Capítulo 9
Después de encerrar a los niños en las habitaciones con orden de que no salieran, ellas bajaron al salón. Desde la puerta vieron como desembarcaban. Había muchas familias. —Thora, calienta leche para los niños.
—Sí, Brynhild.
Cogió varias mantas y fueron a su encuentro. Una mujer con un bebé en brazos agradeció el detalle. —Es muy amable.
—No es nada. ¿Qué ha ocurrido? —preguntó tapando a otra mujer.
—Hubo un desprendimiento ladera abajo y ha arrasado con todo —dijo angustiada—. Lo hemos perdido todo y ahora… Por Odín, ¿qué vamos a hacer?
—Shusss, conservas la vida y a tu hijo, todo saldrá bien. —La abrazó por los hombros y la llevó hasta la casa del jarl. Miró sobre su hombro para ver como su marido se llevaba las manos a la cabeza mientras un anciano le decía algo.
—Ha sido terrible, tuvimos días de mucha lluvia, pero todo estaba bien. Y de repente hace dos días… —continuó diciendo la mujer—. Era como una lengua de barro y piedras que arrasaba con todo. Se movía despacio, pero no dejó nada en pie.
—Habéis hecho bien en venir a buscar a vuestro jarl.
La mujer sollozó. —¿Conoces a Ketil?
—¿Es tu marido?
—Sí. —Miró a su alrededor. —No le veo, ¿está bien?
—Sí, sí, está bien. Debe estar recogiendo gente del barco, le avisaré. Entra y acércate al fuego para daros calor.
Salió corriendo y se cruzó con Inga que estaba ayudando a una anciana a llegar a la casa. Al llegar al puerto se acercó a su marido. —Cielo, lo siento.
Él apretó los labios. —Estamos arruinados. Halfdan me acaba de decir que todo está arrasado.
—¿Has perdido muchos hombres?
—Afortunadamente no. No fue tan rápido como para que les tomara por sorpresa. —Miró hacia el fiordo. —¿Qué voy a hacer? Ya no tengo ni barcos para ir de incursión, ¿cómo les voy a dar de comer a los míos?
—Mi padre te ayudará. —Le cogió por el brazo. —Y los barcos… —Él la miró. —Puedo reflotarlos.
Incrédulo preguntó —¿Puedes qué?
—Dime dónde los dejo y los arreglas…
Se volvió cogiéndola por los brazos. —¿Puedes reflotar un barco?
—Sí, ya te he dicho que tengo mucha fuerza ahí dentro.
Entonces Hrafn sonrió abrazándola. —Sí que eres una enviada de los dioses.
—¿A qué te refieres?
—Ya hablaremos de esto después, ahora hay que encargarse de nuestra gente.
El salón estaba lleno de personas que intentaban dormir y después de darle un caldo a una mujer que estaba algo acatarrada, se acercó a la mesa del jarl donde los hombres hablaban de lo que había ocurrido.
—Ha sido una fatalidad, de esto no tiene la culpa nadie —dijo su padre.
Ella acarició su hombro dándole la razón y Esben se la cogió mirando a Hrafn fijamente. —¿Qué vas a hacer?
—Volver a construirlo.
—Para eso necesitas dinero, jarl —dijo Halfdan acariciando su barba blanca—. Te aseguro que todo lo que tenías está bajo una gruesa capa de lodo o en el fiordo, sería difícil de encontrar. No tenemos ni una mísera sierra para empezar.
Hrafn bebió de su jarra pensando en ello. —Arreglaremos los barcos.
—Todavía no entiendo cómo es que han encallado —dijo Esben incrédulo.
—Otra fatalidad, padre. Igual chocaron con una ballena.
—¿Una ballena en un fiordo tan al sur?
—Cosas más raras se han visto.
—Tus barcos se han hundido, olvídalos —dijo su tío.
Hrafn la miró de reojo antes de asentir. —Igual los dioses me echan una mano.
—Es evidente que lo necesitas.
El tono de satisfacción de su tío empezó a sacarla de sus casillas, pero se mordió la lengua porque ya tenían bastante. Se tocó su collar. —Cielo, si lo vendemos sacaremos para las herramientas y algo más. Comida para los tuyos.
Su marido sonrió. —No, preciosa, es tuyo y no quiero que lo pierdas también. Encontraré el oro que necesito.
—Te ayudaré en lo que sea.
—Lo sé.
—Tendremos que buscar otro asentamiento —dijo Halfdan—. No queremos que esto vuelva a ocurrir en el futuro.
—Por supuesto, iremos al final del fiordo, siempre me han gustado esas tierras.
Halfdan asintió. —Las mejores, siempre lo he pensado.
—¿Nunca antes había pasado algo parecido? —preguntó su padre.
—Hace muchos años llovió con tal fuerza que el agua caía en tromba, perdimos un par de casas, pero nada más. Nada como esto, jarl. —El viejo la miró. —Así que te has casado, chico, debe ser una mujer excepcional.
Hrafn sonrió. —Ni te lo imaginas, viejo. Brynhild, te presento a mi abuelo.
—Oh… —Se acercó y cogió su mano. —No lo sabía, lo siento.
—Niña, no te disculpes. Tal y como has tratado a mi pueblo, con esa amabilidad y dulzura, ya eres de la familia.
Se sonrojó de gusto. —Pues no suelen decir que soy amable, la verdad.
Varios rieron por lo bajo.
—Así que esta hermosura tiene carácter.
Hrafn sonrió. —Sí, abuelo, tiene malas pulgas cuando la contrarían.
—Bien, rayos, hace falta espíritu para levantar un pueblo. Espíritu y energía, así que me voy a dormir.
—Le he puesto allí las cobijas, jarl —dijo ella señalándoselas—. Junto al fuego.
La miró pensativo. —Hacía muchos años que nadie me llamaba jarl, niña.
—Un jarl lo es hasta la muerte, mi jarl.
Halfdan sonrió. —Muy cierto, niña. —Miró a su nieto. —Me gusta.
—Sabía que te gustaría. Ven aquí, mujer, o mi abuelo te secuestrará y por respeto no puedo pelear contra él.
Este se echó a reír. —Para secuestrar a esta preciosidad necesito mucha energía, buenas noches a todos.
—Que descanses, abuelo.
Se acercó a su marido y este la cogió por la cintura sentándola sobre sus piernas. —Siento todo esto, la celebración…
—Shusss… Eso no importa. —Le besó en los labios antes de mirar a los suyos y a Ketil que parecía alicaído. No le extrañaba, casi había perdido a su familia y él estaba lejos. —Tu mujer es estupenda.
Ketil sonrió. —Gracias, lo es.
Su padre carraspeó. —Jarl, por supuesto en estas circunstancias puedes recuperar todo lo que mi hija te ganó.
—No es necesario, una apuesta es una apuesta.
—Pues entonces considéralo un préstamo, ya me lo devolverás.
Hrafn apretó los labios. —Te lo agradezco mucho, haré lo que sea para que lo recuperes todo.
—Sé que lo harás, eres un hombre de palabra. —Se puso en pie. —Yo también voy a acostarme, mañana hay mucho que hacer para dar de comer a tanta gente. Hijo… —Esben se levantó. —Mañana habrá que salir a cazar, a la cama.
—Sí, padre.
Sorprendida vio que Esben le seguía. Desde el episodio de Olef, estaba mucho más responsable, lo que indicaba que su primo tenía mucha culpa de su comportamiento en el pasado. —Tío, ¿tú no te acuestas?
Eigil se levantó. —Sí, por supuesto, como dice mi hermano tendremos mucho que hacer con tanta gente por aquí —dijo ácido antes de ir hacia la puerta.
Ella apretó los labios porque no había movido un solo dedo por ellos ni lo movería. —Maldito egoísta —siseó mientras cerraba la puerta tras él.
—Preciosa, cálmate. —Miró a Ketil y se acercó sobre la mesa para susurrar —Dime que lo recuerdas.
—Jarl como si fuera ayer, pero es imposible.
—¿Qué es imposible?
—Hace dos años regresaban a casa después de una incursión y uno de nuestros barcos naufragó en una dura tormenta. Ketil iba detrás con otro barco.
Se le cortó el aliento. —Me estás diciendo que en el mar, en un sitio que Ketil conoce hay uno de tus barcos…
—Y está cargado de oro, preciosa. De hecho, en esa ruta tiene que haber unos cuantos, porque con las tormentas las aguas se encabritan como el mismísimo Loki.
Entendía lo que quería decir. —Ah…
—Es imposible, mi jarl —dijo Ketil, pero ninguno de los dos le hizo caso porque ambos sonreían de oreja a oreja antes de lanzarse el uno sobre el otro para besarse como posesos.
Ketil carraspeó—. Mi jarl, ¿damos por terminada la conversación?
— Ella le abrazó por el cuello pegándose a su marido todo lo que podía. —Sí, creo que seguiremos mañana.
Les dejó solos y Hrafn se apartó para mirar sus ojos que aún seguían cerrados por sus besos. Cuando ella elevó los párpados sonrió. —Eres muy listo, mi jarl.
—Si no fuera por ti, no serviría de nada.
—Suerte tienes de haberme conocido.
Estaba repartiendo las gachas cuando la puerta se abrió de golpe y su hermano Esben entró con cara de susto. —Padre, los barcos que se hundieron ayer están en la orilla del bosque.
Su padre se volvió mirándole como si estuviera loco. —Hijo, ¿has bebido? ¿Tan temprano?
—¡Qué no! ¡Están allí! ¡Uno junto al otro! ¡Salí a cazar al amanecer y me los encontré! ¡Es una señal de los dioses para ayudar a los Orvansen!
Los hombres salieron corriendo y Hrafn le guiñó un ojo siguiéndoles.
—No parece que tu marido se haya sorprendido demasiado —dijo Inga con ironía.
—¿Tú crees? Pues es de lo más sorprendente. Estoy deseando ir a verlos, pero antes repartamos estás gachas.
—Sí, hermana…
Esta se olía algo, solo había que ver esa sonrisa.
Bufó volviéndose, ya hablaría con ella. Sonrió porque hasta Bjorn ayudaba llevando a sus invitados cuencos de madera.
Vio que estaba más contento y se preocupó por si pensaba que se quedaría.
Si era así, tendría que quitarle esa idea de la cabeza cuanto antes.
Fue hacia el hogar y se acercó a Thora. —¿Nos falta algo? ¿Necesitas ayuda?
—Todo en orden, pero solo es el desayuno.
—Lo sé, han ido a cazar. Lo solucionaremos.
—¿Puedo ayudaros?
Se volvió y sonrió a la mujer de Ketil. —No, de momento todo está en orden. ¿Y tu hijo?
—Está con mi madre. —Se volvió para señalarla. —Se llama Kara como yo.
—Oh, yo soy Brynhild y ella es Thora.
—Ketil me ha hablado de ti. —Soltó una risita. —Y de tu puntería.
Se sonrojó. —Tuve suerte.
—No me extraña que nuestro jarl se haya prendado de ti, según mi marido lo supo en cuanto entró por esa puerta.
Había visto su conversación con su amigo y se sonrojó. —Eres muy amable.
—Se merece una gran mujer y estoy convencida de que lo eres. Por favor dejarme ayudar, no puedo estar sin hacer nada todo el día. Las demás también quieren echar una mano.