Niégame cuanto quieras Capítulo 9 #2
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Capítulo 9 #2

—Muy bien, pues dos que amasen el pan, dos que traigan agua y leche…

—Empezó a organizarlas y entre todas se encargaron de las tareas para la comida.

Brynhild decidió echarles un ojo a los niños y fue hasta el puerto.

Estiró el cuello para ver los dos barcos juntitos en la orilla rodeados de hombres que no salían de su asombro.

Sonrió volviéndose sobresaltándose cuando vio a Inga ante ella. —Eres igual que madre, ¿no es cierto?

Perdió la sonrisa de golpe. —¿Qué?

—Un día la seguí hasta el fiordo. Yo era una niña, pero recuerdo perfectamente como se metió en el agua, se volvió plateada, tenía escamas y…

—¿Has perdido la cabeza?

—Le decía a todo el mundo que le salían ronchas con el agua salada, ¿adivina quién más lo dice?

—Lo soñaste, Inga —dijo muy seria.

—¿Te tiro al fiordo y lo comprobamos?

—¡No!

—¡Lo sabía! Cuando dijiste que te salían ronchas con el agua, me dije que era una casualidad, una casualidad enorme, pero podía ser, ¿no? ¡Pero eres como ella!

—Sí, pero no se lo dirás a nadie.

—¿Y que crean que estoy loca? —Dio un paso hacia ella. —Tú sacaste los barcos.

—Sí… —susurró—. Y no hables tan alto.

—Y tú los hundiste.

—Creí que nos atacaban.

—Por el rayo de Odín, has hundido los barcos de tu marido. —Se echó a reír. —Qué bien empiezas el matrimonio.

—Shusss… te van a oír.

—Él lo sabe todo, ¿no?

—Sí, me vio en el agua. Y si los hundí fue por su culpa, yo lo sugerí, pero tiraron la flecha ardiendo y creí que era la señal, no fue culpa mía.

—Así que lo sabe… —dijo impresionada.

—Sí, me tiró y… Bueno da igual, sí que lo sabe.

—¿Y lo sabe todo?

Se le cortó el aliento. —¿Qué quieres decir?

—Vamos, no te hagas la tonta ahora. ¿Sabe que no puedes vivir lejos del mar?

Pálida susurró —¿Cómo sabes eso?

—¿No recuerdas cuando padre quería hacer un viaje al interior y madre se negó en redondo? Nos puso a nosotros de excusa, pero ya la había visto y supe por qué lo decía. No puedes alejarte del mar, ¿no es cierto?

—Madre me dijo que si un día me iba antes de oscurecer debía sentir el olor a sal, ese es mi límite. No puedo estar lejos si sale la luna.

Inga la miró preocupada. —¿O sino?

—No lo sé, según me dijo madre ni su abuela ni su madre se alejaron lo suficiente por miedo.

—¿Así que no sabes si es verdad?

—Y no quiero comprobarlo, gracias.

Inga se volvió para mirar los barcos. —Tu marido es muy afortunado de tenerte, sobre todo en este momento. Es como si fuera una señal de los dioses.

—¿Tú crees?

—Debías estar casada con él cuando ocurriera esta desgracia, debías ayudarle… Los dioses están detrás de este matrimonio y me pregunto la razón para que tu jarl sea tan afortunado.

Miró a su marido que a lo lejos pasaba la mano por el borde de uno de los agujeros que ella había hecho.

Como si supiera que le observaba se volvió para mirarla.

Fue en ese momento cuando se dio cuenta del grueso lazo que les unía.

Algo que solo uno de ellos o los dioses podrían romper.

Y sintió auténtico terror a que eso ocurriera.

Tumbada al lado de su esposo en la bodega de su barco después de hacer el amor, le abrazó apoyando la mejilla sobre el martillo de Thor. —¿Por qué este tatuaje?

—Porque necesitaba su fuerza. En aquel momento necesitaba toda su fuerza.

—¿Fue cuando murió tu hermano mayor?

—Sí. Después de que le cortara la mano, después de que muriera el único hermano que me quedaba, no encontraba las fuerzas para continuar.

Un hombre pasó por nuestra aldea, estaba buscando a su hija.

—Entrecerró los ojos. —Lo recuerdo como si fuera ayer.

Llegó caminando por la ribera del fiordo con un hatillo al hombro.

En cuanto me vio dijo que lo necesitaba y te juro que después de que me lo dibujara me sentí mejor.

Acarició su piel. —Es hermoso.

—Cuando lo terminó dijo que Thor le había inspirado, que nunca había hecho un dibujo mejor. —Rio por lo bajo. —Y lo demostró con mi padre, le hizo un tatuaje en la espalda que era un desastre, pero todos le dijimos que era increíble.

Rio. —¿De veras?

—Menos mal que no se lo veía.

—Así que tuviste suerte.

—Viendo los dos, nadie diría que los había hecho la misma persona.

—Igual sí que le inspiró Thor.

—Mi abuelo está convencido de ello.

—¿Qué les pasó a tus padres?

—Mi padre se puso enfermo, le dolía el pecho no llegó ni a la noche. Mi madre murió seis días después. —Su mirada se oscureció. —Se tiró por un acantilado. Pocas horas antes dijo que no soportaría más dolor.

—Lo siento mucho, cielo. —Levantó la cabeza para mirarle. —Debió ser terrible.

—Lo fue, pero tú ya sabes lo que es perder a un ser querido.

Sí, y precisamente por eso sabía todo lo que había sufrido. —Mi madre murió en el parto de Bjorn.

No disimuló su sorpresa. —¿Siendo quién era?

—Sí. Somos medio humanas, nos herimos como los demás y morimos como los demás. Fuera del agua no somos especiales.

—Preciosa, tú serías especial en cualquier sitio.

Le miró emocionada. —¿Siempre me vas a decir esas cosas?

—Siempre.

—Te lo recordaré dentro de muchos años.

Él cogió un mechón de su cabello y lo acarició. —Nos iremos en unos días, necesito ese oro.

—Te ayudaré en lo que sea.

—Tendremos que decírselo a Ketil.

Se tensó sentándose. —¿Qué has dicho?

—Necesitaré su ayuda para subir el oro, preciosa.

—No puede saberlo nadie.

—No podemos ir los dos solos.

—Pues… —Nerviosa dijo —¡Piensa otra cosa! ¡Mi madre no se lo dijo ni a su marido, yo no pienso ir diciéndolo por ahí!

—Mujer, ¿entonces cómo lo hacemos? ¿Me dejas el oro en la costa y digo que lo he encontrado? ¿Que ha venido solo?

Sus ojos brillaron. —Un regalo de los dioses por lo que ha pasado.

—No sabrás encontrar los barcos.

En eso tenía razón, nunca había salido del fiordo y tenía la sensación de que el mar era muy grande. Preocupada apretó los labios. —Nunca he salido de estas aguas.

—Mi barco necesita varios remeros para moverse si no hay viento, es un barco muy grande.

—El barco de mi padre es más pequeño, nos lo dejaría.

—Aun así, necesitaremos más personas para navegar. Entraremos en mar abierto, no son aguas tan tranquilas como estas.

Se mordió el labio inferior pensando en ello. —¿Y si me llevas hasta allí para que vea dónde está?

—¿Y si te pierdes al ir a buscarlo o al volver? Preciosa, esto no me gusta. Ketil es de confianza y…

—He dicho que no. No puede saberlo nadie.

Hrafn apretó los labios. —Está bien, no se lo diré. Buscaré otra solución.

Suspiró del alivio. —No desconfío de ti, pero… Mi madre nunca lo dijo, siempre se ocultó y no confió en nadie porque a su madre la mataron.

—¿Qué?

—La mataron los de su pueblo, creían que era una maldición.

Les mataron a todos excepto a mi madre, que logró huir tirándose al agua.

Me dijo que mi abuela había ayudado mucho a los suyos, en una mala época ni tenían que comer, pero ella salió a pescar, los alimentaba.

Al parecer hubo un incendio en su pueblo y el jarl murió con su familia.

La responsabilizaron a ella, su presencia les había maldecido.

Y una noche cuando dormían les atacaron.

Un sacrificio para Odín —dijo con desprecio—. Lo repetían una y otra vez.

—¿Qué pasó con ellos?

Sus ojos se oscurecieron. —Mi madre les mató a todos cuando menos se lo esperaban. No le costó, estaban mucho más delgados por la falta de alimento. Al parecer su sacrificio les maldijo de verdad.

—Rechazaron un regalo divino.

Se le cortó el aliento. —¿De veras crees que soy eso?

—Preciosa, para mí eres el mejor regalo que recibiré nunca. —La abrazó con fuerza. —Y te juro por Odín que nunca te pondré en peligro.