Capítulo 7
Brynhild sentada en su cama mirando a las pequeñas, apretó los labios porque lo que deseaba era estar abajo con él, aunque fuera simplemente por verle.
Tuvo que luchar contra sí misma para no regresar al salón, gimió tumbándose en la cama y miró el techo iluminado por la vela.
La puerta se abrió sobresaltándola e Inga entró sonriendo de oreja a oreja. —Gracias, gracias. ¿Cómo lo sabías?
—¿Que amabas a Olef? No hace falta ser muy lista.
Se sentó a su lado. —¿Por qué le has rechazado de esa manera tan tajante? Es apuesto, mucho.
—No es para mí.
—Pues él no piensa lo mismo y no tiene aspecto de guerrero que se conforme, es de los que luchan, así que intentará conquistarte.
La miró sorprendida. —No fastidies, ¿no se ha enterado todavía?
Inga hizo una mueca. —Padre no quiere casarte obligada, pero según Eigil le ha dicho que si se gana tu amor será otro cantar.
—Rayos. —Se sentó de nuevo. —Rayos, rayos…
—Tampoco sería un mal partido —dijo su hermana asombrada.
—¿Tú lo querrías?
—No, pero yo tengo a Olef, tú no tienes a nadie.
—No me lo recuerdes —dijo entre dientes.
—Sería tu oportunidad de ser la esposa de un jarl poderoso, como te mereces.
—No es para mí.
—Eso ya lo has dicho, ¿piensas quedarte soltera?
—Me parece que esta conversación ya la he tenido. —Se levantó nerviosa y se apretó las manos. —¿Qué hacen ahora?
—Padre beber para celebrar su buena suerte y tu jarl bebe para olvidar la pésima noche que ha tenido. Le has dejado en evidencia ante sus hombres, eso es difícil de digerir. Eso por no mencionar la fortuna que ha perdido.
Gimió porque tampoco quería hacerle daño. —Leche, qué difícil es esto.
Se escucharon gritos abajo y ambas se miraron con los ojos como platos antes de correr fuera de la habitación hacia la escalera.
Brynhild fue la primera en llegar y al ver que Olef tenía un cuchillo clavado en el costado se tapó la boca de la impresión mientras Inga gritaba de miedo corriendo hacia él.
Los hombres retenían por los brazos a su primo Eigil que furioso gritó —¡Soltadme, todavía no he terminado!
Inga llorando suplicó que alguien fuera a buscar a Arna. Olef con lo grande que era miraba con furia a su rival. —¡Soltadle, yo terminaré con esto!
—¡Alto! —gritó su jarl poniéndose entre ellos—. ¡Esto lo acabaré yo! —Se volvió furioso hacia su sobrino. —Has intentado matarle sin ninguna provocación y ya sabes cómo se paga eso en mis tierras.
Su tío pálido dio un paso hacia él. —¿Pero qué dices?
—¡Es la ley, mi ley!
—Siempre ha estado enamorado de Inga, padre —dijo su hermano dejándola de piedra—. Desde niños, esta tarde les ha visto juntos y ha entrado en cólera, pero cuando se ha enterado de que va a casarse con él…
—Entiendo —dijo el jarl fuera de sí. Dio un paso hacia su sobrino—. ¡No es tuya para decidir su destino y nunca lo hubiera sido, ahora pagarás por tu delito!
—Hermano, no, por favor. Ha actuado por un impulso.
Hrafn se acercó a Olef y arrancó el cuchillo de su costado. Él hizo un gesto de dolor, pero no emitió un solo sonido. —Ketil quémale. Hay que retener la sangre en su cuerpo.
Su segundo al mando cogió un hierro candente del hogar y se acercó a Olef.
Puso el hierro sobre su herida y Olef gimió de dolor demostrando que ya no era ningún niño.
Hrafn sonrió cogiéndole de la nuca para que le mirara a los ojos.
—Eres un gran guerrero, siempre serás bienvenido en mis tierras con tu familia.
—¿De veras? —preguntó sorprendido.
—Tendrás tierras y casa.
—Pero Hrafn, ¿qué dices? —preguntó su jarl sin salir de su asombro.
El jarl se volvió. —Si matas a tu sobrino, tu hermano no te lo perdonará, jarl. Es mejor que ellos se vengan conmigo para tener un nuevo futuro lejos de él.
—Pero no puedo consentirlo.
—Acepto —dijo Olef.
—¡No! —gritó su primo fuera de sí.
Su padre le pegó un puñetazo que le desmayó en el acto y Eigil se volvió hacia Hrafn. —Gracias.
—Eso no significa que no merezca un castigo —dijo fríamente—. Olef, ¿te contentas con veinte latigazos?
—Sí, mi jarl.
Hrafn la miró. —Para evitar problemas, uno de mis hombres será quien aplique el castigo. Ketil…
—Será un placer, mi jarl.
Arrastraron a su primo fuera del salón y ella impresionada se volvió sintiendo que le faltaba el aire.
Aquello había sido culpa suya porque había cambiado el futuro.
Inga no había sido castigada por el accidente de Bjorn, así que su primo la había visto con Olef esa tarde…
Todo había cambiado y casi habían matado a Olef por su culpa.
Preocupada se sentó en los escalones, ¿sería una advertencia de los dioses?
—¿Estás bien?
La voz de Hrafn la estremeció. Levantó la vista lentamente por su cuerpo hasta sus ojos azules y sintiendo un nudo en la garganta asintió.
—Es fuerte, se repondrá. No ha tocado ninguna tripa, ha tenido suerte. Si no tiene calentura, en una semana ni lo recordará.
—Esto no debería haber pasado.
Escucharon el primer grito de su primo. —Hubiera pasado tarde o temprano, tengo la sensación de que tu primo está acostumbrado a salirse con la suya.
Puede que tuviera razón. Puede que hubiera pasado igual en cuanto se enterara de la boda. Estaba muy confusa, ya no sabía si estaba haciendo lo correcto.
Hrafn entrecerró los ojos. —¿Qué te preocupa, mujer? Tu hermana estará bien en mi pueblo.
No sabía por qué, pero eso no lo dudaba. —No es eso.
—¿Y qué es?
Se miró las manos y las apretó con fuerza pensando en el resto de sus hermanos. En sus pequeños. No, no podía abandonarlos. Se levantó y dijo —Buenas noches.
—Brynhild…
Se detuvo sin volverse y el jarl apretó los labios antes de decir —Sé que no me conoces, pero no soy de esos que se dan por vencidos.
—Lo sé.
—Serás mi esposa, tarde o temprano claudicarás.
—No soy lo que necesitas, guerrero, vuelve a casa.
La agarró por la muñeca volviéndola y le miró sorprendida por las maravillosas sensaciones que recorrieron su cuerpo. Él parecía tan sorprendido como ella y siseó —No pienso renunciar a ti.
Sus ojos se llenaron de lágrimas. —No puedo dejarles…
A Hrafn se le cortó el aliento. —¿De quién hablas?
Se soltó y corrió escaleras arriba. Alguno de sus hermanos estaba despierto por el alboroto y se preguntaban qué ocurría. Cogió a Bjorn en brazos y le acarició la espalda metiéndolo en la habitación mientras Hrafn que la había seguido la observaba.
Cuando bajó al alba solo estaba durmiendo allí Hrafn.
Estaba de espaldas a ella tumbado sobre una simple manta y se sintió culpable de no haberle puesto una cama.
Sus ojos recorrieron la cicatriz de su espalda y apretó los labios yendo hasta el hogar para empezar a amasar el pan.
Tiró la harina sobre la mesa y con la mano hizo un agujero en el medio antes de echar el agua.
Empezó a amasar la harina hasta hacer una pasta homogénea y al levantar la vista se sobresaltó porque Hrafn no estaba en su sitio.
Entonces sintió sus manos en su cintura y se le cortó el aliento.
—Buenos días… —Se pegó a su espalda y Brynhild sintiéndose embriagada por su proximidad apretó la masa en sus manos sin darse cuenta.
—Te has levantado muy temprano. —Sus manos subieron por los costados de su cintura hasta llegar a sus pechos.
Lo que sintió la dejó atónita y miró hacia abajo para ver como los amasaba igual que ella había amasado la harina.
Gimió de gusto cerrando los ojos y Hrafn se agachó para besar su cuello pegándola a él.
—Tendrías esto cada día —susurró en su oído—.
Tú y yo, preciosa. —Sus manos bajaron por su trasero y elevó lentamente su vestido, pero ella estaba tan impresionada por todo lo que sentía su cuerpo que ni se dio cuenta.
—Cada día… —Acarició la piel de sus glúteos y Brynhild abrió los ojos como platos apoyándose en la mesa.
Una mano se metió entre sus piernas y cuando sus dedos recorrieron sus húmedos pliegues apretó la masa con fuerza sintiendo que se le paraba el corazón.
Las caricias la volvieron loca y su vientre se estremeció con tal fuerza que gritó necesitando más de lo que le daba.
Entró en su interior tan lentamente que fue una tortura.
—Sabía que sería así —dijo él, pero Brynhild ni se enteró porque se deslizó en su interior hasta llegar al límite de su virginidad—.
Mía. —Posesivo la cogió por la cintura entrando en su ser de un solo empellón y Brynhild se quedó sin aliento inclinando su cuello hacia atrás porque no sintió dolor sino un placer indescriptible.
Sin darse cuenta llevó su brazo hacia atrás y acarició su cuello mientras él se deslizaba hasta casi salir de su cuerpo.
Un gemido de protesta salió de su garganta y volvió la cabeza hacia él, Hrafn besó sus labios y entró en su boca entrelazando su lengua con la suya antes de volver a llenarla.
El placer crecía medida que invadía su cuerpo y sintiendo que le faltaba el aire, apartó sus labios inclinándose hacia delante, por lo que la llenó aún más haciendo que gimiera porque sentía que algo en su interior le pedía cosas que no entendía.
Hrafn aceleró sus embestidas y llegó un punto que ni se tenía en pie, así que apoyó sus manos sobre la mesa que se deslizó sobre el suelo en cada empellón.
Su canal se estrechó para sentir más placer y cuando creyó que no podía más, Hrafn empujó con tanta fuerza que algo en su pecho estalló haciendo que todo su ser llegara a rozar las estrellas.
Tardó varios minutos en reponerse y cuando su respiración se normalizó, miró la masa que tenía ante ella. Sintió las manos de Hrafn en su cintura, pero aún sentía algo entre sus piernas. Frunció el ceño y miró sobre su hombro. Hrafn besó sus labios suavemente. —Mujer, eres perfecta para mí.
—Enséñame las manos —dijo asustada.
—¿Las manos? —Las levantó para mostrarlas y ella chilló apretando su interior para sentirle aún dentro de ella. —Preciosa, ¿qué ocurre?