Capítulo 8 #2
Al mirar su hermoso collar, se sintió algo avergonzada por su regalo porque no era tan valioso. Dudó en si dárselo, pero su hermana le hizo un gesto para que se lo diera en ese momento y seguro que Hrafn la había visto. Le miró. —Yo también tengo algo para ti.
—¿Y qué es?
—¿Padre?
Esben se miró la mano y apretó los labios con tristeza. —El día de mi boda, mi esposa me dio este anillo con la única condición de que se lo diera a mi yerno el día de la boda de mi primogénita, es una tradición familiar. No voy a negar que lo echaré de menos, pero ha llegado el momento.
—Gracias, padre. —Se quitó el anillo y lo dejó ante Brynhild que lo cogió para mostrar la hermosa piedra azul.
Se giró hacia Hrafn y forzó una sonrisa.
—Este anillo te protegerá en los mares. Mi madre decía que su color cambia cuando llegan tempestades.
—Él separó los labios entendiéndola. —Si su color es oscuro, busca refugio, esposo.
—Lo haré. —Ella cogió su mano y se lo puso en el meñique. —No me lo quitaré nunca.
Se abrazó a él y susurró en su oído —Busca refugio.
—Tranquila, le haré caso.
Sonrió antes de apartarse. En ese momento uno de los hombres de Hrafn llegó. —El barco está listo para partir cuando quieras, mi jarl.
—¿Ya? —preguntó sorprendida—. Creía que nos quedaríamos unos días aún.
—Y así será, Ketil tiene que domar los caballos para que se los lleven por tierra. Nos quedaremos un par de días. Además, hay que arreglar el tejado del establo.
—Eres muy amable, Hrafn, te agradezco la ayuda.
—Ahora somos familia —dijo cogiendo la jarra y levantándola—. ¡Por la familia!
—¡Por la familia! —gritaron todos.
Su tío Eigil, de pie al lado del hogar, apretó los labios antes de beber de su jarra. Brynhild que lo vio, no le gustó nada el gesto y más después de que su hijo hubiera salvado la vida a pesar de su comportamiento.
—¿Cómo está tu primo, esposa?
La pregunta le indicó que su marido también había visto el gesto. —Con fiebres, pero Arna dice que sobrevivirá porque no ha perdido la consciencia. Aunque tiene la espalda en carne viva, varias partes se han tenido que quemar para que cerraran cuanto antes.
—Este sobrino mío —dijo Esben por lo bajo antes de mirar a Olef que se mantenía callado—. ¿Te das por satisfecho?
—Sí, mi jarl. Y aunque no lo estuviera, ya ha recibido su castigo, así que es inútil quejarse.
—Eres un hombre juicioso, yerno. Otro estaría pensando en cómo matarle en cuanto se levante de la cama.
—Cuando sea capaz de hacerlo, yo ya estaré muy lejos con mi esposa. Yo ya le habré olvidado, pero él me recordará siempre.
—Tendrás que vigilar su conducta, padre —dijo Brynhild.
—Tranquila, que sé exactamente lo que voy a hacer.
Recordó la conversación con Inga sobre que los jóvenes opinaban que ya no era un buen jarl, pero ya no se atreverían a tocarle porque su marido era un hombre muy poderoso y letal. Sonrió levantando la barbilla orgullosa y se giró hacia su esposo. —¿Quieres bailar, marido?
—Oh, no…
Se echó a reír levantándose. —No me negarás el gusto.
—Mujer, yo no te negaría nada, pero te aseguro que tengo dos pies izquierdos.
—Imposible, mi marido no hace nada mal. —Cogió sus manos y tiró de él.
—Tú lo has querido.
Se abrazó a él y le miró a los ojos. A pesar de que los demás bailaban una danza muy vigorosa, bailaron abrazados mirándose fijamente. —Ya está —dijo ella—. Somos marido y mujer.
—Gracias, preciosa.
—¿Por qué?
—Por todo a lo que vas a renunciar por unirte a mí.
Acarició su nuca. —Haz que merezca la pena.
—Lo haré. —Se acercó y besó sus labios.
El sonido del cuerno llegó hasta ella y se apartó intentando escuchar, pero con tanto ruido era imposible. —¡Callaos!
—Preciosa, ¿qué ocurre?
Todos se quedaron en silencio para escuchar de nuevo ese sonido y otros dos más. Brynhild miró a su padre. —Dos cortos y dos largos.
—¡Nos atacan! —Su padre se levantó y cogió su espada de la pared mientras los hombres se armaban.
—¿Cómo que nos atacan? —preguntó Hrafn.
—Dos sonidos cortos y dos largos, son dos barcos desconocidos. ¿A qué iban a venir dos barcos, marido?
Hrafn apretó los labios y se volvió hacia sus hombres. —¡Preparaos!
Inga se acercó. —¿Por qué? No somos importantes.
—Pero Hrafn sí —dijo mientras su marido daba órdenes a los suyos para que protegieran el pueblo.
Inga le miró sorprendida. —¿Crees que venían a por él?
—Sí, eso creo. Han aprovechado que está en un lugar con pocos guerreros y mal formados. Han aprovechado esta visita —dijo entre dientes. Se acercó a su marido—. Puedo ayudar.
—Mujer, llévate a tus hermanos arriba.
—Puedo ayudar en el agua.
Hrafn se tensó volviéndose. —¿Cómo?
Levantó una ceja. —Puedo hundir sus barcos. Dentro del agua tengo mucha fuerza, puedo hacerlo. —Él iba a protestar. —Cielo, son dos barcos y no tienes muchos hombres que te ayuden, deja que te eche una mano.
—Tendrá que ser cerca de aquí, no quiero que desembarquen lejos porque se hunda el barco, se desperdiguen por el bosque y nos sorprendan.
—Indícame dónde y yo haré el resto.
—¡Ketil, que los hombres pongan barricadas en el puerto! ¡Quedas al mando! —Salieron corriendo y llegaron al fiordo. —Preciosa, no quiero que corras mucho riesgo. Actuarás en el centro que es más profundo. Miró a su alrededor y señaló un punto. —Allí.
—Bien. —Fue tras una roca y se quitó el vestido con las botas. Su marido apretó los labios. —No pasará nada. —Iba a meterse en el agua, pero se volvió. —¿Si no son enemigos cómo lo sabré?
Él juró por lo bajo y miró hacia el poblado. —Si vienen a atacarnos lanzaré una flecha incendiada a uno de los barcos. ¿La verás desde abajo?
—Sí. —Se lanzó al agua de cabeza y desapareció para él.
Brynhild nadó hasta el centro del fiordo y esperó de pie mirando hacia la desembocadura.
El poco aire que tenía desapareció en pequeñas burbujas antes de que sus pulmones se llenaran de agua.
Con paciencia esperó ver los cascos de los barcos y varios peces la rodearon mirándola como si fuera un bicho raro.
Hizo una mueca levantando la mirada y allí estaban.
Iban muy rápido para ir por esas aguas. Elevó la vista para ver si veía la flecha encendida, pero nada.
Frunció el ceño, igual ellos todavía no les habían reconocido.
Paciencia, Brynhild. Los barcos se acercaban cada vez más y fue cuando la vio.
La luz de fuego recorrió la superficie hasta llegar a uno de los barcos.
Brynhild gruñó antes de lanzarse contra uno de ellos hasta llegar al casco.
Su puño hizo un buen agujero, pero lo golpeó de nuevo haciéndolo temblar hasta hacer una buena entrada de agua.
Sin perder el tiempo hizo lo mismo con el otro barco.
Pero como no se hundían lo bastante rápido, agarró uno de los barcos volviéndolo y provocando un choque entre ambos.
Sonrió antes de pasar debajo y nadar hacia la orilla.
Cuando llegó lo suficientemente lejos para que no la vieran, emergió hasta mostrar sus ojos para ver lo que ocurría.
Se quedó con la boca abierta porque había muchas mujeres y niños gritando.
Estiró el cuello intentando ver el puerto, pero no veía nada porque estaba justo en la curva del fiordo.
Puso los ojos en blanco porque su marido se había equivocado.
Salió escondiéndose entre los matorrales y desde allí veía mejor.
No, aquellos no tenían pinta de guerreros, menudo desastre.
¡Iba a matar a Hrafn! Se secó lo mejor que pudo con su vestido e impaciente se lo puso.
Se estaba poniendo las botas cuando su piel empezó a cambiar.
Se aseguró mirándose el cabello, pero aún estaba húmedo, así que volvió a quitarse el vestido interior y envolvió su cabeza con él.
Cuando se aseguró de que nada la delataba, corrió hacia la aldea donde Hrafn gritaba que había que rescatarlos. —¿Qué ha pasado?
Hrafn se tensó volviéndose y siseó —¡Yo no lancé la flecha, fue uno de tus hombres!
—Oh… ¿Por qué no pensaste en eso? ¿Por qué no lo impediste?
—Porque no pude.
—Marido, la próxima vez busca una señal solo tuya.
—¡Lo intentaré preciosa, ahora voy a salvar a los míos de que se ahoguen! ¡Me acabo de quedar sin dos barcos más!
Hizo una mueca viendo como furioso se subía a su barco.
Inga se acercó. —¿Qué harán aquí? —La miró con el ceño fruncido. —¿Te has bañado?
—Me he caído al abrevadero. ¿Crees que ha pasado algo?
—Tu vestido está casi seco.
—Es que he caído de cabeza. —Entrecerró los ojos. —¿Por qué habrán venido?
—Seguramente porque ha pasado algo en su pueblo y han venido a por su jarl.
Vio como varias mujeres llevaban a sus hijos en brazos. —Esto es la guerra.
—Creo que tu marido sabrá apañárselas. —Inga chasqueó la lengua.
—Igual no es lo que nos imaginamos, igual hay enfermos en la aldea y han querido ponerse a salvo.
¿Recuerdas aquella historia que nos contó madre?
Enfermó toda una aldea y murió más de la mitad.
—Se miraron antes de correr hacia la casa.