Capítulo 7 #2
—¿Qué ocurre? —Miró hacia abajo y volvió a chillar. —¿Qué has hecho? —Se apartó y al ver su miembro ensangrentado jadeó señalándolo. —¡No!
—Preciosa, si lo sigues mirando, aunque sea con esa cara de susto… —Su miembro se elevó aún más poniéndose tieso como un garrote. —Pues pasa esto.
Le miró a la cara. —Estás muerto, lo has hecho a traición.
—¿A traición? ¿Cómo se hace el amor a traición?
—¡No sabía que eso, era eso! —Se llevó la mano al pecho. —Puede que me hayas dejado preñada. ¡A mí! Prepárate para morir. —Agarró un cuchillo.
—Preciosa, contrólate. —Se subió los pantalones a toda prisa. —Muy bien, te he tomado por sorpresa.
—Al menos lo reconoces —siseó.
—Pero piensa que matarías a tu marido.
Frunció el ceño. —Tú no eres mi marido.
—Ahora sí, tu padre…
—¡Mencionas a mi padre! —gritó furiosa.
—No, claro que no. Pero él nos casaría.
Gritó de la rabia porque sabía que tenía razón. —Te voy a… —Hrafn se inclinó a un lado a tiempo de evitar que le traspasara el cuchillo y se tiró sobre ella antes de que pudiera agarrar otro. De repente sintió que volaba y cuando pudo tomar aliento estaba sobre su hombro boca abajo. —¡Suéltame!
—Creo que necesitas calmarte, esposa. —Le dio un azote en el trasero haciéndola jadear antes de que se lo acariciara con pasión. —Serás muy feliz a mi lado.
Fuera de sí empezó a pegarle en la espalda y en el trasero con toda la fuerza de la que era capaz, pero él ni se inmutó. —Es evidente que no te he dejado satisfecha, porque sino no protestarías tanto.
Entonces a Brynhild se le cortó el aliento al ver las aguas del fiordo. —¿Qué haces?
—Preciosa necesitas lavarte, el agua te sentará bien en tu sexo.
—¡No, no!
La tiró al agua y de inmediato su piel se transformó.
Asustada miró su mano que brillaba bajo la luz de la luna.
A través del agua vio que él se acercaba al borde como si no entendiera lo que estaba pasando.
Brynhild entrecerró los ojos. Tú lo has querido, pensó antes de impulsarse para salir del agua con una fuerza increíble.
Él la miró asombrado antes de que le agarrara por el cabello para tirarlo al agua.
Le sujetó del brazo y tiró de él a una velocidad vertiginosa hasta que notó que se quedaba sin aire.
Entonces salió del fiordo tirando de su cuerpo, pero cuando tocó tierra ya le costó un poco así que le soltó para que saliera solo.
Él tosió dejándose caer en el suelo mirándola como si no se lo creyera.
—¿Qué eres? —Se puso de pie asombrado por su aspecto. —¿Qué… eres?
Puso los ojos en blanco. —Soy una descendiente.
—¡Una descendiente de qué! —gritó alteradísimo.
—La otra vez te lo tomaste mucho mejor.
—¿Qué?
Levantó la barbilla. —Soy descendente de Freya.
Él dejó caer la mandíbula del asombro mientras no dejaba de mirar sus escamas plateadas. —Hija del mar, descendiente de Njord.
—Sí, mi madre lo era y yo también. Mis dones solo los hereda la hija mayor, la hija de la hija de…
—La diosa. —Él se llevó las manos a la cabeza y se volvió. —Ahora entiendo lo de tu puntería.
Hizo una mueca. —Sí.
La miró a los ojos. —¡Preciosa, esto es muy gordo!
—¿Crees que no lo sé? ¡Llevo toda la vida intentando que no me descubra nadie, jamás me meto en agua salada!
Preocupado dio un paso hacia ella. —¿Y crees que Freya me acepta? Porque si estuviera en contra de esto ya hubiera hecho que me atravesara un rayo, ¿no?
Se mordió el labio inferior y de repente Hrafn sonrió. —Me acepta, aprueba este matrimonio.
—¡No estamos casados!
—¡Eso es lo que dices tú, pero los dioses me aceptan! —Sonrió cruzándose de brazos mostrando sus poderosos músculos. —Y no puedes ir en contra de los dioses, lo sabes.
—¡Oh, cállate! —Se miró. —Ahora no podré volver hasta que me seque. —Frustrada se sentó en una roca y él la observó. —No me mires, no me gusta.
—Pues pienso seguir mirándote porque eres hermosa. —Se acercó y se arrodilló ante ella para coger una de sus piernas. Deshizo el nudo de las cuerdas que rodeaban su pantorrilla. Le quitó la bota y acarició su pierna estremeciéndola. —Son suaves, como tu piel —dijo asombrado.
—Sí… —Emocionada por su caricia siguió el recorrido de su mano. —No te repugno.
—Claro que no. Eres hermosa, en tus dos formas. Suéltate el cabello, quiero verlo.
Cogió su trenza con reflejos plateados y se la deshizo para soltarlo.
—Como la estela de una estrella —dijo él cogiendo uno de sus mechones.
—No puedo irme.
—Preciosa, eso ya está decidido. —Se acercó y besó sus labios. —Estaba decidido en cuanto te vi.
Una lágrima relució en la piel de su mejilla. —Otra mujer…
—Otra mujer no serías tú. Y tus hermanos estarán bien, me aseguraré de ello. Vendremos al menos dos veces al año, te lo prometo.
—Te irás de incursión y nunca tendrás tiempo…
—Te lo juro por Odín —dijo tan serio que era imposible no creerle y más después de jurarle por el dios de dioses.
—Te arrepentirás.
—No me arrepiento de nada en la vida.
Sorbió por la nariz. —¿Ni de cortarle la mano a tu hermano?
Él apretó los labios. —Otro le hubiera matado, decidió Odín no yo.
—Debiste sufrir mucho. —Él desatando la otra bota asintió. —Era el único hermano que me quedaba.
—Es cierto que perdiste a tu gemelo.
La miró sorprendido. —¿Cómo lo sabes?
—Bueno… Digamos que ya había soñado contigo.
—¿Premoniciones? —De repente sonrió. —Soñaste conmigo, por eso estabas a la defensiva desde que me viste. ¿Qué pasó en ese sueño?
—Te aseguro que en la vida real han pasado muchas cosas más. —Él sonrió. —Excepto que…
—Dime.
—Mi pequeño Bjorn moría. —Se tapó la cara con las manos. —¿Que será de ellos si me voy…?
—Así que impediste la muerte de tu hermano gracias a tu sueño. —La abrazó. —Si tienes otro sueño vendremos enseguida. Preciosa, eres muy rápida, podrías estar aquí en menos que canta un gallo.
Se le cortó el aliento porque no había pensado nunca en eso, estaba tan acostumbrada a reprimir esa parte de ella que ni se le había ocurrido que pudiera hacer algo así. Hrafn se apartó para mirarla. —No habías pensado en eso.
—Pues no.
Se echó a reír. —No tiene gracia —dijo indignada.
Él la besó y el beso se fue intensificando.
Ansiosa rodeó su cuello con las manos entrando en su boca y le saboreó.
Ambos gimieron perdiendo el control y Hrafn la cogió por la cintura tumbándola en el suelo.
Su marido se apartó unos centímetros y ambos con la respiración agitada se miraron a los ojos. —Ya no te negaré —susurró ella.
Sonrió. —Niégame cuanto quieras, no podrás librarte de mí.