Niégame cuanto quieras Capítulo 6 #3
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Capítulo 6 #3

Forzó una sonrisa. —Mujeres, la navegación no es lo suyo.

Hrafn rodeó la mesa sentándose ante ella que comía a dos carrillos. —Muy bien, ¿qué quieres?

—No quiero tu mano.

Varios jadearon por lo que consideraban un insulto, otro más. Ella se volvió y gritó —¡No sé por qué protestáis tanto, no le conozco de nada!

—No necesitas conocerlo —dijo Ketil indignado—. Cuando hay un matrimonio concertado…

—¡Aquí no hay un matrimonio concertado! ¡Ni lo habrá!

—sentenció haciendo gemir a los suyos—. Me quedo solo el barco, me conformo solo con eso.

—Se levantó cogiendo su daga de la mano y casi sin mirar tiró a la mancha dando en la misma muesca.

—Hala, ya está. —Se volvió a sentar mientras Hrafn sin salir de su asombro se acercaba a su daga para ver que le había dado exactamente en el mismo sitio.

Ketil se puso a su lado. —Es imposible, desde su posición no podía acertar de pleno. ¿Y si es una bruja?

—Cierra el pico —siseó mientras su anfitrión gritaba de la alegría haciendo que sus hombres levantaran las armas más que encantados.

—Jefe, has perdido el barco.

—¿No me digas? —dijo con ganas de matar a alguien. Fue hasta la mesa—. Exijo una revancha.

—¿Otra? —preguntó ella como si ya estuviera aburrida antes de coger su jarra con una mano y darle un sorbito—. ¿No estás satisfecho?

—Te aseguro que no.

—Uy, padre, que encima se enfada.

—Jarl no hace falta que nos des el barco, entiendo que estás en desventaja y…

Le fulminó con la mirada. —¿Cómo has dicho?

—Igual deberías apostar con algo que se te dé mejor —dijo ella casi haciendo que se saliera de sus casillas—. ¿Qué tal una piedra?

—¿Qué quieres decir?

Sus ojos brillaron. —¿Sabes hacer ondas?

—¿Ondas en el agua?

—¡Sí! ¿Qué tal se te da?

—Cuando era niño no se me daba mal, pero apuesto a que tú eres muy buena en eso.

—No se me da mal —dijo mintiendo descaradamente.

—No, jefe, no entres en eso que nos arruina —dijo Ketil asustado.

—Propondré yo la revancha.

—Muy bien, ¿pues qué es?

Parecía que era un pesado mayúsculo, Hrafn no salía de su asombro cuando la mayoría de las mujeres se le tiraban a los pies.

—Y deprisita que me está entrando el sueño ahora que tengo la barriga llena.

Inga reprimió la risa y el jarl entrecerró los ojos. —¿Qué tal se te da el hacha?

Para sorpresa de todos Brynhild se echó a reír. —No es muy justo cuando tu brazo es cuatro veces el mío, pero si es lo que necesitas para aplacar tu ego, de acuerdo.

—No, no es justo —dijo su tío—. Si fuera un hacha pequeña todavía, pero…

—Que sea pequeña —sentenció Hrafn. Pero al ver las sonrisas de toda la familia de Brynhild, supo que ella se lo iba a poner muy difícil.

—Bueno, ¿y ahora qué apostamos?

—Ya que tú no quieres mi mano, igual puedo casarme con tu hermana.

Esben sonrió. —¡Inga ven aquí!

Su hermana palideció de golpe y Brynhild vio cómo se acercaba muerta de miedo.

De reojo vio como Olef daba un paso al frente dispuesto a luchar por su amada y Brynhild le advirtió con la mirada deteniéndole en seco.

La impotencia de su rostro la enterneció y se volvió hacia Hrafn que sonreía cruzado de brazos.

—Si gano, me casaré con tu hermana y recuperaré mi barco.

—¿Y si pierdes?

—Un baúl de oro. Está en el barco, podéis ir a comprobarlo.

—No es necesario —dijo su padre—. Confiamos en tu palabra, jarl.

—¿Qué ocurre, jarl? ¿Hay escasez de mujeres fuera de este fiordo? Es lo que parece ya que estáis empeñado en buscar esposa aquí.

Varios se echaron a reír y Hrafn entrecerró los ojos. —Preferiría casarme contigo, pero ya que no quieres…

—Inga ya está comprometida —dijo dejando a su padre de piedra—. Ama a otro hombre y no se casará con nadie por obligación.

Olef suspiró del alivio.

—Pues ofrece tu mano para la apuesta —dijo Hrafn divertido.

Lo sabía, de alguna manera lo sabía y lo había hecho a propósito para que no pudiera rechazarle. —Mira, lo hago porque mi hermana esté tranquila durante la prueba, te voy a ganar.

—Eso ya lo veremos. ¡Traed el hacha!

Su padre se acercó para susurrarle —Hija, ese oro nos vendría muy bien.

—Lo sé, padre.

Cogió el hacha que le entregó su hermano Esben. —Suerte, hermana.

—No la necesito. —Tiró el hacha y la punta superior se clavó en la mancha haciendo que todos se quedaran con la boca abierta, hasta los suyos que no se lo esperaban. —Ya podéis ir descargando el oro.

Hrafn no salía de su asombro viéndola ir hacia las escaleras.

—Padre, mañana celebraremos una boda. Diles a tus invitados que se den prisa por arreglar nuestro barco. Cuanto antes se vayan, antes traerán el barco de vuelta.

Cuando se fue los suyos gritaron de la alegría y Esben carraspeó. —Jarl, ¿quieres intentarlo tú? Creo que mi hija no se ha dado cuenta de que no has tirado siquiera.

Él gruñó. —No será necesario.

—Será mejor que bebas hasta olvidar. Por cierto, ¿te queda oro para pagar las ovejas?

Le fulminó con la mirada y Esben dijo a toda prisa —Te las regalo, no tienes que preocuparte por nada.

Hrafn miró hacia las escaleras de nuevo. —Tu hija es…

—Hermosa, única…

—Desconcertante.

—Eso también.

Le miró a los ojos. —¿Cuánto?

—¿Cuánto qué?

—¿Cuánto quieres por su mano?

Esben separó los labios de la impresión. —No te quiere en su vida y sería una mala decisión, enfadada es…

—Ya me he dado cuenta de que no tiene buen carácter.

—No te equivoques, jarl, mi hija furiosa podría pasar por la hija de Loki. Y no me gustaría separarme de ella enemistados. Tiene que aceptarte de buen talante o no hay trato.

Hrafn sonrió de medio lado mirando hacia las escaleras. —Entonces tendré que hacer que quiera ser mi esposa —dijo antes de alejarse hacia sus hombres.

Esben gimió y su hermano se acercó a toda prisa. —¿Enfadado?

—Empeñado más bien, quiere la mano de Brynhild.

—Hermano, es perfecto.

—No dejaré que mi hija se case de malos modos, podría herirle o matarle y entonces sí que estaríamos en guerra.

Eigil se pasó la mano por la barba. —Tendremos que hacer que le vea con buenos ojos, sería un aliado como no hay otro.

—Sí. ¿Pero cómo?

—Vendamos sus virtudes hasta que le entre por el ojo.

—Pues de momento no vamos bien.

—Tenemos unos días, igual ve algo en él que le llama la atención y termina perdiendo el corazón. Tengamos esperanzas.