Capítulo 10
Su marido decidió regresar a casa en cuanto los barcos fueron arreglados, así que una mañana dos semanas después se despedía de sus hermanos, que haciéndose los fuertes la besaron en la mejilla antes de que se subiera al barco.
Desde la popa se despidió con la mano mirando a Bjorn que lloraba en brazos de Thyra.
Le lanzó un beso y gritó —¡Volveré, cielo!
¡Volveré muy pronto! ¡Os quiero! —Las lágrimas cayeron por sus mejillas y miró a su padre que sonrió al lado de Arna. —¡Volveré!
—¡Cuídate mucho! —gritó él.
Hrafn se acercó y la cogió por el hombro atrayéndola a él. —No llores, mujer. Pronto les verás de nuevo. Te lo juré, ¿no es cierto?
—Sí. —Le miró forzando una sonrisa. —Y lo cumplirás.
Rio por lo bajo. —Más me vale. —La besó suavemente en los labios. —¿Por qué no vas abajo y descansas un poco? Ayer no dormiste nada pensando en nuestra partida. No llegaremos hasta mañana a la tarde.
—Sí, estoy muy cansada… —Se limpió las lágrimas y se volvió. Inga la esperaba en las escaleras y se acercó. —¿También vas a dormir?
—Me voy a asegurar de que tú lo hagas, no tienes buen aspecto.
—Estos últimos días no he descansado muy bien. —Cuando bajó los escalones se dejó caer sobre la piel de lobo que usaba con su marido para dormir y se tumbó. —Odio provocar sus lágrimas —dijo pensando en su niño—. Estaba tan triste porque nos íbamos.
—Se repondrá. —Se sentó a su lado. —Ahora descansa. Debes tener fuerzas para la nueva vida que tienes por delante. Y no será fácil empezar de cero.
—Tienes razón. —Cerró los ojos y bostezó. —Jamás me he sentido tan cansada.
—La vida de casada.
—Sí, es de lo más ajetreada.
—En cuanto tengas tu casa, todo cambiará.
—Para eso necesitamos dinero… —Apretó los labios mirando hacia la escalera. —Mi marido…
—Dime.
—Quiere decirle mi condición a Ketil para ir a buscar tesoros de barcos hundidos. ¿Crees que hago mal al negarme?
—¡No! Si alguien se enterara…
—Lo sé, pero necesitamos que alguien nos ayude con el barco y la carga.
—Yo puedo ir.
—Cielo, tú no sabes navegar, no lo hemos hecho nunca. Dos giros de un remo y nos tirarías a todos por la borda.
Inga soltó una risita. —¿Y mi Olef?
—Si se entera Olef, mi esposo se ofendería, le hice prometer que no se lo diría a nadie. Ni siquiera sabe que tú conoces mi condición.
—Qué dilema, hermana.
—Saben de un lugar donde se hunden muchos barcos que vienen de incursiones del sur, seguro que encontraría algo en esas aguas. Pero el mar es muy grande, no sé si sabría volver si fuera sola.
—No, no irás sola. ¿Y si te pierdes? —dijo Inga asustada cogiendo su mano—. Se lo diremos a Ketil y a Olef, pero a nadie más, ¿crees que será suficiente para llevar el barco?
—Espero que sí. ¿Tu marido guardará el secreto?
—Antes se mataría que traicionarte, te adora casi tanto como a mí.
—Entonces ahora hay que rezar porque Ketil sepa mantener el secreto.
Escuchó pasos y ambas miraron hacia las escaleras. El jarl bajaba por ellas y Brynhild se sentó. —Cielo, ¿ocurre algo?
—¿Estás bien? ¿Estás cómoda?
Se emocionó porque se preocupara tanto por ella. —Muy cómoda. Ven, quiero contarte algo.
Su marido se acercó. —¿Estás en estado?
Parpadeó de la sorpresa. —¿Por qué piensas eso?
—La esposa de Gorm acaba de decirme que no has podido probar bocado en el desayuno, algo que le pasó a ella al tener el bebé.
Inga separó los labios de la impresión. —Eso también le pasaba a madre, ¿recuerdas?
—Sí, pero puede ser una casualidad, no tenía nada de hambre de los nervios.
—Entonces habrá que esperar a ver si se te hincha el vientre, mujer —dijo él —. ¿Qué querías decirme?
Miró de reojo a su hermana, a ver cómo se tomaba aquello después de decirle que no debía saberlo nadie. —Inga descubrió mi problemilla con el agua.
Él miró a su hermana como si nada. —¿De veras? ¿Qué problemilla con el agua?
Inga bufó. —El mismo problema que tenía mi madre. Un día la descubrí, pero no dije nada hasta que encontré señales alarmantes en mi hermana.
—No es nada alarmante, es un regalo de los dioses —dijo él muy serio.
—Sí, pues su regalo impide que pueda bañarse en el fiordo a la vista de todos.
Hrafn la miró. —Lo sabe.
—Te lo acabo de decir.
—Inga, como tu nuevo jarl te ordeno categóricamente que no digas nada a nadie sobre este tema.
—Anda este, ahora me lo ordena.
—Inga…
—No pensaba decir nada.
—Le he prometido a mi esposa que no se enteraría nadie y cerrarás la boca.
—Cielo, se lo vamos a decir a Ketil y a Olef, ¿crees que será suficiente fuerza humana para llevar el barco?
Su marido no se lo podía creer. —Pero si dijiste…
—Sé lo que dije, pero les necesitamos, ¿serán suficientes sí o no?
—Mi Olef vale por dos. —Su hermana levantó la barbilla orgullosa. —Qué hijos más fuertes voy a tener.
—Hermana céntrate, por favor.
—Estoy muy centrada, ¿serán suficiente o no?
—Estoy pensando —dijo el jarl—. En mar abierto se necesitan muchas manos para guiar un barco. Quizás el barco pequeño.
—¿Uno de los reparados? Ah, no —dijo Inga—. Que no me fío.
—Está bien reparado.
—Ya, ya, pero yo voy en este. Que es la primera vez que piso el mar y quiero algo bien grande.
La miró sorprendido. —Tú no vas.
—Donde va mi hermana ahí voy yo, que se lo he prometido a padre.
Emocionada cogió su mano. —¿De veras te pidió eso?
Inga sonrió. —Seré como una lapa.
Soltó una risita. —Vete acostumbrándote, marido. Nuestra familia no falta a una promesa. Busca otro hombre que pueda echar una mano y que sea de fiar.
Gruñó volviéndose y yendo hacia las escaleras. —Otro que sea de fiar…
—¿Acaso tus hombres no lo son?
—¡Es que esto es muy gordo y si se va de la lengua la culpa será mía!
—Claro, por haber elegido mal —dijo su hermana como si fuera lo más evidente del mundo.
—¡Pues eso he dicho! —Entonces se detuvo en seco y miró a su esposa como si la viera por primera vez.
—¿Qué?
—Moviste los barcos bajo el agua, ¿no es cierto?
—Sí.
—¿Y podrías hacerlo para sacarnos de una situación difícil? ¿Durante cierto tiempo?
—Sí, ahí abajo no me canso.
Hrafn sonrió. —Entonces no necesitamos a nadie más. Nos las arreglaremos con Olef, Ketil y el viento.
—Perfecto. ¿Y cuándo se lo decimos?
Su hermana hizo una mueca. —A mi marido habrá que demostrárselo o no se lo creerá.
—Y a Ketil también.
—Pues les haré una demostración el día en que partamos, no hace falta que sepan nada hasta ese momento. —Se tumbó. —Ahora que este dilema ya no me ronda en la cabeza, voy a dormir.
Inga se tumbó a su lado y bostezó. —¿Puedes decirle a mi amado esposo que voy a descansar?
—No te preocupes por eso.
El jarl subió y vio que se estaba levantando viento, al mirar su anillo se dio cuenta de que la piedra se estaba oscureciendo. —Perfecto para su primer viaje —dijo entre dientes—. ¡Remad! ¡Hay que llegar a casa cuanto antes!
Brynhild se despertó y parpadeó cuando se vio en el otro extremo de la bodega con su hermana al lado y la piel de lobo sobre ellas. ¿Cómo habían llegado allí? Se apoyó en el codo, Inga gimió abriendo los ojos. —Un poquito más.
Las escaleras estaban empapadas y el agua había llegado a la mitad de la bodega.
—Despierta. —Se levantó preocupada y fue hasta la salida para mirar al exterior.
El cielo tenía un color azul precioso, ¿habría llovido?
—Subió los escalones y sacó la cabeza para ver que todos estaban agotados durmiendo en distintos sitios del barco.
Su marido se acercó cogiendo su mano para que subiera los últimos escalones. —¿Qué ha ocurrido?
—Hemos tenido la peor tormenta que recuerdo.
—¿De veras? Pues no me he enterado de nada.
—Ya me di cuenta, tuve que moveros porque te hubieras mojado y no queremos eso.
—Oh… —Una gota la salpicó en la cara y al instante mostró un reflejo plateado que su marido cubrió con la mano. —Oh…
—Preciosa, será mejor que no subas. Que tu hermana se encargue de ti.
—Pero me lo perderé todo.
Él apretó los labios. —No hay otra opción.
Puso mala cara antes de volverse e ir hacia las escaleras para bajar. Inga subía. —¿Qué pasa?
—Que no puedo salir.
Su hermana hizo una mueca. —¿El mar te ha salpicado? Entiendo. Esto es mar abierto no es como las aguas del fiordo, podrás salir en cuanto entremos en el suyo.
Se sentó en el suelo con las piernas cruzadas y se miró las manos. —A veces pienso que esto es una maldición.
—No digas eso. —Su hermana se sentó a su lado. —Es un regalo de los dioses.
La miró de reojo. —¿Eso crees?
—Yo me alegro mucho de no ser como tú, pero tiene que serlo.
Sonrió sin poder evitarlo. —Así que te alegras.
—Yo no sabría lidiar con ello. ¿Crees que tus hijos…?
—Solo la primera niña.
—Ah… Bueno, solo será una, podrás lidiar con ello.
—Más me vale, a la abuela la mataron por esto.
A Inga se le cortó el aliento. —¿De veras?
—Creían que era una maldición, la maldición les llegó después.
—¿Madre se vengó?
—Sí.
—Pues me alegro. —Apretó los labios. —Mi Olef no dirá nada que nos ponga en peligro, no te preocupes. Y Ketil adora a su jarl, antes se cortaría la lengua que exponerte.
Escucharon un cuerno y ambas miraron hacia arriba. —¿Qué es eso? ¿Viene alguien? —preguntó su hermana.
—Corre, dime lo que pasa.
Su hermana corrió escaleras arriba mientras se escuchaban pasos acelerados en la cubierta hacia la popa del barco. —¡Están en problemas! —gritó alguien.
—¡Virad, hay que ayudarles!
Sin aliento se levantó mirando el techo.
Uno de los barcos necesitaba ayuda. Gimió porque ella había provocado que tuvieran problemas.
Fue hasta las escaleras y apretando los labios subió.
Como temía a lo lejos el barco del abuelo se estaba hundiendo y muy rápidamente.
No les daría tiempo a virar y no veía el otro barco, se debía haber alejado por la tormenta.
—¡No, no! —gritó Hrafn—. ¡Volved a los remos, debemos virar!
Los hombres corrieron y Hrafn reparó en ella. —No, preciosa.
—No hay otra opción.