Niégame cuanto quieras Capítulo 11
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Capítulo 11

Ver aquel lodazal endurecido que había arrasado toda su aldea, fue desolador.

Ella que no había entendido cómo podía haberles pasado eso, lo comprendió al ver la montaña que había tras el antiguo pueblo.

Estaba lejísimos y aun así parte de ella se había deslizado como una gran lengua de tierra hasta el fiordo.

Increíble. A medida que el barco pasaba, todos sus antiguos habitantes se acercaron a la borda para ver lo que quedaba de su antigua vida.

Fue terrible ver sus caras y oír sus llantos, pero lo que a Brynhild le dolió más fue la expresión de su esposo, era evidente que creía que les había fallado a los suyos al no estar con ellos.

Le cogió por el brazo para intentar consolarle, pero él se apartó y gritó —¡Subiremos hasta las antiguas tierras de los Eiriksen!

El abuelo se acercó a ella. —Al menos tendremos un techo, aunque pueda desplomarse sobre nosotros en cualquier momento.

—¿Quiénes son los Eiriksen?

—Unos ladrones y unos asesinos. —Sonrió con ironía. —Eran familia de la madre de mi madre.

Ella levantó una ceja. —Así que eran familia vuestra.

—Yo no les conocí, mi padre tuvo que darles una lección porque nos robaron ganado. Los expulsó de esas tierras y a los que se les permitió quedarse cambiaron de vida.

—Entiendo.

—Hace muchos años que no voy por allí, igual no tenemos ni techo.

—Al menos hoy hará buena noche.

El abuelo se la quedó mirando y Brynhild se sonrojó. —¿Qué?

—Le has cambiado, ¿sabes?

Le miró sin entender.

—A mi nieto. Desde que murió su hermano mayor ha querido mostrar al mundo lo fuerte y valiente que es, sin sentimientos sin pasión, pero tú… Tú le has cambiado. Hacía muchísimo que no le veía sonreír como lo hace contigo.

Se sonrojó de gusto. —¿De veras?

—¿Qué has dicho? —gritó Olef ofendido cogiendo de la camisa a uno de los guerreros de Hrafn—. ¡Atrévete a repetirlo, canijo!

—¿Qué ocurre? —gritó el jarl.

—¡Este imbécil ha dicho que desde que hemos entrado en vuestras vidas solo hay desgracias entre los suyos!

El jarl entrecerró los ojos mirando a su hombre. —¿De veras has dicho eso, Erik?

—Puede que te hayas casado con una de ellos y estés ciego a la realidad, pero es evidente.

Iniciaste ese viaje para conseguir ovejas y has perdido este barco y una fortuna en oro.

¡Hemos perdido nuestro pueblo y dos barcos más, de manera inexplicable, casi se hunden en su fiordo y para colmo fueron mal reparados! ¡Los dos se han hundido!

—¡Ketil aparecerá en cualquier momento!

—¡Seguro que el de Ketil se ha hundido también! ¡Desde que entraron en nuestras vidas solo ha habido desgracias!

El corazón de Brynhild empezó a latir con fuerza viendo cómo se gritaban los unos a los otros y otras imágenes de gente gritando aparecieron en su mente. Vio a su abuela, como era empujada hacia el fiordo por una masa de gente furibunda. Su abuela se volvió y gritó —¡Huye! ¡Huye, hija!

—¡Ella te ha cegado, jarl! —gritó una mujer dejándola sin aliento—. ¡Por algo no se relacionaban con nadie! ¡La gente les tiene miedo!

—¡Deja de decir estupideces! —gritó imponiéndose a todos—.

¡Mi esposa y su gente tienen tanta culpa de lo que ha pasado como tú, que es ninguna!

¡Hace unas horas rezabais dando las gracias a los dioses por la suerte que habíais tenido!

¡Nadie ha muerto y eso ya es una suerte!

—Fulminó a su hombre con la mirada. —Y Ketil volverá con nosotros.

Hemos sobrevivido a muchas cosas en el pasado y esta es una más.

Intentar culpar a las personas que os acogieron tan amablemente, es mezquino y estúpido.

¡Los dioses han querido que nuestra vida cambie y no tiene por qué ser para peor!

¡Nunca me gustó nuestro asentamiento, y esta es una oportunidad para mejorar!

—No nos queda nada —dijo una mujer llorando.

—Te queda la vida y gracias a la familia de mi esposa tendremos comida y mantas para no pasar frío.

¡Nos han dado herramientas y muchas cosas más!

¿Y les tratáis así? ¡Nunca me he avergonzado de los míos hasta hoy!

—Muchos agacharon la mirada. —Dejad de quejaros tanto y reservad las fuerzas para levantar vuestras casas de nuevo, nos irá mucho mejor.

—¡Ya habéis oído a mi nieto! ¡Preparaos para desembarcar!

Hrafn se acercó a ella y siseó —Preciosa, no te separes de mi en unos días, hasta que los ánimos se calmen.

Inga separó los labios de la impresión. —¿Corremos peligro?

—Hace unos días te hubiera dicho que no porque mi palabra era ley, pero ahora todo ha cambiado.

El abuelo se acercó. —Algunos están murmurando que ella se tiró al agua poco antes de que se acercara el barco. Que es ella la que nos ha salvado a todos.

Brynhild gimió y al mirar hacia ellos se dio cuenta de que la observaban.

—No te preocupes, es un rumor, no pueden estar seguros de nada —dijo Inga—. Diré que creíste que había que ayudar así.

—¿Tirándome al agua? —preguntó con ironía.

—En situaciones de pánico nunca se sabe lo que se nos ocurre.

Bufó mirando a su marido que dijo —No se enterará nadie. Ni se imaginan la verdad.

—¿Es cierto, jarl? —preguntó una joven sonriendo ilusionada—. ¿Es cierto que tu esposa nos ha salvado? ¿Que tiene la magia en su interior?

Miró a su marido como si fuera tonto y él carraspeó volviéndose. —¿De qué hablas, Edith? ¿Quién te ha dicho esa estupidez?

—Varios la vieron tirarse al agua y después una estela plateada llegó al barco de tu abuelo… —Se sonrojó. —¿No es cierto?

Había tal esperanza en su voz, que su marido apretó los labios antes de mirarla.

Brynhild se dio cuenta de que si no utilizaba eso a su favor, en el futuro tendría problemas.

Dio un paso al frente. —¿Que si tengo magia en mi interior?

No. —Varios mostraron su decepción. —Yo no hago magia, yo soy así.

—Alargó el brazo por la borda y el agua ascendió hasta mojar su mano.

La levantó y todos separaron los labios de la impresión.

—Soy Brynhild, descendiente de Freya y del dios del mar.

Y voy a vivir entre vosotros porque así lo quieren los dioses.

—Menos mal que no ibas a decir nada —dijo su hermana por lo bajo.

—Cierra el pico. ¿No ves que están asustados?

—Más te vas a asustar tú como entren en pánico y quieran liquidarte.

—Sonríe… —dijo entre dientes.

Inga hizo una mueca mirando a su marido que no disimulaba su cara de pasmo. —Hala, ya me lo has cabreado.

—Tus problemas conyugales están al final de una lista larguísima de preocupaciones, ¿sabes?

Su marido dio un paso al frente. —No íbamos a decir nada porque es importante que nadie fuera de nuestro pueblo se entere de esto por la seguridad de mi esposa.

Varios asintieron mientras otros murmuraban con admiración. —Descendiente de Freya y Njord, son dioses muy generosos con sus fieles.

El jarl se tensó con fuerza. —¿Qué has dicho?

El hombre se sonrojó. —¿Es algo que sabe todo el mundo, jarl?

—¿Te parecía que su padre era rico? ¿Que nadaba en la abundancia?

—Pues no, mi jarl.

—¡Es una mujer! ¡Tan mundana como tú y como yo! ¡Los dioses le han dado una habilidad, eso es todo! ¡No pienses que los dioses se van a presentar ante ti para hacerte rico, porque te vas a llevar una decepción!

—Claro que no, jarl —dijo avergonzado—. Ni se me ocurriría pensar algo así, no soy merecedor de ello.

—¡Exacto! ¡Así que dejaos de sueños y de todas esas tonterías que se os pasan por la cabeza! ¡Mi mujer es tan real como todos nosotros y siente lo mismo que los demás, así que dejad de ofenderla a ella y a su familia!

—Sí, jarl —dijeron muchos aún impresionados por su mano que ya se estaba secando.

Hrafn se acercó a ella y preocupada preguntó —¿Crees que he hecho bien?

—En este momento no sé qué decirte. Tú por si acaso no muestres mucho más, pueden asustarse.

—¿Eres descendiente de Njord? —preguntó Olef asombrado.

—Shusss —contestó Inga—. Pues sí, pero a mí no se me entregaron esos dones.

Y no, yo no nado como ella, así que coge ese remo que tengo unas ganas de llegar que no puedo con ellas.

—Se acercó a su hermana a toda prisa. —¿Somos descendientes de los dioses o solo estabas exagerando un poquito, hermosa?

Hizo una mueca. —Tendría que habértelo dicho, ¿no?

—¡Pues sí! —De repente se llevó la mano al pecho. —Por eso tengo esos sueños.

—¿Qué sueños?

—A veces sueño cosas como cuando Olef me dio nuestro primer beso o cosas así. Soñé que me iba por eso creí que era con la familia de él.

—Entiendo. También tienes premoniciones.

—¿Eso son?

—Y yo que pensaba que todo iba a la primogénita… —Sonrió abrazándola. —Me alegro mucho por ti.

—Lo que pasa es que así no te sientes tan sola en esto de tus rarezas.

—Exactamente.

El abuelo se acercó mirando al frente y ambas se volvieron para ver el desolador y ruinoso poblado. Las casas eran de piedra y muy pequeñas, por supuesto no tenían tejado porque la paja había desaparecido hacía mucho y no había casa del jarl. Era tan primitivo, que les desmoralizó a todos.

—Hermana, hay mucho trabajo por delante —dijo Inga—. No podrían tener una mujer del jarl mejor.

—Muy graciosa.

—Lo sé.

—Bueno, manos a la obra.

Esa noche algunos durmieron en el barco y otros en las casas de piedra.

Habían cubierto las casas con las mantas más viejas, atadas a cuerdas con estacas de madera.

No era lo ideal sobre todo si llovía. Afortunadamente, la cena se solventó con pescado salado y algo de cecina con queso.

Su marido no pudo dormir en toda la noche de la preocupación por su pueblo y ella lo sintió muchísimo.

Casi al alba, ella se volvió sobre su piel de lobo dándole la espalda y suspiró.

—Siento todo esto, siento haberte traído aquí sin ninguna comodidad y haberte expuesto a los míos de esta manera.