Niégame cuanto quieras Capítulo 10 #2
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Capítulo 10 #2

Se subió a la borda y se lanzó al agua. Inga se llevó la mano al cuello viendo una estela plateada cruzando el mar tan rápido que cualquiera pensaría que se lo había imaginado.

Varios miraron a su jarl gritando que su esposa se había tirado al agua, pero él simplemente miraba el barco de su abuelo con los labios apretados.

De repente el barco se elevó en el agua y se acercó a ellos a buena velocidad.

Su abuelo miraba hacia el agua sin poder creérselo.

Durante unos instantes, hasta se veía la tabla separada del casco por donde entraba el agua, pues quedaba por encima del mar.

El barco se acercó al suyo y el jarl gritó —¡Ayudadles a subir!

Los hombres corrieron dando gracias a los dioses y el jarl ayudó a varias mujeres a subir al barco. —¡Inga, encárgate de ellas, que se queden abajo!

—Sí, jarl.

—¡Hay que descargar las provisiones! —gritó el abuelo—. ¡Aún podemos salvar las herramientas y otras cosas, aunque se hayan mojado!

—¡Rápido, haced lo que dice mi abuelo!

Mientras los hombres trabajaban, él miró hacia el mar y vio un reflejo plateado bajo el casco. —Muy bien, preciosa. Les has salvado.

Cuando su abuelo subió a cubierta se puso a su lado. —Njord está de nuestro lado.

—Eso no lo dudes, abuelo. El dios del mar ha tenido mucho que ver en esto. —No sabía cómo avisarla de que ya estaban a salvo. Entonces recordó. —¡Encended una flecha!

Uno de sus hombres lo hizo sin dudar y se acercó con el arco. —Tienes que lanzarla lo más bajo que puedas sin que caiga al agua, ¿me has entendido?

—Sí, mi jarl. —Se agachó poniendo la flecha ardiendo al borde de un barril y la lanzó al horizonte.

Brynhild vio la estela anaranjada pasar al lado del barco y lo soltó alejándose de él. Su marido al ver que lo había entendido suspiró del alivio. —¡Una manta, Inga!

Su cuñada corriendo llegó con ella. —¿Qué vamos a hacer? La verán todos.

—¿A quién? —preguntó su abuelo.

El jarl dio un paso al frente. —Muy bien, es evidente que todos habéis visto lo afortunados que hemos sido por la gracia de los dioses.

Todos con los ojos como platos asintieron.

—Y por ello, ahora mismo todos os daréis la vuelta mirando hacia el sol, os pondréis de rodillas y con los ojos cerrados y la frente en el suelo, daréis gracias por todo lo que han hecho por nosotros.

No debemos ser desagradecidos y en cuanto podamos sacrificaremos dos vacas para dar las gracias a Odín.

De momento les rendiremos pleitesía de este modo.

Su abuelo frunció el ceño y caminó hacia los demás. —¿No habéis oído a mi nieto? ¡Y no se os ocurra levantar la cabeza hasta que el jarl lo diga! ¡Agradeced su generosidad con los nuestros!

Todos se volvieron y se arrodillaron. Cuando estuvieron con la frente en el suelo, Hrafn se volvió para ver que su esposa estaba justo debajo.

Se agachó para alargar su mano y Brynhild que la vio, salió del agua alargando la suya.

Su marido tiró de ella sacándola del agua y su hermana asombrada por su aspecto la envolvió a toda prisa hasta cubrirle la cabeza.

—En la bodega hay alguna mujer —susurró Inga.

—Hay que secarla cuanto antes. —Entre los dos la frotaron todo lo que podían y después de unos minutos frenéticos solo su cabello la delataba.

—Dadme algo para envolverlo —dijo cubriéndose la cabeza con la manta.

Su hermana corrió hacia abajo para ir hacia una de sus bolsas y cogió una camisa de Olef. Subió a toda prisa y entre las dos cubrieron su cabello plateado. Hrafn sonrió. —Lo has hecho muy bien, preciosa.

Le guiñó un ojo. Hrafn se aseguró de que todo estuviera bien antes de volverse y no le sorprendió que su abuelo lo hubiera visto todo.

Nunca había sido de los que recibían órdenes.

Se acercó a él que levantó una ceja. —Tú no podías casarte con una mujer normal y corriente.

Siempre supe que tenía que ser alguien excepcional.

—Pues has dado en el clavo.

El abuelo asintió. —Muy bien, ya está bien hasta que realicemos los sacrificios. ¡Hay que llegar a casa!

Cubierta con la manta se puso en pie y miró hacia el barco que casi se había hundido del todo. Su marido se puso a su lado abrazándola por el hombro. —¿Crees que el barco de Ketil está bien?

—Más nos vale —dijo él preocupado mirando el horizonte—. Esto es culpa mía.

—No, no digas eso.

—Me precipité en los arreglos para regresar a casa y esta es la consecuencia.

—Creías que estaban bien, nunca les hubieras puesto en peligro. Además, recuerda por qué hubo que hacer esos arreglos.

—Yo te alenté.

—Ahora ya no sirven de nada las lamentaciones, debemos solucionar el problema.

Él sonrió. —¿Qué tal tu primer baño en alta mar?

—El agua está un pelín más fría y mucho más salada.

Rio por lo bajo. —¿De veras?

—Y da algo de miedo, la verdad. Desde ahí abajo parece infinito.

Eso le hizo perder la sonrisa de golpe. —Si te da miedo lo dejaremos.

—Cielo, tengo que acostumbrarme. Estoy acostumbrada a la anchura del fiordo y esto es muy distinto. —Ambos miraron el mar. —Es muy hermoso, realmente lo es.

—La primera vez que salí a navegar estaba terriblemente asustado.

—¿De veras?

—Había oído tantas historias de hombres que no volvieron a casa…

Ella acarició su pecho. —Pero regresaste y regresarás siempre a mí.

—Te aseguro que lo intentaré con todas mis fuerzas, preciosa.