Capítulo 8
Su padre estaba desayunando con Hrafn a su lado y ella preocupada se acercó. Se apretó las manos mirando a su esposo y este asintió. —Padre, tengo algo que decirte.
—Hija, este pastel está para chuparse los dedos.
—Me alegra que te guste, padre. Thora sabe hacerlo, la he enseñado.
—Bien, muy bien. No debes pasarte tanto tiempo cocinando —dijo con la boca llena—. ¿Y los niños?
—Ya han desayunado. Deben estar pescando para la ceremonia. Inga quiere casarse cuanto antes. Al parecer Olef no tiene calentura y les gustaría que fuera hoy mismo.
—Bien. Les casaré por la tarde.
—Quiero casarme también.
Su padre que iba a dar otro mordisco se detuvo en seco antes de mirar a Hrafn que sonrió. —Al parecer la has convencido.
—Solo necesitábamos hablar, jarl.
Su padre asintió antes de mirarla. —No quiero que te sientas presionada, ¿es lo que quieres realmente?
—Sí, padre.
—Te echaremos de menos, pero es ley de vida. ¿Se lo has dicho a tus hermanos?
Apretó los labios antes de negar con la cabeza. —No, padre.
—Debes decírselo tú antes de que se enteren por alguien más.
—Lo sé, padre. Esperaba hacerlo en cuanto me dieras tu consentimiento.
—Lo tienes, no podrías hacer un matrimonio que me satisficiera más. Ve a hablar con tus hermanos.
—Sí, padre. —Se alejó, pero antes de salir miró hacia ellos.
Hrafn le guiñó un ojo y ella bufó porque no es que su padre se hubiera quejado mucho por su matrimonio.
Su ya marido se echó a reír. Salió de la casa y fue hasta el embarcadero donde los niños estaban mirando como arreglaban el barco.
Se acercó a ellos sintiendo que se le retorcía el corazón por lo que iba a decir. —Niños…
Se volvieron para mirarla y Bjorn llegó hasta ella. —Mira hermana, ya han quitado el mástil de la vela.
—Son muy rápidos, cielo. En un par de días el barco podrá irse.
—Pero volverá porque lo ganaste.
Hizo una mueca por la pérdida que le había provocado a su marido. —Sí, así es. Venid, quiero hablaros.
Sus hermanos la siguieron hasta el borde del bosque y se sentó sobre la hierba. La rodearon sentándose también. —Debo deciros algo.
—¿Algo importante? —preguntó su hermana Thyra.
—Sí, algo muy importante. Me voy a casar.
—¿Con quién? —preguntó Arvid.
—Con el jarl Orvansen.
Thyra frunció el ceño. —Pero él no vive aquí, tendrás que irte.
Inga llegó en ese momento con su hermano Esben y se sentaron con ellos. —Debe hacerlo —dijo su hermana—. Debe seguir a su marido, como yo seguiré al mío. Es su obligación.
—Pero… —Los ojos de Bjorn se llenaron de lágrimas. —¿Te irás?
Sintió que se le rompía el corazón. —Sí, cielo, debo irme con mi esposo. Tú te quedarás con padre, con Thora y con tus hermanos que te cuidarán igual que he hecho yo. Ahora Thyra estará al mando de la casa. Tiene catorce años, pero sé que lo hará muy bien.
Thyra asintió intentando hacerse la valiente. —Lo haré lo mejor que pueda como cuando madre murió y te encargaste tú.
—Sé que lo harás bien —dijo emocionada.
—No quiero que te vayas —dijo el niño a punto de llorar antes de tirarse sobre ella para abrazarla—. Por favor, no te vayas…
—Cielo, vendré a veros a menudo, el jarl me lo ha jurado por Odín. —Sintió que se le rompía el corazón y miró hacia la casa donde su esposo les observaba desde la puerta. Abrazando a su niño susurró —No llores, ahora debes ser un hombre y los guerreros no lloran.
Su marido se acercó a ellos y cuando se puso tras los niños todos le miraron, todos menos Bjorn que seguía aferrado a ella. El jarl apretó los labios. —Niño, mírame.
Bjorn volvió la cabeza hacia él y sorbió por la nariz. —Si tu padre te da permiso, podrás venir con nosotros si es lo que quieres.
—¿Y yo? —preguntó Astrid levantándose con su muñeca de trapo—. ¿Puedo?
Confundido Hrafn dijo —Pues…
—Voy a preguntar —dijo antes de salir corriendo.
—Yo también voy a preguntar —dijo Arvid.
Asombrada vio que todos menos Esben e Inga corrían hacia la casa. Inga levantó una ceja. —La que has liado, guerrero.
Brynhild levantó una ceja y él carraspeó. —Debo admitir que no estoy muy acostumbrado a tratar con niños.
Ella corrió hacia la casa donde los niños lloraban a su jarl para que les permitieran ir con ellos. Se acercó a toda prisa. —No querréis que padre se entristezca por quedarse sin vosotros, ¿no? Sois sus hijos.
Bjorn la abrazó por la pierna como si no quisiera soltarla. —No me dejes…
—Vuestra hermana va a casarse y debéis aceptarlo. —Miró al pequeño y apretó los labios. —A él puedes llevártelo. Eres la única madre que ha conocido.
—¡No! —gritó Astrid asustada antes de correr hacia ella—. No me dejes.
Sollozó de dolor y se agachó para cogerlos en brazos mirando a los demás totalmente destrozada. —Lo siento, lo siento. —Besó a sus niños abrazándolos con fuerza.
Su padre se levantó, pero en ese momento Thyra se acercó a los niños y se arrodilló ante ellos. —Debéis ser fuertes —dijo con lágrimas en los ojos—. Ella siempre estará para vosotros.
—Pero estará lejos —dijo Arvid.
—Nuestra hermana es capaz de dar una orden desde la otra punta de Escandinavia, ¿no lo creéis? —Todos asintieron vehementes. —Y si la necesitamos, lo sabrá como siempre lo ha sabido. Brynhild es especial y lo sabrá. ¿Acaso dudáis de ello?
—No —contestaron todos a la vez.
—Si se tiene que ir es porque los dioses la necesitan en otro sitio y nosotros no debemos ser egoístas. Debemos ayudar para que eso pase. Astrid, cielo, ven aquí. Bjorn…
Los niños se separaron de ella rompiéndole el corazón, pero Thyra dijo —Debéis ser valientes como los dioses esperan de vosotros.
Y cuando nuestra hermana vuelva, debéis mostrarle que os habéis portado muy bien como ella querría.
Cuando se vaya no debéis llorar, porque se va a un sitio mejor y muy especial donde será muy apreciada.
—¿Volverá? —preguntó el pequeño.
—Claro que volverá. Y traerá mucho orgullo a nuestro pueblo. Tanto que todos nos sentiremos muy dichosos. Bjorn, tú ya casi eres un hombre, ¿no es cierto?
El niño asintió.
—Pues debes demostrarle que le deseas mucha felicidad en su matrimonio y que le deseas suerte en la importante tarea que los dioses tienen para ella.
El niño se volvió para mirarla y sorbió por la nariz antes de decir —Suerte, hermana.
—Gracias, mi vida. Pero todavía no me voy, estaré aquí unos días. ¿Quién quiere un bollo de jalea?
Los niños gritaron —¡Yo, yo…!
—Pues ir a Thora de inmediato que os los tiene preparados.
Los niños corrieron hasta la mujer, que con lágrimas en los ojos repartió los bollos. Brynhild reprimió las ganas que tenía de llorar y sonrió a Thyra. —Lo has hecho muy bien, hermana, estoy muy orgullosa.
—He tenido una gran maestra. —Se volvió hacia los niños y gritó —¡Venga, tomároslos fuera, que los mayores tienen algo muy importante que tratar!
Inga a su lado cogió su mano apretándosela con fuerza y le susurró —¿Estás tan asustada como yo?
—Sí.
—¿Y tan triste por tener que dejarlos?
—Sí, pero como ha dicho Thyra siento que debo hacerlo.
Y era cierto, desde que su hermana había dicho esas palabras esa sensación había aumentado en su pecho y ahora sabía que era cierto. Algo muy importante estaba a punto de pasar.
Su padre se empeñó en celebrar las dos bodas a la vez a pesar de que ella ya se sentía casada, pero por los niños y por su padre accedió.
Con su mejor vestido, su cabello suelto lleno de flores y las joyas de su madre, se colocó al lado de Hrafn.
Miró a su padre mientras les decía las palabras que les unirían hasta la muerte y cuando terminó todos los hombres lo celebraron levantando sus armas para desearles un próspero matrimonio.
La música lo inundó todo y festejaron su futuro juntos con los mejores manjares.
Sentada al lado de Hrafn rio por las tonterías de los niños, que parecía que ya se habían hecho a la idea.
Todos menos Bjorn, que se mantenía callado en la esquina de la mesa mirando su comida.
Hrafn miró hacia allí y apretó los labios. —Está triste.
—Sí.
—Podemos llevárnoslo, tu padre ha accedido.
—No —dijo el jarl desde la cabecera—. Me he dado cuenta de que aquí estará mejor, con el resto de sus hermanos. En tu casa no conocerá a nadie y siempre irá a las faldas de su hermana. Se acostumbrará. Además, en un par de años su hermano le instruirá.
—Padre tiene razón —dijo Inga—. Si nos lo llevamos, le apartaremos de todo lo que conoce.
Thyra se acercó a Bjorn con una sonrisa y le tocó la nariz antes de cogerlo para ir a bailar como los demás. Al cabo de unos compases el niño reía y ella suspiró del alivio.
—Igual debemos dejarlo así —dijo su marido.
Asintió, aunque era terrible sentir que abandonaba a sus hermanos. Iba a ser algo que le costaría superar.
Hrafn preocupado miró a Inga sentada frente a ellos y esta agachó la cabeza demostrando que también sentía dolor. —Tengo una sorpresa para vosotras.
Las novias le miraron sorprendida. —¿Una sorpresa?
Le hizo un gesto a Ketil, que se acercó a ellos entregándole un cofre a su señor. —Toda novia debe tener un regalo en su día especial. —Sacó un paño rojo y otro azul. Puso el rojo ante Inga y el azul ante ella. —Espero que os guste.
Emocionada miró a su hermana que soltó una risita antes de apartar la tela y mostrar una pulsera de oro tan hermosa que cortaba el aliento. —Qué bonita… —dijo Inga impresionada. La elevó y todos vieron los grabados en las placas curvadas unidas por eslabones—. Mira Brynhild, son flores.
—Es hermosa.
—Abre el tuyo, esposa.
Sonrió apartando la tela azul y al ver un hermoso collar con una piedra verde en el centro separó los labios de la impresión.
—Es el collar de una reina —dijo Esben.
—Y eso es lo que será a partir de ahora. Será tratada por los míos como nuestra reina.
Emocionada miró a su marido a los ojos. —Es hermoso.
—No hay nada ni nadie más hermoso que tú. —La besó en los labios y lo cogió para ponérselo. La altura de la piedra quedaba justo encima de la concha marina de su madre y él sonrió. —Perfecto.