Niégame cuanto quieras Capítulo 11 #2
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Capítulo 11 #2

—Eh, me tratan muy bien. Ayer por la noche estaban encantados conmigo. Y las comodidades llegarán. —Se volvió mirándole ilusionada. —Haremos una casa del jarl enorme para que todos cenen con nosotros cada noche. Será perfecto, ya verás.

Él cogió su mano y sonrió. —¿Eso crees?

—Claro que sí, en cuanto solucionemos donde tienen que dormir y el tema de la comida, podremos irnos y regresaremos con tanto oro que todos estarán tranquilos.

—Espero que Ketil llegue pronto.

—Llegará, los dioses nos echarán otra mano, ya verás.

—Ya son unas cuantas.

Hizo una mueca. —Y espero que sigan así. Si estoy aquí es por algo, cielo. Por algo importante, no nos darán la espalda.

Él acarició su mejilla y Brynhild cerró los ojos disfrutando de su contacto antes de recibir un suave beso en los labios. —Tenemos mucho que hacer antes de que llegue nuestro primer hijo, así que a trabajar.

Brynhild abrió los ojos sonriendo y escucharon un cuerno. Sonrió aún más. —Ahí están, cielo.

Su marido salió corriendo de la casa desencajando la puerta y ella hizo una mueca. —Se veía venir. —La puerta cayó al suelo y suspiró dejándose caer sobre la piel de lobo. —Freya, ayúdanos un poquito. Sé que estás muy ocupada, pero échanos una mano, por favor.

Esa noche sentados alrededor de una hoguera, ella sirvió un cuenco de guiso de conejo a los hombres, al igual que el resto de las mujeres porque se consideraba una más. Cuando terminó, se sentó en un tronco al lado de su marido y comió con ganas.

—Está muy sabroso, nieta —dijo el abuelo sonrojándola—. Todos hablan de tus habilidades en la cocina y es evidente que son muchas con los pocos recursos que tienes.

—Gracias, abuelo. Hay más si queréis repetir.

Los hombres asintieron con la boca llena. Ketil la miró fijamente, lo que la sonrojó aún más. —Sí, lo que te han dicho es cierto.

—Lo siento, pero es que aún no doy crédito.

—Mi mujer tiene una habilidad que vamos a explotar. ¿Seguro que recuerdas el sitio?

—Sí, jarl. Sé exactamente donde se hundió nuestro barco. No se me olvidará nunca, solo pude salvar a cinco hombres aquella noche. Varios venían conmigo, si quieres…

—No meteremos a nadie más en esto. —Se volvió hacia Olef que escuchaba atentamente. —¿Te preocupa venir?

—¿Con mi señora a bordo? No, mi jarl.

Brynhild sonrió. —Gracias, cuñado.

—La familia para las buenas y para las malas. ¿Está muy lejos?

—A tres días en barco —respondió Ketil—. Si el tiempo sigue así, será una buena travesía.

—No te confíes, amigo, ya sabes cómo va esto.

Ketil asintió. —Pero la tenemos a ella.

—Mi mujer es tan mortal como nosotros, no debemos correr riesgos. Como va a nadar muy abajo, llevará una cuerda. No sabemos el estado de los barcos, hay que tener precaución.

—Cielo, si algo se me cayera encima no podrías sacarme, la cuerda daría lo mismo.

Hrafn apretó los labios. —La llevarás.

—Como quieras.

Ketil suspiró. —Allí hay muchas corrientes, jarl. ¿Estás seguro de esto?

—Te aseguro que lo que menos querría es poner en peligro a mi esposa —dijo molesto—. ¿Pero acaso tenemos otra opción? Estamos arruinados y debo a mi suegro hasta el barco que nos ha traído hasta aquí. Y no hace falta que me recuerdes que perdí ese barco y el oro que hemos podido traer.

—Nunca te lo recriminaría, mi jarl. Querías conquistar a tu mujer y yo hubiera hecho cualquier cosa para conseguir a la mía.

Su marido carraspeó mientras ella reprimía la risa. —No tiene gracia —dijo él por lo bajo.

Terminó su cocido y cogió el cuenco de su marido. —¿Quieres más?

—No —dijo de mal humor.

Las mujeres recogieron los cuencos y fueron a lavarlos. Ella ofreció a los hombres un poco de pan con queso, pero su marido lo rechazó, seguramente para que los demás tuvieran más ración.

Inga regresó del fiordo con los cuencos ya limpios. —He pensado que lo mejor era reservar el agua del pozo por si acaso.

—Bien visto, no sabemos de cuanta agua disponemos. Lo averiguaremos mañana.

Inga miró al grupo alrededor del fuego. —Tu marido está furioso, no lleva muy bien esta situación.

—Creo que no está acostumbrado a depender de nadie para solucionar sus asuntos.

—Y que su mujer le saque las castañas del fuego es algo que no soporta, ¿no es cierto?

—No se da cuenta de que las mujeres llevamos haciendo eso desde el principio de los tiempos. Cuidamos su casa, a sus hijos y sus tierras cuando se van de incursión, sin nosotras su vida sería mil veces más difícil, ¿no crees?

Inga entrecerró los ojos. —Cierto, pero aun así te preocupa.

—Tengo el presentimiento de que toda esta situación se va a complicar.

—¿En qué? No podemos estar peor. —Miró a su alrededor. —Con la llegada de Ketil somos más y la comida ya escasea.

—Mañana saldrán de caza. Los caballos de padre nos hubieran venido muy bien en estas circunstancias.

—Los traeremos la próxima vez que vayamos.

Su marido se levantó y se alejó. Vio como cogía un hacha y empezaba a cortar leña. Era evidente que necesitaba desquitarse. —Acuéstate, Inga, tienes que estar agotada, has trabajado más que nadie.

—Esa has sido tú y te aseguro que muchos se han dado cuenta. —La besó en la mejilla. —Hasta mañana.

—Que descanses. —Caminó hacia su marido y se sentó en un tuco para observar a su esposo. —¿Estás enfadado porque la solución depende de mí?

Él apretó los labios cogiendo un tronco. —Estoy enfadado porque la solución depende de ti poniéndote en peligro y no puedo hacer nada.

Sonrió. —¿Y si te prometo que no cometeré ninguna imprudencia?

Dejó caer el hacha y la miró. —Júramelo por Odín.

Hizo una mueca pensando que igual en algún momento tendría que correr algún riesgo y él juró por lo bajo. —Júramelo, mujer.

—Te lo juro. No me pondré en peligro.

—No, porque si te pierdo no merecerá la pena.

Se tiró sobre él y le abrazó con fuerza sintiendo lo afortunada que era por tenerle. —Vámonos a dormir, cielo. Eso puedes hacerlo mañana.

Hrafn dejó caer el hacha y cogiéndola por la cintura fueron hacia su casita de piedra, que ahora con la llegada de los demás compartían con Olef y su hermana. —¿Cuándo crees que podremos irnos?

—Una semana, nos iremos cuanto antes. Necesito ese oro para ir a Heirst y comprar todo lo que necesitamos para el invierno. Tenemos muy poco tiempo.

—Lo lograremos.

Ante la puerta tiró de ella para pegarla a su cuerpo y se miraron a los ojos. —Me lo has jurado, esposa.

—No correré ningún peligro.

Besó sus labios suavemente. —Ya no podría vivir sin ti, te me has metido en la sangre, mujer.

Emocionada le miró a los ojos. —Yo también te amo.

Él sonrió. —Espero que Olef no ronque.