlo hizo lo mismo.

Subió a toda prisa con ellos siguiendo la cuerda.

Al llegar arriba los elevó y Olef cogió uno mientras que Ketil cogía el otro.

—No sé lo que tienen —dijo temblando de frío—. No se ve mucho.

Hrafn alargó la mano. —Sube, si te mantienes en el agua enfermarás.

Ketil gimió tirando del saco. —¡No lo sueltes! —gritó ella asustada.

Olef le ayudó a subirlo al barco y suspiró del alivio.

—Sube preciosa, volveremos cuando mejore el tiempo. Ahora buscaremos un lugar seguro, el anillo está casi negro.

Asustada le miró a los ojos y cogió su mano a toda prisa.

La sacó del agua y su hermana la cubrió mientras se dejaba caer en el suelo muerta de frío.

Olef volvió el saco para volcar su contenido.

Tiró de la tela del que estaba dentro rasgándola y mostró gran cantidad de oro.

Inga chilló de la alegría. —¡Lo has conseguido!

—Hay muchos barcos.

—¿De veras? —preguntó Ketil volcando el suyo. Una gran cruz de oro y piedras preciosas quedó a la vista—. Jarl, esto es una fortuna.

—Ketil ponte al timón, tenemos que alejarnos cuanto antes —dijo agachándose ante su esposa que no dejaba de temblar.

—Tenemos que venir de día, marido, a ver si así hay algo más de luz ahí abajo.

—No te preocupes por eso ahora, ya hemos conseguido lo que queríamos.

Frunció el ceño sin entender mientras se alejaba. —¿Qué ha querido decir?

—Creo que no vamos a volver —dijo su hermana—. Ya tenemos el oro que necesitamos.